viernes, 17 de julio de 2015

Necesidad de discutir el mito de Estado desendeudado, distributivo e inclusivo.


 Con el objetivo de toma generalizada de conciencia sobre 

qué Estado (y cómo)
 
impone la seguridad jurídica de los oligopolios.

Es comenzar, abajo y a la izquierda, a cuestionar significados e implicancias del capitalismo. Porque sólo podemos habernos tragado el sapo de tener un Estado desendeudado, distributivo e inclusivo si interpretamos la realidad social según una causalidad lineal y aún peor la descontextualizamos. De ahí la importancia de ubicarnos en el sistema que nos subsume:

Capitalismo, globalización y desigualdad social
10 de julio de 2014
 
Por Olmedo Beluche (especial para ARGENPRESS.info)

Ponencia para el VIII Congreso Nacional de Estudiantes de Sociología (CONAESO 2014), Cajamarca, Perú 8 al 12 de septiembre de 2014.

El economista más famoso del momento es el francés Thomas Piketty, que publicó recientemente su libro El Capital en el siglo XXI(1). Sus críticos le acusan de no entender qué es el capital realmente; él confiesa que no ha leído la obra homónima de Carlos Marx; otros le señalan como moderado keynesiano. Sin embargo, el francés y su libro han causado furor porque, siendo un defensor del sistema capitalista, sus datos (al margen de las críticas metodológicas) demuestran que el capitalismo fomenta la desigualdad social creciente.
 
El Sr. Piketty estudia la distribución del ingreso a partir de los registros fiscales en los principales países “desarrollados” (Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Alemania y otros). Con esta metodología llega a la conclusión de que el ingreso de la élite de esas sociedades, que había caído relativamente a mitad del siglo XX, volvió a crecer y equipararse, a partir de los años 70, al que tenía durante el siglo XIX.

También afirma que en este momento Estados Unidos es uno de los países con mayor desigualdad de ingreso en su población, superando a muchos países “en vías de desarrollo” en inequidad social. Hablando en general, Piketty señala: “Con independencia de lo justificadas que puedan estar inicialmente las desigualdades de riqueza, las fortunas pueden crecer y perpetuarse más allá de todo límite razonable y más allá de cualquier justificación razonable en términos de utilidad social. Los empresarios tienden entonces a convertirse en rentistas, no con el paso de la generaciones, sino en el curso de una sola vida...”(2).

Al margen de que Piketty crea que existe alguna desigualdad de riqueza que produce una “utilidad social”, lo importante de la cita es que reconoce la irracionalidad del sistema capitalista y su tendencia a la concentración de la riqueza social “más allá de todo límite razonable y más allá de cualquier justificación razonable”.

Como ciudadanos, y como cientistas sociales, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿Cómo se resuelve esa contradicción reconocida por Piketty antes que el sistema capitalista conduzca a la humanidad entera a la barbarie, como advertía Rosa Luxemburgo hace un siglo? ¿Basta con las tímidas propuestas del economista francés que sugiere aumentar los impuestos a los capitalistas? Para dar una respuesta adecuada hay que ir a lo básico, empezando por entender qué es el capital y el sistema capitalista.

El capital es “una relación social” (Carlos Marx)
Una de las críticas metodológicas centrales que se hace a Piketty es que define “el capital” en el sentido del volumen de bienes materiales o riqueza acumulada (patrimonio) expresada como dinero. De esta manera Piketty
elude el problema de que la creciente desigualdad social se debe a la explotación de clase que el sistema capitalista hace a los trabajadores. De allí que su propuesta de solución al problema planteado no pase de sugerencias “técnicas” que no cuestionan el fondo del asunto.

En eso consiste la gran diferencia con la perspectiva marxista, para la cual “el capital” no es un acumulado de cosas (objetos), bienes, patrimonio o como se les quiera llamar, sino una relación social de explotación de una clase sobre otra.

Para Carlos Marx, la tierra sólo se convierte en capital cuando es parte del sistema capitalista en que los empresarios al poseerla (propiedad privada) la utilizan como fuente de acumulación de ganancias explotando la fuerza de trabajo de la clase obrera (desposeída de propiedad) y obligada a venderse por un salario para poder sobrevivir.
En el tomo III de El Capital Marx dice: “¡Capital, suelo, trabajo! Pero el capital no es una cosa, sino determinada relación social de producción perteneciente a determinada formación histórico-social y que se representa en una cosa y le confiere a ésta un carácter específicamente social”(3).

Por si no quedara claro, agrega: “El capital no es la suma de los medios de producción materiales y producidos. El capital son los medios de producción transformados en capital, medios que en sí distan tanto de ser capital como el oro o la plata, en sí, de ser dinero. Son los medios de producción monopolizados por determinada parte de la sociedad, los productos y las condiciones de actividad de la fuerza de trabajo viva automatizados precisamente frente a dicha fuerza de trabajo, que personifican en el capital por obra de ese antagonismo...”.

De lo que se trata es señalar que, hoy como en el siglo XIX,
la creciente desigualdad social, la pobreza, el subdesarrollo, la crisis económica, los déficits, la deuda, el mercado son todos conceptos abstractos que esconden la relación concreta de explotación económica de los empresarios a la clase trabajadora, tanto a lo interno de un país como a nivel planetario.
La economía burguesa busca ocultar ese hecho que desnuda la esencia de los problemas sociales del mundo, dando la apariencia de que las categorías económicas son una especie de espíritus con voluntad propia que los seres humanos no podemos controlar.¿Por qué hay que priorizar el pago de la deuda a los bancos sacrificando puestos de trabajo y salarios, condenando a la miseria a miles de familias? Que el mercado, que las primas de riesgo, y por ahí van las “justificaciones”.

“... hemos puesto de relieve ya el carácter mistificador que transforma las relaciones sociales a las que sirven en la producción, como portadores, los elementos materiales de la riqueza, en atributos de esas mismas cosas (mercancía) y que llega aun más lejos al convertir la relación misma de producción en una cosa (dinero)... Pero en el modo capitalista de producción y en el caso del capital, que forma su categoría dominante, su relación de producción determinante, ese mundo encantado y distorsionado se desarrolla mucho más aún...”(Marx, Ibidem).

Es nuestro deber como sociólogos comprometidos con nuestros pueblos señalar que
la creciente desigualdad social es un mal que tiene solución, la cual pasa por cambiar la relaciones sociales de explotación capitalista, las cuales ni han sido, ni serán eternas e inmutables: “...Como el capital, el trabajo asalariado y la propiedad de la tierra son formas sociales históricamente determinadas...” (Marx, Ibid.)

Globalización y Capitalismo
Immamuel Wallerstein se pregunta y responde: “¿…habría algo hoy fundamentalmente diferente de lo que sucedía hace cincuenta años?, …Para mí, la respuesta es no: económicamente no sucede nada diferente de lo que actualmente denominamos “globalización””.(4)

Agrega: “La globalización,…, es la esencia del modo de funcionamiento de la economía-mundo capitalista, y lo ha sido toda la vida. Los capitalistas no se concentran en un solo país, no los grandes, no los importantes. Y es totalmente falsa la idea de que solamente hoy existe mercado mundial…”.

Para Wallerstein la globalización es la continuidad del capitalismo, como fenómeno económico y social, revestido de una ideología (neoliberal) que la justifique: “…lo que pasa hoy no es algo nuevo; sin embargo, se manifiesta como una expresión ideológica de la situación actual. El término globalización, que es utilizado desde hace más o menos diez años, parte de la campaña neoliberal para imponerse sobre resistencias varias, fomentando la creencia según la cual hacemos frente a una situación inevitable, y es en ese sentido que los Estados no pueden hacer nada, deben someterse”.
Wallerstein rebate dos tesis fundamentales de los apologistas de la globalización, la primera de que los Estados nacionales tienden a desaparecer (“Los capitalistas utilizan a los Estados y son tan necesarios hoy como ayer”), y la de que hay un salto tecnológico cualitativo como impronta de esta época (“Lo que es importante no es la tecnología, no es la racionalidad, es el monopolio”).

Incluso, frente a quienes hablan de que una de las características de la globalización sería la muerte del “sujeto histórico”, la clase obrera, capaz de transformar el capitalismo mediante una revolución socialista, Wallerstein responde taxativamente: “Hoy, la clase obrera es el mundo”, señalando que cada vez están más integrados dentro de esta clase los llamados sectores populares: mujeres, movimientos étnicos, etc.

Otro autor que podemos ubicar en la perspectiva crítica a la globalización es Theotonio Dos Santos el cual señala que la expansión sin precedentes del capital financiero no debe sobreestimarse, sino que debe verse como un aspecto más de las características del capitalismo en este momento histórico. Y advierte que se está gestando una crisis financiera global que pone coto a este modo de expansión del sistema capitalista.

“Por otra parte -dice Dos Santos, creo que la cuestión de la globalización tiene que ser vista desde un punto mucho más amplio: desarrollo de las fuerzas productivas, reestructuración de la economía como sistema productivo mundial con una división del trabajo que entra en una etapa nueva, resstructuración del sector industrial y del lugar del sector servicios, incluyendo el sector financiero…”.(5)

Para Teotonio Dos Santos, la fase de la globalización, si bien posee características particulares, se enmarca dentro del sistema capitalista internacional. Él nos previene de caer en dos extremos: “…el de sumarnos a la moda de augurar al advenimiento de una sociedad enteramente nueva, en los casos extremos de una sociedad poscapitalista, y el contrario de negarnos a reconocer las transformaciones del capitalismo en curso”.

Continúa diciendo: “La mejor manera de identificar estas especificidades será, entonces, comparando los rasgos del período que vivimos desde la crisis mundial desencadenada a comienzos de la década del setenta hasta nuestros días, con las características de períodos previos del desarrollo capitalista…”.

Define la globalización como “una determinada combinación de procesos económicos, sociales, políticos, ideológicos y culturales que puede ser considerada como una nueva etapa de acelerada extensión e intensificación de las relaciones sociales capitalistas. .. Es una combinación de procesos… determinada por el único principio que puede considerarse articulador y convertir en inteligibles este tipo de totalidades complejas y antagónicas: la lucha de clases”.

Globalización y neoliberalismo, instrumentos de la explotación capitalista
En esta misma perspectiva encontramos la obra del español A. Van den Eynde(6), quien, a nuestro juicio desarrolla de manera más acabada el análisis de la globalización desde una perspectiva marxista. Como resume muy bien el problema, reproducimos extensamente parte de la introducción de su libro, en la que considera su precursor a Francois Chesnais (“La mundialización del capital”, 1994).

“La palabra globalización – nos dice- entró con fuerza en el lenguaje económico y político a mediados de la década de los ochenta …Como todo concepto nuevo, el de globalización llegó acompañado de una propuesta inicial de contenido: había que entender por globalización o mundialización algo así como la completa e imparable liberalización de los mercados en todo el mundo. El mercado estaría a punto de ser uno y de ámbito mundial, pues iban a desaparecer de la faz de la tierra las barreras y legislaciones que trababan la libre circulación de toda clase de mercancías, desde el propio trabajo hasta el capital, y en consecuencia, estaríamos asistiendo al nacimiento de una economía “global” o mundialmente integrada.

“También se decía que las teorías y las políticas partidarias de limitar la libertad de los mercados y el libre juego de las fuerzas económicas elementales iban a ser arrojadas a la hoguera, condenadas por obsoletas y contrarias al progreso; sin distinción y comenzando por el socialismo… Y como entonces se produjo el hundimiento del Titanic soviético, la vida misma parecía confirmar el triunfo universal de un capitalismo “global”.

