sábado, 14 de marzo de 2020

Analicemos qué sistema pueden los pueblos ir constituyendo según rompan con el capitalismo.

Que sea bajo gestión progresista sea neoliberal desembozada  expande deforestación y  destrucción de ríos y humedales
 
 
Pudimos comprobar que:

Más allá de ideologías, un modelo de desarrollo extractivista y agropecuario similar
Amazonia, la naturaleza se quema
y la política se agota
2 de septiemre de 2019
Por Eduardo Gudynas
Ctxt
 

En los primeros días el fuego te acorrala, en los días siguientes las cenizas te entristecen. Así pueden describirse mis sensaciones en una de mis visitas años atrás a las zonas amazónicas de Brasil, Perú y Bolivia. Estas coincidieron con incendios como los que hoy causan alarma mundial.
Cuando las llamas están activas, el humo inunda todo, es peligroso transitar los caminos por la poca visibilidad, hay momentos en los que cuesta respirar, la garganta se inflama y los ojos lagrimean. Cuando las llamas se apagan, el ocre y el gris dominan las escenas. Aquí y allá siguen erguidos los restos de algunos árboles, mientras que en el suelo, entre las cenizas, aparecen de tanto en tanto los cadáveres calcinados de animales que no pudieron escapar.
Esta destrucción de la fauna y la flora es lo que está repitiéndose en estos días en América del Sur. Si bien la prensa convencional insiste con los titulares sobre la Amazonia y sobre Brasil, la realidad es más compleja, y también más hiriente.
En efecto, este tipo de incendios está ocurriendo en estos momentos en por lo menos cuatro países sudamericanos; además de Brasil, afectan a Bolivia, Perú y Paraguay. A su vez, se están quemando selvas tropicales húmedas, la Amazonia, pero lo mismo está sucediendo con los bosques secos y sabanas arboladas, como la Chiquitanía en Bolivia o el Cerrado brasileño.
En los datos más recientes, el número de incendios en Brasil superó los 82 mil focos (al 26 de agosto), la cifra más alta desde 2010, y casi el doble de lo registrado en estas mismas fechas en el año anterior. En Bolivia son más de 19 mil focos (el doble que en 2018), en Paraguay más de 10 mil (manteniéndose en valores semejantes al año anterior), y en Perú más de 6 mil (un poco más del doble).
Todas las grandes regiones ecológicas del trópico y subtrópico sudamericano están afectadas por los incendios. Por ejemplo, en Brasil, aproximadamente la mitad de los focos se ubican en la Amazonia, pero casi un tercio ocurren en el Cerrado, y un 10 por ciento en los bosques atlánticos. Bolivia en estos momentos vive el drama de ver cómo enormes áreas de bosques secos e incluso su Pantanal están siendo devorados por las llamas (las pérdidas al día de hoy se estiman en 1,5 millones de hectáreas). Por lo tanto, pensar que solamente está ardiendo la Amazonia brasileña es una simplificación. Las pérdidas ecológicas en todos esos ambientes son enormes. Por ejemplo, el bosque seco de la Chiquitanía es único en su tipo en todo el continente, y se estima que más de 750 mil hectáreas ya se quemaron.
El chaqueo de ayer y la deforestación de hoy
La quema de bosques o campos, el llamado “chaqueo” en algunos sitios, ha sido una práctica tradicional realizada especialmente por pequeños campesinos e indígenas. Afectaba a pequeñas superficies en tanto estaba directamente vinculada al autoconsumo de alimentos o por limitaciones tecnológicas. Todo eso ha cambiado en las últimas décadas a medida que han llegado a las áreas tropicales y subtropicales todo tipo de colonos y empresas. Los incendios de hoy nada tienen que ver con aquellos del pasado.
En la actualidad se deforestan y queman amplias zonas, casi siempre con el propósito de liberar espacio para la ganadería extensiva, aunque en otros sitios es para la agricultura. Para hacerlo a esa mayor escala se necesitan importantes recursos materiales, como motosierras y maquinaria pesada, y mucho capital para financiar una ingeniería de trámites legales o ilegales, formales o amparados en la corrupción. Detrás de esto no están ni los indígenas ni los pequeños agricultores.
Esa presión ganadera puede ser brutal. Por ejemplo, en la zona de San Félix de Xingú (estado de Pará), se concentra un rodeo vacuno de más de 2 millones de cabezas. Factores como esos empujan a la agropecuaria convencional a las áreas naturales tropicales y subtropicales.
A su vez, la diseminación de los monocultivos, especialmente de la soja, en otras zonas de Brasil, pero también en Bolivia y Paraguay, hace que los ganaderos se desplacen hacia nuevas áreas a deforestar. Todo esto genera un enorme arco de deforestación amazónica que atraviesa América del Sur, desde la costa atlántica brasileña hasta las faldas de los Andes en Bolivia y Perú. Es una franja de casi 3 mil quilómetros de largo; una distancia similar a la que separa Madrid de Varsovia.
Bolsonarización para militarizar la Amazonia
Esta problemática se ha agravado notablemente bajo el gobierno de Jair Bolsonaro. Por un lado, recortó controles ambientales en cuestiones críticas como la deforestación, redujo el presupuesto del Ministerio del Ambiente, cesó a personal clave en las agencias del ambiente y de conservación de la biodiversidad, maniobró para que se cancelaran multas a los infractores ambientales, y mucho más.