El término globalización tiene un origen social y político entre quienes defienden la idea neoliberal de ampliación sin límites ni restricciones las fuerzas del mercado, y el marxismo tanto política como sociológicamente tardó hasta mediados de los años 90 en darle una respuesta crítica al concepto.

Van den Eynde resume las principales características del desarrollo capitalista en esta fase denominada globalización. Características que tienen su origen y son una manifestación de una crisis crónica de la economía capitalista mundial iniciada a fines de los años 60 y comienzos de los 70:

1. Avance del comercio frente a la producción: desde 1984 a 1994 se produjo un hecho en apariencia ilógico, mientras la producción mundial de bienes ha crecido una tasa del 2.8%, la expansión del comercio lo ha hecho a 6.3%. Esta contradicción se explica por un decaimiento de los mercados nacionales, que ha forzado a un proceso de internacionalización no sólo de los bienes producidos, sino de la misma producción. El proceso productivo mismo se ha segmentado de modo que se desarrollan partes de cada mercancía entre varios países. Parte de este comercio se da entre diversas factorías de empresas multinacionales.

2. Se exportan más capitales que mercancías. La llamada Inversión Extranjera Directa (IED) crece 3 veces más que la exportación de mercancías. Entre 1983-1990, mientras el comercio mundial creció 9%, la IED lo hizo al 34%. Este movimiento masivo de capitales no va dirigido fundamentalmente a grandes inversiones productivas, sino a un proceso de compra de empresas estatales de los países subdesarrollados, al proceso de fusiones de grandes consorcios y a relaciones entre transnacionales y sus filiales. Lo que representa un avance de la concentración y centralización del capital, una de las cracterísiticas del capitalismo monopolista.

3. Progresión geométrica de las operaciones financieras, el capitalismo se vuelve cada vez más especulativo que productivo. Expresión de una crisis mundial de sobreproducción, que data de los 70, y una desconfianza generalizada en los mercados, lo que obliga a los grandes capitales a dedicarse a actividades especulativas (sin base material) como inversiones en bolsas de valores, compra de bonos, manejos de deudas, etc. Por ejemplo, para 1995, se movía especulativamente por día un volumen de capitales equivalentes a la producción anual de un país como Francia. Se calcula que hoy el monto de la especulación financiera en el mundo alcanza los 50 trillones de dólares anuales, mientras el valor de la producción mundial sólo llega a los 30 trillones(7).

4. Reorientación de la producción hacia el mercado mundial, esta es otra respuesta a la crisis de sobreproducción, puesto que el estancamiento de los mercados nacionales fuerza a las empresas a intentar ganar mercados más amplios a nivel mundial.

5. Unificación de grandes mercados regionales, cuyo mejor ejemplo es la Unión Europea, pero también el tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC). Es una consecuencia de la tendencia analizada en el punto 4. Esta integración no disuelve la explotación imperialista, de unas naciones sobre otras, sino que se da sobre el predominio de los capitales de una o algunas de estas potencias sobre estos mercados regionales, en detrimento de los medianos y pequeños capitales nacionales. Por ejemplo, el eje de la integración europea lo es sin duda el capital alemán seguido del francés, así como en el TLC y el ALCA predomina EEUU.

6. Liberalización de los mercados, dice Van den Eynde que el cenit de la globalización fue la creación de la Organización Mundial de Comercio en 1994. En ella las grandes potencias pactaron la apertura de las fronteras comerciales, reduciendo al mínimo los aranceles, para evitar las guerras comerciales que en el pasado tuvieron consecuencias funestas para el capitalismo.

7. El desarrollo de las comunicaciones, no sólo con avances tecnológicos en materia de transportes de mercaderías y personas, sino también en una rama productiva nueva, la telemática. La cual ha ayudado a una reducción de costos de producción, y acelerar todo el proceso productivo. En Estados Unidos este sector representaba, en 1996, el 16% del PIB. Pese a lo cual, el autor señala que no debe considerarse esto como una nueva revolución industrial, porque su uso efectivo queda en manos de unas pocas grandes empresas, rodeadas de un mar de medianas y pequeñas empresas incapaces de aprovechar al máximo esta tecnología.

Descritas estas siete características de la globalización Van den Eynde señala que el actor central de esta fase son 200 grandes transnacionales que controlan cada vez más el mundo. Ellas internacionalizan la producción, al segmentarla en diversos países, en busca de una reducción de costos, trasladando algunas factorías a países en que la clase obrera gana menores salarios que en los países desarrollados. Ellas también se aseguran el control de los grandes mercados mundiales mediante fusiones entre sí.

Esta tendencia exacerba las contradicciones del capitalismo en su fase monopólica mediante un proceso de integración que es cada vez más desigual e imperialista. La diferencia con la fase anterior, desde la posguerra a 1973, es que las transnacionales desplazan al Estado de su participación en la economía.

La razón y génesis de esto se haya en la crisis mundial capitalista que llevó a un agotamiento del modelo de acumulación capitalista (keynesiano). En este sentido, Van den Eynde afirma que
“la globalización surge orgánicamente del desarrollo precedente. No es un accidente. Tampoco es un invento político”.
El modelo de acumulación precedente (keynesianismo), surgido luego de la Segunda Guerra Mundial se caracterizó por: a. tener como eje el endeudamiento estatal, para compensar la decadencia del crecimiento de capitalista que venía de los años 20; b. un “imperio del dólar” americano, que expresaba la nueva relación de fuerzas entre las potencias: c. la implementación de un “estado benefactor”, con concesiones sociales a los trabajadores, que pretendía enfrentar el reto de las revoluciones obreras que se expandieron por el oriente de Europa y Asia.

Esta forma de proceder del capitalismo (keynesiano) va a entrar en crisis a fines de los años sesenta, cuando el proceso de endeudamiento estatal alcanzó límites enormes, lo que a su vez llevó a la crisis de la libre convertibilidad del dólar-oro (Acuerdos de Bretton Woods), a un crecimiento inflacionario galopante, y a un estancamiento creciente de las fuerzas productivas, expresada en una caída del crecimiento económico constante. El estallido final del modelo, vino con el alza de los precios del petróleo de 1973.
La respuesta del sistema capitalista imperialista a esta crisis crónica siguió la lógica expuesta por Carlos Marx desde el siglo XIX, compensar la caída tendencial de la tasa de ganancias con diversas medidas, que genéricamente hemos llamado neoliberales:
  • Una ofensiva contra los países dependientes, arrancándoles mayores cuotas de explotación por la vía del endeudamiento externo y los ajustes estructurales, desarmando sus economías haciéndolas más vulnerables a las imposiciones de los capitales imperialistas.
  • Política de desregulación del trabajo, o sea, aumentar la explotación de la fuerza de trabajo en todo el mundo precarizando el empleo, apoyándose en el fomento de un desempleo masivo, aumentando los ritmos de trabajo, etc.
  • Cortando los beneficios sociales que de los trabajadores habían alcanzado bajo el estado de beneficio, y con mayor fuerza luego de la desaparición de la Unión Soviética en los años 90.
  • Privatización de empresas públicas que le permitieran al capital privado depredar en sectores enteros sin realizar mayor inversión productiva.
  • Recolonización de la Unión Soviética, China y otros estados obreros cuando la burocracia dirigente decidió pasarse al capitalismo con la perestroika y el “socialismo de mercado” de Deng Xiao Ping. Esto le ha permitido ampliar el mercado mundial y la mano de obra explotada.
  • La globalización de la democracia (burguesa), como apoyo político del proceso económico, que le garantiza no sólo una ideología para enfrentar a los movimientos sociales y mecanismos de control imperialistas para la recolonización política de los países dependientes.
En resumidas cuentas: “La «globalización» no es una política casual, sino un desarrollo económico orgánico del imperialismo. Además la globalización tiene una política, que expresa el dominio y los intereses de su fracción dirigente: esa política es el neoliberalismo, que es un capitalismo sin artificios, reaccionario cien por cien: que es explotación sin las “cadenas doradas” del Estado “de bienestar”; que es recolonización de los países dependientes y restauración del capitalismo allí donde se había comomenzado a construir el socialismo”.

Este análisis lleva a Van den Eynde a una conclusión, la «globalización» está agudizando las contradicciones que caracterizan al capitalismo: entre una mayor socialización de los procesos de trabajo y una acumulación en menos manos de la riqueza social; entre la necesidad creciente de una planificación económica y la anarquía del mercado; entre un mercado mundial en crecimiento y el mantenimiento de las fronteras nacionales: entre la necesidad de aumentar la tasa de beneficios y la crisis de sobre producción; en fin, entre las fuerzas productivas (desarrollo tecnológico) y la cada vez más extendida miseria humana.

Por ello, finalmente,
Van den Eynde define la globalización como “la etapa del capitalismo en que comienzan a desplegarse todas las contradicciones explosivas del régimen burgués en su etapa imperialista o monopolista, y de esta manera surgen paso a paso las condiciones –que antes, durante medio siglo, no habían existido- para que se produzca un nuevo auge socialista”.

La creciente desigualdad social es producto de la globalización capitalista

Con los criterios expuestos, revisamos algunos de los abundantes datos aportados por Thomas Piketty sobre la desigualdad social en el capitalismo del siglo XXI.

Piketty afirma que medida patrimonialmente la riqueza (conjunto de bienes muebles e inmuebles privados netos), ésta se haya concentrada de la siguiente manera: en Francia, el 1% más rico de la población posee el 22% del patrimonio; en el Reino Unido el 30%; y e Estados Unidos el 32%(8).

Si en vez del 1% se toma el décil más rico de la población tenemos que éste posee en Francia el 60% del patrimonio; en el Reino Unido el 70%; en Estados Unidos el 70%. Por contra, el 50% más pobre de la población de esos países sólo posee el 5%.

Medido el ingreso promedio anual, según Piketty en la Unión Europea el 50% de la población más pobre posee un patrimonio de 20 mil euros; la mal llamada “clase media”, el 40% de la población con ingresos medios, posee un patrimonio que oscila entre 100 mil y 400 mil euros; el 9% que sigue posee sobre los 800 mil euros de patrimonio; y el 1% más rico de la población recibe desde 5 millones de euros en adelante.

Con el mismo criterio metodológico, la situación a nivel mundial sería la siguiente: el 0,1% de la población posee el 20% del patrimonio mundial; el 1% el 50% del patrimonio; el 10% más rico posee entre el 80 y el 90% del patrimonio. Peor aún, tan sólo 225 personas en el mundo poseen un patrimonio medio de 15.000 millones de euros.

Piketty calcula el ritmo de acumulación de riqueza por parte de esta minoría en un 6% anual, con lo cual estima que hacia el año 2043 esas 225 personas poseerán el 60% del patrimonio mundial.

En términos históricos, Piketty también demuestra que la concentración de la riqueza en Europa, que era altamente desigual en el siglo XIX, tendió a moderarse a lo largo del siglo XX, gracias a la Revolución Rusa, las dos guerras mundiales y la crisis capitalista que derivó en la política keynesiana (estado benefactor) como una respuesta económica frente a la revolución social que amenazaba al sistema capitalista global.

Luego empieza el camino inverso gracias al Consenso de Washingt de 1980, que impuso el modelo de globalización neoliberal que hemos descrito antes, el cual se vio reforzado en 1990 con la desaparición de la Unión Soviética y su bloque.

En Europa, en 1810, el décil más rico de la población poseía el 80% del patrimonio; en 1910 este décil concentraba el 90% del patrimonio; para decrecer hasta 1975, cuando bajó a cerca del 60%. El signo empieza a cambiar en las dos últimas décadas del siglo XX, y vuelve a crecer el proceso de acumulación de la riqueza en manos del décil superior hasta representar el 65% del patrimonio en 2010.

Muchos otros datos, basados en los criterios metodológicos señalados, se desprenden de la abundancia de información aportada por los cuadros de Piketty, y pueden ser consultados por internet(9). Para los efectos nuestros, basta con lo citado hasta aquí.

Podrían complementarse esas estimaciones con otras, de otros especialistas e incluso con las de organismos internacionales, por ejemplo, los estudios sobre pobreza de CEPAL para nuestro continente. Al margen de las precisiones metodológicas, todas las fuentes muestran un mundo capitalista crecientemente desigual.

Desde nuestra perspectiva, y en conclusión, la solución a la desigualdad creciente del capitalismo no se encuentra en pequeñas medidas económicas o sociológicas, sino en grandes transformaciones políticas. Pero eso es harina de otro costal.

Notas: (…)

Es cuestión también de tener en cuenta cómo interviene el Estado perteneciente al capitalismo local del mundializado.

 
 
1) Averigüemos cómo el gobierno CFK planificó la desigualdad e injusticia social para el año 2015.
 

Presupuesto con ajuste y más deuda
3 de octubre de 2014
Por: Fabiana Arencibia (RED ECO)
El proyecto de presupuesto 2015 prevé un aumento en el gasto total, respecto al de 2014, de 13% y una inflación del 15,6% por lo tanto es un presupuesto con AJUSTE, aun con un índice inflacionario absolutamente lejano a la realidad. También es, como los anteriores, un presupuesto con DEUDA. No sólo decide tomar más endeudamiento sino que proyecta el pago de intereses por importes superiores a los destinados a Salud y a Educación.

El proyecto de ley de Presupuesto 2015 obtuvo este miércoles dictamen de Comisión en Cámara de Diputados. Pasará ahora al Senado para su debate el próximo miércoles en una sesión extraordinaria. De obtener voto favorable estaría en condiciones de convertirse en ley para fin de mes.
Como en las notas que publicamos en presupuestos anteriores, también en esta oportunidad intentaremos reflejar, más allá de las cifras puntuales, su significado político ya que el presupuesto es una herramienta de planificación económica, financiera y social que muestra decisiones políticas: de dónde se obtienen los recursos y en qué se aplican.

Recursos, Gastos y Fuentes de Financiamiento

En el CUADRO I (1) mostramos el origen de los recursos presupuestados. Son casi 1 billón 200 mil millones de pesos. Los de Seguridad Social representan casi el 28 por ciento del total y son más que cualquiera de los impuestos considerados individualmente. Lo que significa que
el dinero de la ANSes será nuevamente la principal fuente de ingresos. Recordamos que ese dinero no debería ser considerado parte de los recursos del presupuesto porque son parte de un sistema de reparto que debe ser redistribuido entre sus beneficiarios.

En el CUADRO II (2) se detalla la composición de los gastos que totalizan poco más 1 billón 251 mil millones de pesos. Los destinados a Prestaciones de Seguridad Social no llegan a cubrirse con los recursos de Seguridad Social que se recaudan. Esto muestra como
ANSes sigue dando fondos para, como venimos sosteniendo, hacer frente a conceptos que deberían financiarse con recursos tributarios (pagos de deuda, planes sociales, subsidios, inversiones, etc.).

En el CUADRO IV (3) se muestra un desglose de los gastos. Analizando las partidas podemos ver lo que porcentualmente significa cada gasto en relación al total presupuestado. El tercero en importancia es el pago de intereses de deuda pública (96.217 millones de pesos equivalente, según el dólar del presupuesto, a U$S 10.200 millones) que presenta - respecto a lo presupuestado en 2014 - un aumento de 24 por ciento (19.078 millones de pesos más). Además vemos que por cada 100 pesos que se gastarán en diferentes áreas, casi 7,70 serán para pagar intereses de deuda, 3,29 para Salud y 7,73 para Educación.
Estaremos pagando más intereses en pesos que lo presupuestado para el 2011 ($ 36.382 millones que equivalían, según el dólar de ese presupuesto, a alrededor de U$S 9.000 millones), 2012 ($ 45.109 millones equivalentes a U$S10.200 millones), 2013 ( $ 55.606 millones o U$S 10.903 millones, según el dólar del presupuesto) y 2014 ($ 77.354 millones de pesos y U$S 12.220), pero la deuda pública seguirá en ascenso.
En el CUADRO III (4) mostramos las “Fuentes de financiamiento y las Aplicaciones financieras”. Según lo presupuestado se tomará más deuda pública de la que se cancelará: $ 166.761 millones de nueva deuda que equivale, según el dólar del presupuesto, a U$S 17.647 millones. Lo mismo que sucedió en el presupuesto 2012, en el 2013 y en el 2014.
Esto vuelve a ratificar lo que venimos planteando en nuestras notas sobre el tema de la falacia del desendeudamiento. En primer lugar los números muestran que, salvo los intereses, la deuda no se paga sino que se refinancia con nueva deuda y que en cada proceso de este tipo se toma más deuda.
Endeudamiento

Pero además el presupuesto 2015, prevé otros endeudamientos que no están incluidos en el cuadro de las Fuentes de Financiamiento. Son autorizaciones al Poder Ejecutivo para decidir operaciones de endeudamiento público y para otorgar avales y garantías que totalizan cerca de U$S 191.000 millones:

* operaciones de crédito público por $ 435.630 millones, que a dólar presupuesto significan U$S 46.098 millones destinadas casi en su totalidad a pagar servicios de la deuda. (art.37)

* emisión de deuda a corto plazo (menos de un año) en Letras del Tesoro y prestamos de organismos descentralizados por $ 73.000 millones , equivalentes a U$S 7.725 millones

* emisión y colocación de Letras del Tesoro por $ 19.000 millones, equivalente a U$S 2.010 millones (art.40)

* otras operaciones de crédito público adicionales por un monto máximo de U$S 50.331 millones (art.41)

* operaciones de crédito público para los ejercicios 2016, 2017 y posteriores por U$S 10.127 millones, U$S 10.231 millones y U$S 16.861 millones, respectivamente. (art.43)

* otorgamiento de avales, fianzas o garantías de cualquier naturaleza para garantizar las obligaciones destinadas al financiamiento de las obras de infraestructura ”por hasta U$S 47.260.millones“ más los montos necesarios para afrontar el pago de intereses y demás accesorios” (art.47)

Por otra parte en el proyecto (art.30) se dispone un límite máximo de $ 10.500 millones para el pago de deudas previsionales de juicios por retroactivos de haberes jubilatorios, cifra que equivale a U$S 1.111 millones a valor dólar presupuesto. En contraste con esto el Fondo de Desendeudamiento, “para cancelación de servicios de la deuda pública con tenedores privados correspondientes al ejercicio fiscal 2015”, recibirá U$S 11.889 millones (art.38). O sea que para pagar deuda a jubilados se destina el 10% de lo que asigna para cancelar deuda pública.
En clara decisión de continuar pagando deuda, los destinos de dólares a este fondo han ido aumentando en cada presupuesto: 2011 (U$S 7.500 millones), 2012 (U$S 5.700 millones), 2013 (U$S 8.000 millones) y 2014 (U$S 9.000 millones).
Algunos datos más generales
Un análisis realizado por el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPYPP) muestra cómo la confección de los presupuestos realizados durante toda la gestión kirchnerista fue sobre supuestos no realistas en materia de proyección macroeconómica.

Así en las proyecciones de 2003 a 2007, mientras se crecía a las llamadas “tasas chinas” (7, 8, 9 por ciento anual ) los presupuestos preveían un crecimiento promedio de 4% . El objetivo de esta subestimación era ocultar recursos (a menor crecimiento, menor recaudación) y posibilitar el manejo discrecional del excedente por parte del Poder Ejecutivo a través de la facultad otorgada al Jefe de Gabinete para reasignar partidas sin necesidad que intervenga el Parlament
o (*).
Cuando el crecimiento de la economía fue decreciendo, llegando incluso a momentos de estancamiento, lo que se subestimó fue la pauta inflacionaria, proyectando (como hasta la actualidad) un índice de precios inferior al real. Era (y es) otra manera de ocultar recursos ya que una menor inflación arroja cálculos de menores ingresos por recaudación y menor nivel de gasto. Nuevamente se genera un excedente por fuera del presupuesto que siguió y seguirá siendo manejado por el Ejecutivo por fuera de las decisiones del Parlamento.

Según cálculos realizados por el IPyPP, utilizar estos mecanismos hizo que en los doce presupuestos de la gestión kirchneristas quedaran por fuera de los diferentes presupuestos alrededor de $ 729.000 millones, cifra que el Ejecutivo manejó en forma discrecional a través de los Decretos de Necesidad y Urgencia y de la Decisiones Administrativas. Si esa cifra se actualiza a valores de 2015 ascendería a la friolera de $ 2 millones de millones, o sea $ 2 billones equivalentes a dos presupuestos de gastos. El cálculo para 2015 arroja un monto cercano a los $ 214.000 millones.
Lo nuevo que trae este presupuesto es que por primera vez muestra déficit financiero, o sea que el total de los recursos no alcanzan a cubrir los gastos. Hasta ahora los presupuestos anteriores cerraron todos con superávit. Cabe aclarar aquí dos cosas: que los superávit eran producto de endeudamiento y que luego, al finalizar el año en realidad las ejecuciones cerraban con déficit.
Pero el presupuesto 2015, aun con cifras dibujadas por fuera de la realidad, ya muestra un déficit de $ 49.624 millones que se cubrirá con nuevo endeudamiento. (....)


Proyecto de Ley Presupuesto 2015 Descargar

*) Ley Administración financiera y de los sistemas de control del sector público nacional. Articulo 37 (por modificación realizada en agosto de 2006): “El Jefe de Gabinete de Ministros puede disponer las reestructuraciones presupuestarias que considere necesarias dentro del total aprobado por cada ley de presupuesto, quedando comprendidas las modificaciones que involucren a gastos corrientes, gastos de capital, aplicaciones financieras y distribución de las finalidades”.
Fuente: http://www.argenpress.info/2014/10/presupuesto-con-ajuste-y-mas-deuda.html

 
2) Percatémonos de cuán regresivo es el régimen tributario para descubrir la falsedad de la "equidad e inclusión" en el desarrollo capitalista.
 

El conflicto social en la disputa del ingreso y la política económica

3 de abril de 2015
Por Julio C. Gambina

Todavía se discute por el paro del pasado 31 de marzo y su capacidad de intervenir políticamente en un año electoral, que es por ahora de resultado incierto en el ámbito nacional e incluso en algunas provincias y municipios.
El conflicto no solo tuvo reivindicaciones económicas, sino que al discutir la política económica y especialmente la tributaria, se pusieron en tensión algunas cuestiones claves del orden económico y habilita un debate sobre el rumbo futuro más allá de la disputa por la gestión estatal, lo que incluye el balance de la economía en Argentina luego de la crisis del 2001/02. Por ello es que los proyectos de país en discusión trascienden el escenario electoral y se miden en el conflicto social.
 
En estos días se puso en discusión la política fiscal y quién financia al Estado capitalista, especialmente cuando se difunde que los asalariados contribuyen con el 50% de la recaudación del impuesto a las ganancias, en un régimen tributario regresivo donde el IVA sigue siendo la principal fuente de financiamiento. Entre el IVA y Ganancias se concentra más del 50% de la recaudación tributaria, con especial afectación del ingreso de los trabajadores activos y pasivos y la mayoría de la población más empobrecida. Más allá de variadas valoraciones sobre el paro, la discusión facilitó acercar información a la sociedad sobre las distorsiones impositivas en el país, con eje en quién debe sostener la política social o las inequidades del capitalismo local.
 