Por otro lado, Bolsonaro y su equipo han hostigado repetidamente a los ambientalistas, indígenas y pequeños campesinos, presentándolos como trabas al progreso, potenciales criminales e incluso como responsables de los incendios. Tan sólo como ejemplo, el 27 de agosto, en la reunión con los gobernadores de los estados amazónicos, en lugar de analizar la crisis ecológica volvió a quejarse de que los indígenas ya tienen demasiadas tierras y anunció que no aprobará nuevas áreas protegidas.
Bolsonaro tampoco duda en repeler las críticas diciendo que son parte de un complot del exterior para quedarse con la Amazonia brasileña. Esa retórica tiene antecedentes desde por lo menos la década de 1970, cuando el gobierno militar se oponía a las primeras negociaciones internacionales ambientales. Bolsonaro revive parte de ese vocabulario, viene colocando a militares en puestos afectados a la gestión ambiental y ha dado señales de resucitar un programa de control militar en las fronteras amazónicas. Bajo esas condiciones, no puede sorprender que recibiera cierto respaldo de otro gobierno muy conservador, el de Ivan Duque en Colombia. Este también ha presentado un nuevo plan de desarrollo en el que la gestión ambiental pasa a ser parte de la estrategia de seguridad del Estado.
La geopolítica amazónica
La condición internacional de la Amazonia volvió al primer plano con la reacción internacional ante los incendios. Una circunstancia que aprovechó Emmanuel Macron, en la que hay poco de ambientalismo y mucho de oportunismo comercial y político. Pero el problema es que, por lo menos desde la década de 1980, los gobiernos brasileños por un lado insisten en el control soberano sobre su Amazonia, pero al mismo tiempo repiten que no tienen dinero para protegerla y reclaman ayudas a los países industrializados. Desde allí se construyeron diversos mecanismos, financiados especialmente por Europa.
Por ejemplo, en 1992 se inició el Programa Piloto de Protección de los Bosques Tropicales del G7 (Ppg7), que funcionó hasta 2009, con un presupuesto de más de 460 millones de dólares. Cuando se hacía lobby por esos dineros, desde Brasil se insistía en que la Amazonia era un ecosistema único en el planeta y que los países ricos debían colaborar a protegerlo. También se alentó una visión deformada, como si sólo existiera Amazonia en Brasil, dejando en segundo plano a los otros países que comparten la cuenca. De ese modo, las propias autoridades brasileñas durante al menos 30 años han contribuido a ese entrevero que ha oscilado entre una Amazonia “solo mía” a otra que sería “de toda la humanidad”.
La actual crisis ha expuesto en toda su crudeza las tensiones entre la soberanía nacional y las responsabilidades ecológicas, no sólo hacia adentro de un país, sino con sus vecinos y con la salud ecológica planetaria.
Las cenizas ideológicas
El problema se vuelve más complejo cuando se entiende que las quemas y la crisis ambiental se repiten en las naciones vecinas. No sorprende que ocurra con gobiernos conservadores como los de Colombia, Perú y Paraguay. Más difícil se vuelve asumir que en Bolivia, desde posturas ideológicas que se presentan como opuestas, también se han debilitado los controles ambientales, se perdonaron las faltas a los deforestadores y se alienta el avance del agronegocio.
El gobierno de Evo Morales cita a la Pachamama, pero sus acciones concretas han sido las de promover la explotación minera, petrolera y agropecuaria, y por ello enfrenta un desastre ecológico similar. Así como Bolsonaro ataca a los ambientalistas, la administración de Morales se burla de ellos, los hostiga y ha amenazado con expulsarlos del país.
En los progresismos, la retórica se nutre de otros argumentos. Por ejemplo, el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, cita a Marx y a Lenin, pero también sostiene que la protección de la naturaleza es un invento del norte y por eso no deberían ser guardabosques de nadie. Tuvieron éxito en esa promesa: no cuidaron los bosques y ahora se están incendiando. Y aunque los aderezos de sus discursos son opuestos a los de Bolsonaro, las similitudes en sus esencias dejan un gusto muy amargo.
Por todo esto, cuando se leen los titulares de la prensa en Madrid, Londres o París, siempre queda esa sensación de que realmente no están entendiendo lo que ocurre aquí en el sur. Es más sencillo atacar a Bolsonaro, en tanto es machista, racista, violento y autoritario, pero es más dificultoso asumir las serias contradicciones en otras tiendas políticas. Nos cuesta entender que estamos ante una crisis ecológica de escala continental y que ella también expresa el agotamiento de las ideologías políticas herederas de la Europa ilustrada. Las viejas políticas, todas ellas, han caducado. La cuestión es comprenderlo para construir alternativas antes de que se queme el último árbol.
* Miembro del Centro Latino Americano de Ecología Social.   https://ctxt.es/es/20190828/
 
Apreciemos:
 
Pueblos indígenas de la Amazonia 
declaran emergencia humanitaria y ambiental
agosto de 2019
(..)La carta fue hecha pública a través de la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (COICA), conformada por las organizaciones indígenas de los nueve países que comparten el bioma amazónico. Las organizaciones reconocieron que desde su carácter internacional existe un interés común en encontrar modelos de desarrollo alternativo en el que prime la protección de la biodiversidad, la estabilidad climática y las condiciones para garantizar la vida para las generaciones futuras en las que son fundamentales los aportes de los sistemas de conocimiento tradicional y espiritual para la vida de los pueblos indígenas.
«Desde hace años los Pueblos y Organizaciones Indígenas hemos advertido sobre la necesidad de cambiar las prioridades en los “Objetivos de Desarrollo Sostenibles” para enfocar todos los esfuerzos sociales, culturales, políticos y económicos en la protección de la vida y del territorio de toda la humanidad, que en una relación armonía y equilibrio puedan garantizar la estabilidad climática global. A pesar de nuestras luchas los avances son pocos, mientras que el modelo económico imperante sigue usando el planeta como un banco de recursos, principalmente los territorios indígenas, con lo que se agrava el riesgo de que el planeta se haga inhabitable, y en donde claramente se evidencia a la luz de los ojos del mundo un Genocidio físico y cultural», escriben en la carta. (..) Leer
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La urgencia por transformar la economía desde
la perspectiva de la sostenibilidad de la vida