Las apelaciones a la solidaridad entre los propios trabajadores contrastan con ganancias empresarias abultadas pese a la desaceleración de la economía, y en condiciones en que el negocio especulativo y financiero continúa exento del impuesto a las ganancias en discusión, por lo que sobresale que la reforma tributaria es una asignatura pendiente, incluyendo la coparticipación federal, irresuelta pese a que la reformada Constitución de 1994 mandataba un acuerdo que lleva casi dos décadas de retraso.
 
Entre los temas que se discuten aparece la política de ingresos y la inflación, es decir, precios y salarios, tanto como las mediciones estadísticas y la necesaria normalización del INDEC. Del mismo modo que se sustentan diferentes posiciones relativas a la política cambiaria, monetaria, financiera y de inserción internacional. En el fondo se discute el modelo productivo y de desarrollo, los principales beneficiarios y perjudicados en el orden económico. Por eso, además de disputar ingresos, en el paro se generalizan reivindicaciones que demandan cambios en la política económica y se cruzan con peticiones contrarias por más liberalizaciones de la economía que sustentan sectores hegemónicos de la economía, con clara decisión de no resignar posiciones de poder en la apropiación del ingreso y la riqueza. En ese marco deben inscribirse las presiones por una mayor liberalización y avances en tratados de libre de comercio, como los cumplimientos de tratados bilaterales de inversión que someten a la Argentina a litigios en tribunales externos, caso de la justicia de EEUU y las demandas de inversores especulativos, los fondos buitres.
 
Un dato relevante en esta discusión sobre economía y política es la modificación del ciclo económico, que ya no es de crecimiento, y no sólo en Argentina, sino en la región, con serias preocupaciones en el presente y futuro cercano de Brasil, cuyo desempeño económico interesa más allá de lo que ocurra en su territorio y el impacto en su población. La economía está en discusión en el mundo, en la región y claro que también en nuestro país. La crisis de la economía mundial se despliega desde el 2007/8 sin mostrar horizonte cercano de superación y la respuesta ortodoxa de ajuste y reestructuración reaccionaria y regresiva reaparece recurrentemente en variados discursos locales. Suenan a restauraciones de políticas hegemónicas en los años noventa y reabren debates sobre el límite de lo posible a lo realizado en la “pos crisis” del 2001/2 en la Argentina y en la región. ¿Se puede ir más allá de lo realizada en focalizadas políticas sociales masivas? ¿Es posible la reforma tributaria progresiva? ¿Puede modificarse la legislación financiera legada por la dictadura?
El clima de restauración y/o cambio se visibiliza en iniciativas políticas diversas en toda la región, por lo que no sólo existe iniciativa política en términos de gobierno y oposición, sino entre intereses económicos encontrados entre las clases dominantes y las subalternas. Es algo que queda claramente expresado en las negociaciones paritarias en curso y a desarrollarse y en nuevas rondas de conflictos socioeconómicos con base en la distribución del ingreso y de la riqueza. Se conoció esta semana la reapertura de la paritaria de los docentes universitarios, que habían anunciado una semana de paro en abril. Conflicto y negociación aparecen asociados. Entre los organizadores del paro del 31 de marzo se anticiparon nuevas y mayores medidas de fuerza si no hay diálogo o se cambian algunas orientaciones económicas que afectan la capacidad de gasto del salario.
Nuestra reflexión apunta a señalar que el conflicto social es parte sustancial del debate político. Que no sólo hay clima de elecciones y discusión sobre quién gobernará el país o las provincias, sino también la capacidad de intervenir social y políticamente desde el conflicto. No sólo el voto define la institucionalidad democrática y queda claro que la conflictividad social es una forma esencial de intervenir en la política.
Fuente: http://juliogambina.blogspot.com.ar/2015/04/el-conflicto-social-en-la-disputa-del.html


 
Recordemos, en fin, que Cristina Fernández de Kirchner promovió el "capitalismo serio".  Sin embargo, el desarrollo capitalista genera:
 
 
 Desigualdad global y devastación
14 de  enero de 2015
Por Silvia Ribeiro (Alainet)
A principios de 2014, un reporte de Oxfam resumió gráficamente la desigualdad que impera en el mundo: 85 individuos concentran más riqueza que los 3500 millones de habitantes más pobres en el planeta, mitad de la población mundial. El informe, llamado “Gobernar para las élites: secuestro económico y desigualdad económica”, indicaba desde el título que la situación se mantiene porque las políticas gubernamentales se hacen para favorecer a los más ricos. Lo cual no sorprende, en la vasta mayoría de los casos los gobiernos y legisladores llegan a sus cargos apoyados en las “contribuciones”, por decir lo menos, de esas élites de poder económico. En un año, los 85 más ricos aumentaron su fortuna en 14 por ciento, que se tradujo, en conjunto, en ganancias por 668 millones de dólares diarios, o casi medio millón de dólares por minuto. 

En octubre 2014, el banco Credit Suisse publicó un informe sobre la riqueza mundial, en el que resaltaba la preocupación por los niveles de desigualdad que siguen creciendo, lo cual considera un factor de riesgo. La riqueza mundial pasó de 117,000 billones en el año 2000 a 262,000 billones de dólares en 2014.

 
El 1 por ciento más rico de la población mundial tiene actualmente casi la mitad de la riqueza global (48.5 por ciento). Al mismo tiempo, el 50 por ciento de la población más pobre tiene menos del 1 por ciento de los ingresos y de ellos, el 90 por ciento vive en países del Sur. Si estas cifras son difíciles de digerir, casi lo es más saber que el 70 por ciento de la población mundial, tiene en conjunto ¡menos del 3 por ciento de los ingresos!

La región con mayor índice de desigualdad en el mundo es América Latina y el Caribe, pese a que en los últimos años, algunos países, como Uruguay y Venezuela, han contribuido a bajar el promedio continental. México y Chile son los países con mayor desigualdad de todos los miembros de la OCDE, e integran los 10 más desiguales de la región, junto a Honduras, Brasil y Colombia, entre otros. En el último año el número de mil-millonarios en la región aumentó 38 por ciento.


La desigualdad global creció particularmente en las últimas tres décadas, pero la brecha se hizo mayor a partir de las crisis de 2007-2008. Según Credit Suisse, los países donde aumentó más la desigualdad son China e India, donde ahora se encuentran algunas de las mayores fortunas y corporaciones del planeta. Estados Unidos sigue siendo el país que, con distancia, concentra la mayor parte de los ingresos. Allí radica el 49 por ciento de los individuos llamados ultra-ricos, con una fortuna mayor a los 50 millones de dólares.

Esos no son los que sufrieron con la crisis financiera que ellos mismos provocaron. Por el contrario, el 1 por ciento más rico de Estados Unidos capturó el 95 por ciento del crecimiento y ganancias posteriores a 2009, mientras el 90 por ciento de la población se hizo más pobre. Y esto sin tener en cuenta las sumas ingentes de dinero público que se gastaron para “rescatar” a instituciones financieras en crisis, de las cuales esos mismos ricos son propietarios total o parcialmente.

A estos análisis, es necesario superponerle la enorme concentración corporativa que tomó vuelo en la década de 1990, en la que las fusiones y adquisiciones empresariales crecieron 757 por ciento y siguieron en ritmo ascendente, aunque más lento, hasta el 2007. Con las crisis financieras, económicas y alimentarias de 2007-2008, bajó el porcentaje de fusiones y adquisiciones, pero la concentración empresarial ya establecida nunca volvió a bajar del nivel alcanzado en el 2000, e incluso subió en algunos años del siglo XXI. Según el estudio publicado en 2011 The network of Global Corporate Control (La red de control corporativo global) de los investigadores Vitali, Glattfelder y Battiston, 1328 corporaciones trasnacionales tienen el 60 por ciento de los ingresos globales y están interconectadas entre sí, por 2 o más relaciones mutuas, con un promedio de 20 interconexiones. En esta telaraña de relaciones que tienen atrapado al mundo, el estudio identificó una “super-entidad” corporativa, como una araña en la red, integrada por 147 corporaciones que detentan el 40 por ciento de los ingresos de todas las transnacionales y que tienen un enorme poder de decisión sobre toda la red corporativa mundial. Tres cuartas partes de éstas son instituciones financieras, que a su vez están estrechamente ligadas con las mayores transnacionales de sectores claves de la economía, como energía, petroquímica y química, comunicaciones, construcción, minería, alimentación y agricultura, etc.
Son los intereses de lucro de esta extraordinariamente ínfima minoría de ricos, los que modelan regulaciones nacionales e internacionales para mantener sus privilegios, las que empujan los modelos industriales de producción y consumo masivos, y los responsables de la devastación social, ambiental y las crisis planetarias. Apenas un ejemplo: sólo 90 empresas, la mayoría privadas, de petróleo, carbón, gas y cemento son responsables de dos terceras partes de las emisiones de gases que han provocado el cambio climático.

Hay muchos factores que se imponen para mantener la desigualdad, incluyendo un amplio aparato bélico y represivo, en general pagado con fondos públicos. Pero también hay muchos y diversos focos de resistencia y construcción colectiva desde abajo, sin duda lo que sigue haciendo el mundo habitable y en definitiva las únicas alternativas reales a estas nuevas formas de esclavitud global.
Silvia Ribeiro es Directora para América Latina del Grupo ETC - www.etcgroup.org

http://alainet.org/active/80048 Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=194317


jueves, 16 de julio de 2015

Necesidad de discutir los mitos de "nacionalización" y "crecimiento económico" en el capitalismo de hoy.


Para encaminar qué economía, la basada en
el protagonismo y el control de las comunidades adueñadas de
sus respectivos territorios e interrelacionadas en país-continente.
El desafío abajo y a la izquierda es ir rompiendo con las reglas y lógica del capitalismo que hacen posible la irracionalidad genocida del fracking. En efecto, ese pensamiento y comportamiento conforme al sistema  nos hace descreer de las asambleas de vecinos auconvocados cuando nos dicen "el agua vale más que el petróleo".  Pero desde México dominado por el neoliberalismo nos aclaran sobre cómo nos mienten el gobierno CFK y los partidos mayoritarios.