Economías feministas

6 de marzo de 2020

Por Confluencia feminista
El Salto

Las economías feministas ponen en jaque el capitalismo y muestran que hay otros modelos y paradigmas posibles en los cuales se interponga la vida y las curas a la producción o la extracción
Desde los feminismos se ha venido mapeando y denunciando los efectos de la crisis ecológica, de los cuidados y de la reproducción social sobre mujeres, lesbianas, trans y personas no binarias. Las economías feministas han puesto en escena las contradicciones en el conflicto capital-vida1.
Mientras la atención de la economía es que los mercados funcionen, la preocupación de la economía feminista es la sostenibilidad de la vida. Este cambio de enfoque lleva consigo una ruptura con el modelo actual en el que se vuelve necesario un proceso de confluencia entre aquellas economías transformadoras que proponen un cambio de paradigma. Este camino de transición tiene que hacerse desde lo colectivo, incluyendo la ecología de saberes2. Con estas premisas, diversos colectivos, redes, entidades, y organizaciones desde las economías feministas, nos hemos organizado con el objetivo de crear un espacio de encuentro, construcción y movilización en el marco del próximo Foro Social Mundial de las Economías Transformadoras
En este sentido nos preguntamos ¿Cuáles son nuestros retos y desafíos? ¿Por qué pensamos que una economía desde la sostenibilidad de la vida es el camino a seguir?
Desde la red de feministas DAWN, se ha analizado la centralidad del poder corporativo y cómo el endeudamiento y los programas de austeridad han implicado recortes en el gasto público, en servicios sociales, en las políticas de cuidados y políticas de salud sexual y derechos reproductivos. Flora Partenio y Corina Rodríguez Enríquez recuperan la experiencia de los países del Sur-Global frente a las recurrentes crisis económicas del capitalismo. Esto significa reconstruir qué tipo de preguntas no son consideradas opciones cuando se sostiene el mercado financiero en vez de las vidas de las personas:
¿Se aplican aumento de servicios o se salvaguarda a la economía social y solidaria?, ¿se recortan jubilaciones y pensiones o se garantiza la sostenibilidad del sistema de prestaciones?, ¿se avanza en la reprimarización de la economía o insistimos en diversificar y apostar por la transición agroecológica y energética?
Si se piensa solamente en el crecimiento económico expresado en la evolución del producto bruto interno, no hacemos más que mirar el mundo desde las relaciones capital-trabajo. “La Economía Feminista propone que el objetivo central de la economía sea garantizar la provisión necesaria para la sostenibilidad de la vida humana y no humana, a través de procesos económicos que preserven la sobrevivencia del planeta. Si descentramos los mercados, estamos haciendo un cambio de perspectiva, porque estamos diciendo que el objetivo de la economía debiera ser garantizar las condiciones de posibilidad para todas las vidas que las personas queremos vivir”.
En esta clave de análisis de la crisis, Magdalena León de la REMTE, reconstruye la importancia de las tareas de cuidado que comprenden “todas las actividades y relaciones económicas que permiten sostener la vida de los seres humanos y cuidar de la naturalezaSe trata de actividades que han sido tradicionalmente protagonizadas por las mujeres, aunque en situaciones de injusticia y desventaja”3
Desde la perspectiva de la Scuola per l’Economia Trasformativa en Italia, Adriana Maestro insiste en precisar que “no decimos simplemente que el trabajo de cuidado es también una actividad económica y que por eso tiene un valor económico sino que decimos, en términos más radicales, que la economía es cuidado4 y hay que considerar el cuidado de la vida como el centro, el objeto principal de la economía y no como un sector de la misma que pide reconocimiento sin poner en discusión el mismo concepto de lo económico que está comúnmente aceptado. Eso debería ser el verdadero cambio de paradigma con respecto al sistema actual”.
Esta perspectiva cobra fuerza en el trabajo territorial que diferentes colectivos y organizaciones están impulsando. Desde la Red Mujeres del Mundo, se pretende recuperar la importancia de la perspectiva feminista como enfoque conceptual y de intervención en el trabajo territorial para transformar las relaciones desiguales entre los géneroscreadas por los sistemas patriarcales y neoliberales a nivel mundial.