La catástrofe que viene: el fracking

24 de febrero de 2014
El gobierno mexicano ha creado una nueva leyenda energética: somos el 6º país en el mundo con más reservas de gas natural (shale o gas de lutitas) y podremos mantener nuestro consumo energético a través de la explotación de dicho combustible. No solo eso, las campañas mediáticas que celebran la aprobación de la reforma energética, no solo festejan la competencia económica en el sector que bajará los precios de los energéticos, sino que ahora aseguran que quienes critican dicha reforma son (somos) los mismos que siempre se quejan, que no quieren que el país avance.
Y no es necesariamente así: la explotación de gas de lutitas podrá servir para la sostenibilidad energética del país en el corto plazo; sin embargo, las afectaciones y los costos son altísimos y se acabarán pagando con enfermedades, contaminación de agua y de lugares que hoy viven de la agricultura, entre otras. Hasta ahora, dichas afectaciones solo han sido denunciadas por la Alianza Mexicana contra el Fracking, una red de organizaciones de la sociedad civil que se ha dado a la tarea de investigar por qué la fractura hidráulica o fracking no debe permitirse en nuestro país y cuáles son las consecuencias de este tipo de extractivismo.
Pero además, las lecciones de la experiencia de este tipo de extracción en otros países tendría que funcionar como alerta para no permitir que esta actividad se realice en nuestro país.
El fracking es un mal negocio.
El gas que se extrae mediante el fracking se encuentra atrapado entre rocas llamadas lutitas que están situadas a gran profundidad (entre uno y cinco kilómetros bajo la superficie terrestre). Para extraerlo, no se utilizan solo pozos verticales, sino que se hacen perforaciones horizontales por los que se inyecta agua y químicos a presión para fractura las lutitas.
Cuando las rocas tienden a cerrarse, la producción de los pozos declina entre un 29 y un 52% cada año, por lo que se tienen que perforar nuevos pozos. Las grandes dificultades para extraer el gas de lutitas hacen que se tenga que invertir una gran cantidad de recursos para perforar y mantener los pozos. Además de tener que perforar constantemente nuevos pozos, sólo se recupera entre 4.7 y 10% del total de los hidrocarburos. Incluso, la industria gasera de EUA ha reconocido que hasta el 80% de los pozos son viables. El único negocio es a corto plazo y para unas cuantas personas (inversionistas y empresas) a un costo altísimo para quienes habitan en las zonas de producción.
El fracking es altamente contaminante.
No sólo se utilizan entre 9 y 29 millones de metros cúbicos de agua para fracturar la lutita, sino que al mezclarla con químicos (alrededor de 750, entre ellos sustancias cancerígenas y neurotóxicas como benceno, tolueno, etilbenceno y xileno) y arena para poder extraer el gas, el agua se contamina y no puede ser utilizada para actividades humanas. Lo anterior tiene impactos sobre la disponibilidad de agua en las regiones en las que se explota dicho gas y también sobre las tierras de siembra y pastura, por lo que los alimentos cultivados en esas zonas quedan contaminados y tienen afectaciones posteriores sobre la salud de las personas. Además, los recubrimientos de los pozos fallan por las grandes presiones a las que son expuestos, lo que genera fugas y contaminación en los mantos acuíferos alrededor de los campos de explotación. La experiencia internacional Ante las graves afectaciones a la salud y al medio ambiente, algunos países y regiones han prohibido este tipo de actividad extractiva. Francia y Bulgaria han prohibido el fracking por ley y, en el caso de Francia, dicha prohibición fue ratificada por la Corte Constitucional.
Otras regiones han establecido moratorias hasta saber mejor cuáles son las consecuencias de dicha actividad. Además, en varios países existe legislación local que prohíbe esta práctica, como es el caso de las comunidades autónomas de Cantabria, La Rioja, Navarra y Cataluña en España, la provincia de Quebec en Canadá, el estado de Vermont en Estados Unidos, así como varios municipios y comunidades de dichos países y de Australia, Nueva Zelanda, Suiza, Argentina e Irlanda. Lo que sigue La Alianza Mexicana contra el fracking ha sido muy activa para denunciar este fenómeno. Sin embargo, la discusión pública se ha centrado en los supuestos beneficios del gas natural para la transición energética y no ha contemplado las afectaciones y los costos reales de dicha actividad. Ante esta situación, la alianza promovió un foro en la Cámara de Diputados el 19 de febrero. El próximo lunes 24 habrá un nuevo foro en el Senado con expertos sobre el tema para promover una discusión más abierta de una actividad que de la que hasta ahora poco se ha hablado.
Por: Diego de la Mora
Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/24-02-2014/21869
. Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley. Si lo cita, diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. SINEMBARGO.MX

Que el agua vale más que el petróleo choca, en segundo lugar,  con la confianza de  la mayoría de nosotros en las nacionalizaciones. Al punto que no nos cuestionamos el accionar de YPF pese a la ley Chevron y a sus proyectos de fracturar todo el país o devastarlo sólo para el lucro de corto plazo de las elites. Reflexionemos sobre:
Estatismo burgués y socialismo
12 de julio de 2010

Por Rolando Astarita

Uno de los problemas más importantes que se discutieron históricamente, y se siguen discutiendo, dentro de la izquierda, es si las estatizaciones son progresistas, y deben ser apoyadas –críticamente o no– por los trabajadores. Al respecto existen dos posturas.
Por un lado, están los que piensan que las estatizaciones son siempre progresistas, y que incluso nos acercan al socialismo. Así, en la mayoría de los partidos de izquierda se piensa que, en sí misma, cualquier estatización es progresista. Por ejemplo, hace poco tiempo el dirigente trotskista Jorge Altamira sostuvo, en la TV, que si se estatizara el sistema financiero, nos acercaríamos al socialismo. Para esto bastaría, sostuvo Altamira, con reemplazar en la dirección del Estado a Obama o Sarkozy por dirigentes obreros.
La otra posición, que defiendo, sostiene que las estatizaciones capitalistas en sí mismas no tienen nada de progresivo; y que los trabajadores deberían mantener una postura de independencia de clase. Este enfoque lo encontramos en la tradición del marxismo, y hasta principios de siglo XX.

La tradición en Marx, Engels y Tercera Internacional
Es importante destacar que Marx y Engels jamás plantearon que la clase obrera debiera exigir la estatización burguesa de los medios de producción. En El Manifiesto Comunista propusieron un programa que planteaba la estatización, pero en el marco de una revolución obrera triunfante. En otras palabras, se trata del programa de transición al socialismo, que encararía un gobierno revolucionario, no un gobierno burgués. Luego, cuando tuvieron oportunidad, ambos se pronunciaron en contra de que la clase trabajadora se embanderara detrás del programa de las estatizaciones burguesas. Así, por ejemplo, Marx no apoyó la demanda de estatización de la renta de la tierra en EUA, a pesar de que la consigna era muy popular. Y explicó que esa consigna solo la había adoptado, en El Manifiesto Comunista junto a otras medidas de transición (carta a Sorge, 30 junio 1881).
Pero más clara aún es la posición de Engels en el Anti-Dühring, un texto que fue revisado enteramente por Marx. Después de plantear que la propiedad de los medios de producción por parte del Estado, así como la sociedad por acciones, muestran que la burguesía ya no es imprescindible, Engels agrega:
“Pero ni la transformación en sociedades por acciones ni la transformación en propiedad del Estado suprime la propiedad del capital sobre las fuerzas productivas. En el caso de las sociedades por acciones, la cosa es obvia. Y el Estado moderno,  por su parte, no es más que la organización que se da la sociedad burguesa para sostener las condiciones generales externas del modo de producción capitalista contra ataques de los trabajadores o de los capitalistas individuales. El Estado moderno, cualquiera sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, un Estado de los capitalistas: el capitalista total ideal. Cuantas más fuerzas productivas asume en propio, tanto más se hace capitalista total, y tantos más ciudadanos explota. Los obreros siguen siendo asalariados, proletarios. No se supera la relación capitalista, sino que, más bien, se exacerba. Pero en el ápice se produce la mutación. La propiedad estatal de las fuerzas productivas no es la solución del conflicto, pero lleva ya en sí el medio formal, el mecanismo de la solución” (Anti-Dühring, pp. 275-6, México, Grijalbo, 1968; énfasis agregado).
De la misma manera que la sociedad por acciones hasta cierto punto implica una socialización de la producción dentro del propio capitalismo, la estatización apunta, en opinión de Engels, a la posibilidad de superar al capital. Pero no por ello los marxistas reivindican la sociedad por acciones o la estatización burguesa. Frente a las ilusiones que genera la estatización, plantean que no sólo no supera la relación capitalista, sino que la exacerba.
Y todavía en 1891 Engels escribía que “en tanto las clases propietarias permanezcan al mando, cualquier nacionalización no es una abolición, sino una alteración en la forma de explotación; en las repúblicas de Francia, Suiza y América no menos que en la monárquica y despótica Europa Central y del Este” (carta de Engels a Oppenheim, 24 marzo 1891; énfasis agregado).
Por último, digamos que la Tercera Internacional, en el período que tuvo una orientación revolucionaria, también se opuso a que los trabajadores confiaran en las estatizaciones burguesas:
“Reivindicar la socialización o la nacionalización de las más importantes ramas de la industria, como lo hacen los partidos centristas, es embaucar a las masas. Los centristas no sólo inducen a las masas en el error, al tratar de persuadirlas de que la socialización puede arrancar de las manos del capital las principales ramas de la industria sin que la burguesía sea vencida, buscan todavía desviar a los obreros de la lucha vital por sus necesidades inmediatas, haciéndolas esperar un embargo progresivo de las diversas industrias una después de otra, después del cual comenzará la construcción “sistemática” del edificio económico. Vuelven así al programa mínimo de la socialdemocracia, es decir, a la reforma del capitalismo, que es hoy una treta contrarrevolucionaria” (“Tesis sobre táctica”, Tercer Congreso de la Internacional Comunista; énfasis agregado).

A pesar de estos pronunciamientos tan categóricos, esta tradición casi se ha perdido en la izquierda. Sólo pequeños núcleos marxistas, y los anarquistas, se mantienen críticos, o escépticos, frente al estatismo burgués.
Un abordaje histórico y teórico
La dominancia de las ideas pro-estatistas en la izquierda posiblemente se pueda explicar por la influencia de las corrientes keynesianas reformistas, en particular durante la posguerra. Recordemos que Keynes pensaba que los males del capitalismo podían solucionarse si el Estado se hacía cargo de las inversiones. De aquí puede haber influenciado a la izquierda, inclinada a pensar que el Estado, en sí, es neutro, o es pasible de ser orientado por los trabajadores, dentro del modo de producción capitalista. Pero la experiencia histórica no abona esta tesis, y parece confirmar las ideas de Marx y Engels, de que las estatizaciones solo sirven a los intereses de la clase dominante.
Por empezar, porque es indudable que muchos regímenes burgueses utilizaron las estatizaciones para reforzar posiciones muy reaccionarias contra los trabajadores. Por ejemplo, en el siglo XIX el régimen de Bismarck estatizaba empresas –lo que dio pie al surgimiento de los socialistas estatistas criticados por Engels– a la par que mantenía fuertes leyes anti-socialistas. Otro caso ilustrativo: en las décadas de 1940 y 1950, la dictadura española de Franco era “estatista”, y nadie podría sostener, con un mínimo de seriedad, que se trataba de un régimen favorable a los trabajadores y el progreso de la humanidad.
Más en general, y saliendo de estos casos extremos, podemos decir que las estatizaciones sirven a la burguesía en épocas de crisis, o de extrema debilidad, para fortalecer las posiciones del capital. En los años treinta, en la Depresión, muchos gobiernos, incluso conservadores, fueron estatistas. En la posguerra, la debilitada Inglaterra apeló a extendidas nacionalizaciones de industrias y servicios públicos, que fortalecieron el poder del capital. Algo similar ocurrió en otros países, como Austria o Francia.   Y hoy, con la crisis en curso, muchos gobiernos recurren, de nuevo, a la estatización de empresas y bancos, para salvar al capital.
Pero las estatizaciones burguesas también pueden servir para desviar movimientos revolucionarios, conciliar a las clases y fortalecer, en última instancia, las posiciones de la burguesía. Un ejemplo es el caso de Bolivia luego de la revolución de 1952. El gobierno nacionalista que surgió de esa revolución dirigió una vasta economía estatizada, que tenía como columna vertebral las minas de estaño. Posiblemente nunca se dieron condiciones tan favorables –de acuerdo a los criterios que se manejan en la izquierda nacionalista radical– para que una estatización tuviera éxito. Los obreros y campesinos estaban armados, había una fuerte movilización popular, se agitaban consignas a favor del control de los trabajadores de la economía, y existía un alto nivel de conciencia revolucionaria. Sin embargo, con todos estos elementos a favor, las fuerzas productivas no conocieron ningún desarrollo importante –Bolivia no salió del atraso y la dependencia– y los obreros de vanguardia terminaron siendo reprimidos por el propio gobierno nacionalista, en los años sesenta.
Citemos también el caso de Egipto en los cincuenta, cuando bajo el régimen de Nasser se estatizó gran parte de la economía. Egipto contó con la simpatía del tercer mundo, y la ayuda de la URSS. A comienzos de la década de 1960 algunos marxistas llegaron a pensar que Egipto se encaminaba hacia un socialismo sui generis. En cualquier caso, las estatizaciones eran mucho más profundas y extendidas que cualquier cosa que pudo haber hecho Chávez, u otro gobierno nacionalista contemporáneo. Sin embargo, ya en la década de los setenta aparecía con claridad que Egipto era un país capitalista, con un Estado capitalista. Y así lo sigue siendo al día de hoy.

A la luz de estas experiencias, podemos decir que el programa estatista ha provocado daño al movimiento socialista.
  • Por un lado, porque el movimiento obrero apeló al Estado burgués como si éste estuviera por encima de las clases sociales y fuera “neutro”; pero el Estado sirvió para reprimir y contener al movimiento obrero, en favor del capital.
  • En segundo término, porque se inculcó la idea de que progresivamente una sociedad se podía ir acercando al socialismo mediante nacionalizaciones burguesas; lo cual es utópico, y lleva a un callejón sin salida. 
  • Y en tercer lugar, porque se alentó la colaboración de clases, a través de la entronización del Estado. En este respecto es habitual que se pregone la idea de que las empresas del Estado “son de todos”; que “pertenecen al pueblo” e incluso que los trabajadores deben sacrificarse por ellas. Pero en la realidad, se trata de empresas que extraen plusvalía, y favorecen la acumulación del capital. Y el personal dirigente de las empresas del Estado pertenece a la clase capitalista.
Por eso la consigna de la estatización cumplió exactamente el rol que preveía la Tercera Internacional: sirvió para debilitar al movimiento obrero, e hipotecar su independencia de clase.
Las empresas estatales y el mercado
Si bien entre los años 1950 a 1970 las empresas estatales hasta cierto punto se abstraían de la “dictadura” del mercado y de la ley del valor –con precios administrados y medidas nacionalistas y proteccionistas–, progresivamente todas se vieron sometidas a la lógica de la valorización. Es que a medida que se extienden y profundizan las relaciones mercantiles y capitalistas, toda fracción de la economía se somete a la misma ley del mercado. La exigencia general es que una empresa estatal debe dar rentabilidad, como cualquier otro capital. Muchas cotizan en bolsa de valores (un caso típico es Petrobras), donde están sometidas a la “sanción” de los inversores, que miran con lupa sus balances, y premian o castigan sus perfomances en extraer plusvalìa. Peor aun si no cotizan en bolsa, las empresas estatales deben recurrir a los mercados financieros; emitir títulos, competir con otras empresas capitalistas. Y para esto, también son necesarias ganancias y “disciplina” laboral. Por todos lados se impone entonces el imperio de la valorización. ¿Qué tiene esto de cualitativamente distinto con respecto a lo que sucede con cualquier otra empresa capitalista? Las empresas estatales hoy contratan trabajadores que están precarizados, o a veces incluso “en negro”; imponen en su seno criterios de productividad como si fueran empresas privadas; y favorecen por todos los medios las posiciones del capital, y su Estado.
A modo de conclusión
Lo que explica esta lógica de las empresas estatales es el carácter de clase del Estado, que no puede ser sino capitalista, dado que está inmerso en la sociedad capitalista. Por eso no hay ninguna razón para pensar que las estatizaciones mejorarán la posición de la clase obrera.
Más concretamente, lo que habría que preguntarse ante las estatizaciones es si éstas ayudan a la organización de la clase obrera frente al capital; si favorecen el desarrollo de las fuerzas productivas; o si impulsan una distribución más igualitaria del ingreso de manera duradera. Así, cabe preguntarse si las estatizaciones de correos, del servicio de aguas, o de la aerolínea de bandera, realizadas por el gobierno de los K, cambiaron, en algún grado cualitativo, la relación de fuerzas entre las clases sociales, o la naturaleza del capitalismo criollo.
A la vista de lo que ha sucedido con las estatizaciones burguesas, pensamos que hay muchas razones para sostener que, una vez más, se confirma la vieja tesis del marxismo “de Marx”, y no la del “marxismo keynesiano.
Fuente: https://rolandoastarita.wordpress.com/2010/07/12/estatismo-burgues-y-socialismo

Que el agua vale más que el petróleo choca, en tercer lugar,  conque  la mayoría de nosotros damos por sentado que sin crecimiento económico no hay trabajo ni bienestar. Revisemos estas creencias:
Poscrecimiento y posextractivismo
Dos caras de la misma transformación cultural
10 de julio de 2015
Por Alberto Acosta  (Rebelión)
 
Marx había dicho que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero tal vez las cosas se presenten de manera completamente diferente. Es posible que las revoluciones sean, para la Humanidad que viaja en ese tren, el acto de accionar los frenos de emergencia.
Walter Benjamin (1892-194)  
El pensamiento dominante –propio de la globalización capitalista– conduce a aceptar que es imposible imaginar una economía que no propugne su crecimiento, tanto como un mundo sin petróleo, minería o agroindustria. En esta corriente de pensamiento se encuentra gente de todas las tendencias, desde la vertiente neoliberal a la socialista.
La realidad, sin embargo, dice que superar esa visión es la gran tarea del momento.
·         Por un lado, es preciso replantearse la cuestión del crecimiento económico, para liberarse de esta atadura que puede concluir en una debacle socioambiental mundial de impredecibles consecuencias.
·         Y por otro lado, es cada vez más urgente transitar del extractivismo centrado en las demandas del capital hacia una visión que priorice la vida digna en su más amplia expresión y que viabilice la construcción de sociedades estructuralmente democráticas. Esta tarea pone a prueba toda la capacidad del pensamiento crítico así como la capacidad de inventiva y de creatividad de las sociedades, de los Estados y por cierto de las organizaciones sociales y políticas.
Cerrar la puerta a este debate, sería cerrar la puerta a la democracia misma.
El crecimiento económico, un camino sin salida
Para una gran parte de los habitantes del planeta es muy difícil imaginar una economía sin crecimiento, inclusive van más allá, no son capaces de imaginarse una sociedad sin crecimiento económico. Por eso, sin entrar en más análisis de lo que realmente sucede en cada caso, para hablar del (supuesto) éxito de algunos países se recurre a ejemplos destacados de crecimiento económico, como por ejemplo, China o Perú. En estos casos se ha logrado sostener por largo tiempo tasas importante de crecimiento económico, el caso chino es especialmente notable en la medida que China se ha convertido ya en la economía más grande del mundo, medida por el PIB, pero cabe preguntarse. ¿han conseguido el desarrollo? Pregunta que puede hacerse extensiva a los grandes países industrializados, en donde también hay “maldesarrollo” (Tortosa 2011).
Hay también lecturas propias del marxismo vulgar, que sin pestañar pontifican que no se puede detener el crecimiento. Eso sería, afirman, frenar la evolución de las fuerzas productivas que -desde su visión- son la base del desarrollo de la civilización, las que, a la postre, con adecuados esquemas de control y distribución, van a resolver todos nuestros problemas.
Se repite cansinamente que se debe crecer –lo que se confunde con tener dinero– para poder enfrentar el tema de la pobreza, para desarrollarnos tecnológicamente, e inclusive para resolver los problemas ambientales que provoca el propio crecimiento.
Un verdadero galimatías conceptual domina el debate.

Los límites ambientales del crecimiento económico
En términos ambientales, ya se superaron los límites mundiales de emisión de cuatrocientos partes por millón de CO2 y el hecho de que nunca más se va a regresar a una cifra inferior, lo que, por los nocivos efectos que esto produce, representa una clara advertencia de que no se puede seguir por la misma senda. El crecimiento material sin fin podría culminar en un suicidio colectivo.
Los efectos del crecimiento económico, motivado por las demandas del capital, están a la vista: basta considerar los impactos del mayor recalentamiento de la atmósfera o del deterioro de la capa de ozono, de la pérdida de fuentes de agua dulce, de la erosión de la biodiversidad agrícola y silvestre, la elevada cantidad de nitrógeno en la atmósfera, la degradación de los suelos o los efectos de la acelerada desaparición de espacios de vida de las comunidades locales... Por lo tanto, Eduardo Gudynas (2009) tiene razón cuando concluye que no tiene futuro la acumulación material mecanicista e interminable de bienes, apoltronada en el aprovechamiento indiscriminado y creciente de la naturaleza. Además, este proceso no ha conducido ni va a conducir al desarrollo. Todo lo contrario.
Por lo tanto, se debe analizar con urgencia lo que representa la economía y la sociedad del crecimiento. Existe una suerte de manía del crecimiento económico, como afirmó oportunamente -en el año 1971- Herman Daly (1989). Ya antes, este mismo economista, en línea con el pensamiento de Nicholas Georgesku Roegen, de origen rumano, el gran pionero de la economía ecológica, anticipó las amenazas en ciernes. Por lo tanto, él concluía en la necesidad de pensar en un decrecimiento económico porque el crecimiento constituye una especie de harakiri para la humanidad; textualmente decía “el estado más deseable no es un estado estacionario sino un estado en decrecimiento. Sin duda, el crecimiento presente tiene que cesar o, más aún, cambiar de signo” (Daly 1971). A Kenneth Boulding (1966), economista que veía a la Tierra como una nave espacial, también en sintonía con Georgesku-Roegen, se le atribuye haber exclamado que “cualquiera que crea que puede durar el crecimiento exponencial para siempre en un mundo finito es loco o economista”.
Sin embargo, en determinadas épocas, asumir estos límites biofísicos, ya advertidos por el Informe del Club de Roma en 1972 (Meadows 1972), fue visto como parte de una propuesta imperialista. Su verdadera intención, decían algunos críticos, sería limitar la posibilidad de desarrollo para los países del Sur global. Inclusive surgió la particular tesis del derecho al desarrollo, a la que apela en la actualidad, por ejemplo, China.
El punto medular para cuestionar el crecimiento permanente de la economía se centra en el hecho de que la Naturaleza tiene límites que las economías no deben sobrepasar. El cambio climático, especialmente debido al sobreconsumo energético y a la transformación del uso del suelo, es una evidencia incontrastable. Mientras tanto, el pensamiento funcional a la acumulación de capital se limita a reflexionar y proponer cómo transformar a “los bienes” y “servicios ambientales” en simples elementos transables, a través de la dotación de derechos de propiedad sobre estas funciones. Otros apuestan con fe ciega a los avances tecnológicos. Esta situación se explica por la generalización de un comportamiento egoísta y miope, incapaz de reconocer que un recurso tiene un límite o umbral antes de colapsar, al tiempo que desconocen las restricciones intrínsecas de las tecnologías.
Esta posición crítica no refleja un conservadurismo ante la idea del progreso, sino acerca de su sentido. La técnica moderna se encuentra subsumida al proceso de valorización, lo cual la vuelve nociva en muchos aspectos. Pero quizá el problema sea más profundo y pase por una pregunta acerca del mismo sentido de lo humano en un tiempo en que parece aproximarse la barbarie, tal como advertía Rosa Luxemburgo. Desde esa perspectiva, para que exista otro tipo de técnica, es necesario transformar las condiciones de su producción social. Además, hay que prestar atención al llamado “efecto rebote”, que se refleja en los aumentos de consumo, producto de las ganancias en eficiencia.
Ahora, cuando los límites de sustentabilidad del mundo están siendo literalmente superados, es indispensable construir soluciones ambientales vistas como una asignatura universal. De la mano con la propuesta de una Declaración Universal de los Derechos de la Naturaleza se podría establecer un marco referencial para darle profundidad a esta tarea que compete a toda la Humanidad.