Esta dinámica se traduce en procesos de acompañamiento a las experiencias de Economía Social y Solidaria, y es a través de las gafas feministas las que permiten ver las relaciones simbólicas y materiales de poder y permiten problematizar cómo se construyen las diferencias y las desigualdades sociales y las relaciones sociales jerárquicas entre los sexos se relacionan con otras relaciones de poder y, concretamente, de clase, de «raza» y de edad.
Uno de puntos constitutivos de la agenda urgente es la cuestión climática. Analía Woloszczuk, de la Red Ecofeminista señala, tal como lo sostiene la filósofa Alicia Puleo, que “los movimientos feministas han aceptado desde hace décadas, que deben incorporar a sus bases, el reto del cuestionamiento de la crisis civilizatoria a la que nos ha llevado la degradación del ambiente. El análisis crítico que hacen del modelo productivo lleva implícitas las claves que son propias del pensamiento feminista porque incorpora las categorías de género, androcentrismo, patriarcado, sexismo, crisis de los cuidados, explotación del cuerpo de las mujeres, entre otros”.
En esta línea, Adriana Maestro sostiene que “es fundamental entender que tanto el extractivismo y la depredación hacia las mujeres, la naturaleza y los pueblos considerados inferiores, como el mito de crecimiento infinito y la pérdida de la conciencia del límite, son aspectos diferentes del mismo orden patriarcal”.
Desde REAS, la Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria, defienden que ante la emergencia climática actual, es necesario iniciar un camino hacia una transición ecosocial y que ésta sea una oportunidad para construir sociedades más justas, equitativas y democráticas.
Blanca Crespo afirma que “La Economía Social y Solidaria y el conjunto de las economías transformadoras son las más idóneas para proporcionar alternativas que reduzcan los impactos socioambientales”. REAS en su principio de sostenibilidad ambiental afirma que existe una alianza con la naturaleza en la que sus derechos se ven reconocidos. Además, en este camino de transición es necesario integrar los discursos de los ecofeminismos que proponen muchas de las iniciativas de la Economía Solidaria para revalorizar el cuidado, reconocer la ecodependencia de todos los seres e ir tejiendo puentes hacia la sostenibilidad de la vida.
Frente a estos desafíos, para la organización No Tan Disintas, se trata de pensar a los movimientos feministas, ecologistas y de las economías transformadoras como el sentido común imperante y lograr subvertir este esquema, no como “el revés del sistema”.
¿Cómo podemos enlazar las experiencias de economías transformadoras desde los feminismos?
El proceso de confluencias que se está creando desde lo local y lo internacional en el marco del FSMET es una llamada a los movimientos y organizaciones cuyo objetivo común es la construcción de una alternativa real de transformación del sistema económico y financiero capitalista actual”5.
En este camino de convergencia lo importante es su proceso de construcción. La creación de confluencias es un requisito ineludible para poder enredarse e ir tejiendo redes y alianzas que nos permitan hacer frente a la crisis civilizatoria. Por eso la invitación de la Confluencia Feminista Rumbo al FSMET6 propone articular la potencia de los feminismos con el resto de movimientos de justicia climática y ambiental, economía social y solidaria, comunes, agroecología y soberanía alimentaria, entre otros.
Notas:
1[1] Para continuar las lecturas se puede recuperar los diálogos reflejados Carrasco, C. et al., Economía feminista.Desafíos, propuestas, alianzas, Madreselva, Buenos Aires, 2018.
2[1] Sousa Santos, Boaventura de, “Beyond abyssal thinking. From global lines to ecology of knowledges”, Eurozine, 2007.
4[1] Ina Praetorius, L’economia è cura, Altreconomía, 2019.
6[1] La confluencia está integrada por redes, movimientos y colectivas feministas de diferentes países del mundo en el marco del FSMET: https://transformadora.org/es/participa

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