Los límites económicos y sociales del crecimiento económico
Es imprescindible rescatar reflexiones de los pensadores clásicos del desarrollo como Albert Hirschman , quien a fines de los años cincuenta, ya afirmaba que la economía del desarrollo debe guardarse muy bien de pedir prestado de la economía del crecimiento. Recomendación que, como se ha visto, no fue asumida oportunamente. Se siguió creyendo por décadas que el crecimiento era sinónimo de desarrollo. De alguna manera, esa visión se mantiene hasta ahora en amplios sectores de la sociedad y en casi todos los gobiernos. [2]
De todas maneras, poco a poco se abre paso una constatación de que el crecimiento económico es apenas un medio, no un fin. Amartya Sen (1985), Premio Nobel de Economía, el único que proviene de un país “subdesarrollado”, fue muy claro al respecto:
Las limitaciones reales de la economía tradicional del desarrollo no provinieron de los medios escogidos para alcanzar el crecimiento económico, sino de un reconocimiento insuficiente de que ese proceso no es más que un medio para lograr otros fines. (…) No sólo ocurre que el crecimiento económico es más un medio que un fin; también sucede que para ciertos fines importantes no es un medio muy eficiente. (Sen 1985)
Se podría seguir un poco más en este sendero y recordar a un economista, profesor de la Universidad de Columbia, Jagdish Bhagwati, quien en 1958 ya mencionaba incluso de que el crecimiento podría ser inclusive empobrecedor: “el hecho de crecer no necesariamente genera condiciones positivas, si ese crecimiento afecta la realidad social y la realidad ambiental de un país” (Baghwati 1958).
Lo dicho indica que se puede crecer y no alcanzar el desarrollo, y que hasta se puede crecer y subdesarrollarse. Una experiencia común en el mundo empobrecido. ¿Cuántos países han logrado sostener por tiempos relativamente largos significativas tasas de crecimiento económico? Pocos, sin duda alguna. Y de esos pocos, ¿cuántos se han desarrollado?, muchos menos aún. Es más, como para complicar las cosas, bien se sabe que en realidad prima el maldesarrollo inclusive entre los países que se consideran desarrollados.
De todas maneras, hay quienes sostienen que el crecimiento puede ser necesario en ciertas circunstancias, sobre todo para superar determinadas deficiencias fundamentales, por ejemplo en educación y salud. Pero eso no justifica cualquier tipo de crecimiento. Manfred Max Neef fue muy claro al respecto. En una carta abierta al ministro de Economía de Chile, 4 de diciembre de 2001, escribió:
Si me dedico, por ejemplo, a depredar totalmente un recurso natural, mi economía crece mientras lo hago, pero a costa de terminar más pobres. En realidad la gente no se percata de la aberración de la macroeconomía convencional que contabiliza la pérdida de patrimonio como aumento de ingreso. Detrás de toda cifra de crecimiento hay una historia humana y una historia natural. Si esas historias son positivas, bienvenido sea el crecimiento, porque es preferible crecer poco pero crecer bien, que crecer mucho pero mal. [3]
En los países ricos, a modo de ejemplo, el hecho de tener cada vez más bienes materiales no significa que exista una mayor felicidad. Hay estudios que demuestran cómo el crecimiento del producto interno bruto per cápita en los Estados Unidos, por ejemplo, ha sido tendencialmente sostenido en las últimas seis décadas , pero los niveles de felicidad no lo han hecho, se mantienen estables. En esta línea de reflexión caben muy bien los aportes de Jürgen Shuldt (2004), sobre todo los de su libro Bonanza macroeconómica, Malestar microeconómico.
Así, se puede afirmar que el crecimiento económico, provocado por la voracidad del capital, que acumula produciendo y especulando, se da sobre bases de creciente inequidad estructural. Quizás esto explica también los elevados niveles de frustración e infelicidad existente en las sociedades opulentas. Ampliando el horizonte, se constata que en el planeta la inequidad social, tan propia del capitalismo, en tanto civilización de la desigualdad, es una cuestión que se da a nivel global e inclusive en las economías consideradas como exitosas.
Basta ver algunas cifras de la inequitativa distribución de la riqueza a nivel mundial: las 85 personas más ricas del mundo tienen tanto como la mitad más pobre de la población mundial: 1 700 millones de habitantes, según un reporte de la Oxfam (2014). Según dicho estudio, el 1% de la población más rica acapara casi la mitad de la riqueza mundial. Revisar las cifras de la inequidad en Alemania, país de “los inventores” de la tan promocionada economía social de mercado, resulta por igual aleccionador: en 2008, el 10% más rico de la población alemana poseía el 53% de los activos, mientras que la mitad de la población es propietaria de un 1% (Der Spiegel 2014).
De lo anterior se desprende que la organización misma de la economía debe cambiar de manera profunda. Este es quizás uno de los mayores retos. El crecimiento económico, transformado en un fetiche al cual rinden pleitesía los poderes del mundo y amplios segmentos de la población, debe ser desenmascarado y desarmado. Algo fácil de decir, pero difícil de hacer al margen del consenso y participación popular.
Desde esa perspectiva, hay que tomar en consideración todo lo que se deriva de estas lecturas que dan cuenta de los límites geofísicos y socioeconómicos de la actual economía, y su motor, el crecimiento. Preocupa que, en lugar de buscar soluciones radicales y profundas para el tren desbocado en el que viaja la humanidad, se siga ahondando en prácticas en esencia depredadoras. Se tendrá que ver si no los redoblados intentos por ahondar la lógica mercantilista de la llamada economía verde –que sigue ampliando la frontera de colonización en el planeta, por ejemplo, con el mercado de carbono– es la respuesta comercial para los problemas ambientales.
Los debates del poscrecimiento
(...)En la actualidad, uno de los más lúcidos pensadores latinoamericanos, Enrique Leff, recomienda dar paso a una transición hacia otra forma de organización de la producción y la misma sociedad; asumiendo estos retos, pregunta y propone:
¿Cómo desactivar el crecimiento de un proceso que tiene instaurado en su estructura originaria y en su código genético un motor que lo impulsa a crecer o morir? ¿Cómo llevar a cabo tal propósito sin generar como consecuencia una recesión económica con impactos socioambientales de alcance global y planetario? […] esto lleva a una estrategia de deconstrucción y reconstrucción, no a hacer estallar el sistema, sino a re-organizar la producción, a desengancharse de los engranajes de los mecanismos de mercado, a restaurar la materia desgranada para reciclarla y reordenarla en nuevos ciclos ecológicos. En este sentido la construcción de una racionalidad ambiental capaz de deconstruir la racionalidad económica, implica procesos de reapropiación de la naturaleza y reterritorialización de las culturas (Leff 2008).
Responder a este reto es una cuestión cada vez más presente en los países industrializados, los mayores responsables de la debacle ambiental global. No se trata de que los países empobrecidos mantengan su situación de pobreza y miseria para que los países ricos conserven sus insostenibles niveles de vida. De ninguna manera. Lo que sí debe ser motivo de atención en el Sur es no intentar repetir estilos de vida social y ecológicamente insostenibles.
Es, por lo tanto, igual de urgente abordar con responsabilidad el tema del crecimiento económico en los países “subdesarrollados”; así, inicialmente, resulta por lo menos oportuno diferenciar el crecimiento “bueno” del “malo”; crecimiento que, como se hizo referencia anteriormente a la carta de Max Neef, se define por las correspondientes historias naturales y sociales que quedan detrás, tanto como por el futuro que este crecimiento pueda anticipar.
Por un lado, los países empobrecidos y estructuralmente excluidos deberán buscar opciones de vida digna y sustentable, que no representen la reedición caricaturizada del estilo de vida occidental. Mientras que, por otro lado, los países “desarrollados” tendrán que resolver los crecientes problemas de inequidad internacional que ellos han provocado y, en especial, tendrán que incorporar criterios de suficiencia en sus sociedades antes que intentar sostener, a costa del resto de la Humanidad, la lógica de la eficiencia entendida como la acumulación material permanente.
Los países ricos, en definitiva, deben cambiar su estilo de vida que pone en riesgo el equilibrio ecológico mundial, pues desde esta perspectiva también son, de alguna manera, subdesarrollados o “maldesarrollados” (Tortosa 2011). En este empeño tendrán que desandar gran parte del camino recorrido, dando marcha atrás en ese crecimiento que resulta irrepetible a nivel mundial. A mismo tiempo, deben asumir su corresponsabilidad para dar paso a una restauración global de los daños socioambientales provocados; en otras palabras, deben pagar su deuda ecológica e inclusive su deuda histórica.
Revisar la esencia del crecimiento económico se muestra, entonces, indispensable. Lo que cabría es preguntarse si hay formas de desarrollo de las fuerzas productivas que puedan transitar en otra dirección. Por lo pronto lo que sí está claro es que la destrucción que produce el crecimiento económico en su forma de acumulación capitalista es efectivamente la que conduce a un camino sin salida. Esa evolución alternativa debería entrañar, sin duda alguna, otras lógicas económicas. Esta nueva economía deberá ser repensada desde la búsqueda y construcción de alternativas aplicadas con una visión holística y sistémica, plasmada desde los Derechos Humanos y los Derechos de la Naturaleza.
A la conclusión a la que se llega es que el crecimiento no puede ser el motor de la economía y menos aún su fin último. Urge, entonces, discutir de manera seria y responsable sobre el decrecimiento económico, inicialmente en el Norte global (no basta el crecimiento estacionario), que necesariamente deberá venir de la mano del posextractivismo en el Sur global.
 
Superar los límites coloniales del extractivismo
El extractivismo es una modalidad de acumulación que comenzó a fraguarse masivamente hace quinientos años. Constituye una categoría que permite explicar el saqueo, acumulación, concentración, destrucción y devastación colonial y poscolonial, así como la evolución del capitalismo hasta nuestros días. Desarrollo y subdesarrollo son elementos que hay que ubicar en este contexto.
Con la conquista y la colonización de América, África y Asia empezó a estructurarse la economía mundial: el sistema capitalista. Como uno de los elementos fundacionales de la civilización capitalista se desarrolló y consolidó la modalidad de acumulación extractiva, determinada desde entonces por las demandas de los centros metropolitanos del capitalismo naciente. Unas regiones fueron especializadas en la extracción y producción de materias primas, es decir de bienes primarios, mientras que otras asumieron el papel de productoras de manufacturas, normalmente utilizando los recursos naturales de los países pobres o empobrecidos. Las primeras exportan Naturaleza; las segundas, en su mayoría, la transforman y exportan bienes terminados.

El extractivismo [6] , desde entonces, ha sido una constante en la vida económica, social y política de muchos países del Sur global. Así, con diversos grados de intensidad, todos los países de América Latina están atravesados por estas prácticas ; hablar de extractivismo se ha convertido en un lugar común del lenguaje cotidiano en estos países, que atraviesan por un proceso cada vez más brutal de intervención de las empresas movidas por intereses transnacionales. El extractivismo está en el corazón del discurso político de las distintas tendencias políticas, no sólo entre las que se adscriben al neoliberalismo, sino también entre las que se distancian de él. Una lectura crítica de estos discursos y los argumentos con que se sostienen resulta necesaria para elaborar cualquier propuesta alternativa.
Por lo tanto, es indispensable conocer el significado y los alcances del extractivismo, sus bases, fundamentos, y la propia historia de sus elementos. Es un esfuerzo complejo pues se trata de una práctica que, en América Latina, lleva cientos de años como base de su economía y que ha calado hondo en sus sociedades, que parecen presas de un ADN extractivista [7] .
Es preciso, entonces, debatir las visiones extractivistas de los gobiernos neoliberales, así como las de los gobiernos progresistas, que en la práctica profundizan esta modalidad de acumulación, aun cuando, en el discurso, reconocen la necesidad de una transición. El neoextractivismo de los gobiernos progresistas tiene algunos puntos recuperables, como podría ser un mejor control del Estado sobre las actividades extractivas y una mayor participación en la renta minera o petrolera, pero no se aleja para nada de una modalidad de acumulación dependiente y subdesarrolladora, también de raigambre colonial.
Superar el extractivismo, inclusive como atadura de raigambre colonial, es una condición básica para salir del subdesarrollo. Sin embargo, en el camino de salida de una economía extractivista, se tendrá que arrastrar por un tiempo algunas actividades de este tipo. Se precisa una transición pensada claramente y adoptada sólidamente por la sociedad. Debe quedar muy claro que manteniendo o, peor aún, profundizando el extractivismo, no se encontrará un escape a este complejo dilema de sociedades ricas en recursos naturales, pero condenadas a un empobrecimiento casi inevitable.
Por lo tanto, se debe considerar un punto clave: el inmediato decrecimiento planificado del extractivismo (Acosta 2011) [8] ; y, en la misma línea, la superación del concepto mismo de desarrollo, dando paso a alternativas al desarrollo como las que propone el buen vivir o sumak kawsay(Gudynas y Acosta 2011; Acosta 2013; Unceta 2014).
Esta opción implica no deteriorar más la Naturaleza y no sostener estructuras sociales profundamente inequitativas. El éxito de este tipo de estrategias para procesar una transición social, económica, cultural, ecológica, dependerá de su coherencia y del grado de respaldo y ponderación social que tenga.

Poscrecimiento y posextractivismo, un debate compartido
De lo anteriormente expuesto se desprende que la Humanidad está conminada a debatir de manera seria y responsable sobre el urgente decrecimiento económico en el Norte global. Esto, como se anotó anteriormente, necesariamente deberá venir de la mano del posextractivismo en el Sur global, en donde también habrá que cuestionarse las estrategias de crecimiento aplicadas hasta ahora.
Este reclamo no implica de ninguna manera negar la cuestión de las desigualdades e inequidades sociales. Todo lo contrario. Demanda –siguiendo las reflexiones de Enrique Leff (2008)– una estrategia de deconstrucción y reconstrucción, para no volver invivible la vida del ser humano en el planeta. Se precisa reorganizar la producción, desengancharse de los engranajes de los mecanismos de mercado (sobre todo del mercado mundial), restaurar la materia utilizada para reciclarla y reordenarla en nuevos ciclos ecológicos. Urge también desmontar la irracionalidad de la especulación en todas sus formas. El mundo precisa una racionalidad socioambiental capaz de deconstruir la actual racionalidad económica dominante, para construir procesos de reapropiación de la naturaleza y reterritorialización de las culturas.
Enrique Leff (2008) dice que hablar de decrecimiento o de economía estacionaria no es el tema de fondo:
Decrecer no solo implica des-escalar o des-vincularse de la economía. No equivale a des-materializar la producción, porque ello no evitaría que la economía en crecimiento continuara consumiendo y transformando naturaleza hasta rebasar los límites de sustentabilidad del planeta. La abstinencia y la frugalidad de algunos consumidores responsables no desactivan la manía de crecimiento instaurada en la raíz y en el alma de la racionalidad económica, que lleva inscrita el impulso a la acumulación del capital, a las economías de escala, a la aglomeración urbana, a la globalización del mercado y a la concentración de la riqueza. Saltar del tren en marcha no conduce directamente a desandar el camino. Para decrecer no basta bajarse de la rueda de la fortuna de la economía; no basta querer achicarla y detenerla. Más allá del rechazo a la mercantilización de la naturaleza, es preciso desconstruir la economía.
No se trata entonces, de acuerdo a Leff, sólo de “ecologizar” a la economía, la solución al crecimiento no es sólo el decrecimiento sino la deconstrucción y la transición hacia una nueva racionalidad económica. La tarea es cuestionar el pensamiento modernizador, la ciencia, la tecnología y las instituciones que han instaurado la “jaula de la racionalidad” de la modernidad. Esto lleva irreparablemente a plantear ideas del poscrecimiento desde una perspectiva mucho más amplia, no sólo económica, sino social y política, sin perder de vista el amplio campo cultural. Hay que salir de la sociedad del crecimiento, ese es un primer punto.
Ante estos retos, aflora con fuerza la necesidad de repensar la sustentabilidad en función de la capacidad de carga y resiliencia de la Naturaleza. En otras palabras, la tarea radica en conocer las verdaderas dimensiones de la sustentabilidad y en asumir la capacidad de la Naturaleza para soportar perturbaciones, que no pueden subordinarse a demandas antropocéntricas. Esta demanda requiere una nueva ética para organizar la vida misma. Se precisa reconocer que el desarrollo convencional, sustentado en el crecimiento económico, conduce a la Humanidad por un camino sin salida. Los límites de la Naturaleza, aceleradamente desbordados por los estilos de vida antropocéntricos, particularmente exacerbados por las demandas de acumulación del capital, son cada vez más notorios e insostenibles.
La tarea parece simple, pero es en extremo compleja. En lugar de mantener el divorcio entre la Naturaleza y el ser humano, hay que propiciar su reencuentro; algo así como intentar atar el nudo gordiano de la vida, roto por la fuerza de una concepción de organización social depredadora y, por cierto, intolerable. La Naturaleza establece los límites y alcances de la sustentabilidad y la capacidad de reposición que poseen los sistemas para autorenovarse, de las que dependen las actividades productivas. Es decir, que si se destruye la Naturaleza, se destruye la base de la economía misma.
En concreto, la economía debe echar abajo todo el andamiaje teórico que, de acuerdo a José Manuel Naredo (2009), vació de materialidad la noción de producción y separó por completo el razonamiento económico del mundo físico. Ese proceso supuso la ruptura epistemológica que desplazó la idea de sistema económico, con su carrusel de producción y crecimiento, al mero campo del valor.
Esto conmina a evitar las acciones que eliminen la diversidad, reemplazándola por la uniformidad. Y justamente eso es lo provoca la megaminería o los monocultivos, por ejemplo, pues estas actividades uniformadoras, como reconoce Godofredo Stutzin (1984), “rompen los equilibrios, produciéndose desequilibrios cada vez mayores”. Además, ahora, cuando los límites de sustentabilidad del mundo están siendo literalmente superados, es indispensable, además, construir soluciones ambientales universales.
Por otro lado, si la economía debe subordinarse a los mandatos de la Tierra, el capital tiene que estar sometido a las demandas de la sociedad humana, que es parte de la Naturaleza misma: ¡los seres humanos somos Naturaleza! Esto exige dar paso a esquemas de profunda redistribución de la riqueza y del poder, así como de construcción de sociedades fundamentadas en equidades en plural. No sólo está en juego la cuestión de la lucha de clases, es decir, el enfrentamiento capital-trabajo. Está en juego la superación efectiva del concepto de “raza”, en tanto elemento configurador de las sociedades dependientes, en donde el racismo es una de sus manifestaciones más crudas. Es tarea fundamental y urgente la superación del patriarcado y del machismo.

A manera de corolario
Tener más no hace más felices a las personas. Desde esa perspectiva, no interesa cuántas cosas produce una persona en su vida, sino cómo las cosas de las que dispone, le ayudan a tener un mejor nivel de vida. Eso significa que hay que superar esta religión dominante del crecimiento económico, de la acumulación incesante de bienes materiales y la lógica misma del progreso que está desde hace mucho tiempo –quizás más de quinientos años– nutriendo las bases de la economía capitalista.

Este dilema no va a resolverse de la noche a la mañana. Hay que construir, como recomienda una y otra vez Eduardo Gudynas , transiciones plurales, claras y precisas a partir de horizontes utópicos como puede ser el buen vivir o sumak kawsay, aunque mejor sería hablar de los buenos convivires, como sugiere Xavier Albó (2009).

El buen vivir, en tanto propuesta despejada de prejuicios y en construcción, abre la puerta para formular visiones alternativas de vida con su postulación de armonía con la Naturaleza, de reciprocidad, de relacionalidad, de complementariedad y de solidaridad entre individuos y comunidades, con su oposición al concepto de acumulación perpetua, y con su regreso a valores de uso. Sin olvidar y menos aún manipular sus orígenes ancestrales, puede servir de plataforma para discutir, concertar y aplicar respuestas frente a los devastadores efectos de los cambios climáticos a nivel planetario y las crecientes marginaciones y violencias sociales en el mundo. Incluso puede aportar en el planteamiento de un cambio de paradigma en medio de la crisis que golpea a muchos de los países otrora centrales. En ese sentido, la construcción del buen vivir, como parte de procesos profundamente democráticos, puede ser útil para encontrar incluso respuestas globales a los retos que tiene que enfrentar la humanidad.
Como es fácil comprender, cuestionamientos de ese tipo están más allá de cualquier corrección instrumental de una estrategia de desarrollo y del crecimiento económico permanente. El discurso del desarrollo que justifica visiones de dominación y exclusión, de raigambre colonial no se puede sostener más. Se requiere de un discurso contrahegemónico que subvierta al dominante aún y sus correspondientes prácticas de dominación, a la vez que genere nuevas reglas y lógicas de acción. Su éxito dependerá de la capacidad de pensar, proponer, desenvolverse, e inclusive de mostrar indignación, de ser el caso, también globalmente.
En consecuencia, el buen vivir o sumak kawsay, al abrir la puerta para transitar hacia una nueva civilización, demanda otra economía. Esta no surgirá de la noche a la mañana y menos aún de la mano de caudillos iluminados. Se trata de una construcción paciente y decidida en desmontar varios fetiches y en propiciar cambios radicales, recuperando los valores, las experiencias y sobre todo las prácticas existentes en el mundo andino y amazónico, nutriéndose de aquellas visiones y vivencias sintonizadas con la praxis de la vida armónica y de la vida en plenitud que se desarrollan en todo el mundo .

De todo lo anterior, a modo de síntesis, se puede concluir en la necesidad de considerar los siguientes aspectos:
  • Es evidente que el crecimiento económico no puede ser el objetivo de una economía propia de una civilización diferente a la capitalista. Es más, para algunos menesteres puede incluso resultar contraproducente. Se debe aceptar que el crecimiento económico permanente en un mundo finito es una locura. Hay que desarmar, entonces, tanto a la economía como a la sociedad del crecimiento. Adicionalmente, si ya se acepta que el crecimiento económico no es equivalente a desarrollo, con mayor razón eso debe ser válido para una decidida construcción del buen vivir o sumak kawsay, que representa una alternativa al desarrollo.
  • La desmercantilización de la Naturaleza, como parte de un reencuentro consciente con la Pachamama, es un asunto crucial. Sin rodeos, la economía debe subordinarse a la ecología. La desmercantilización de la Naturaleza vendrá de la mano de la desmaterialización de los procesos productivos, orientada a una producción más eficiente, capaz de utilizar menos recursos. Los objetivos económicos deben estar sometidos a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, sin perder de vista el respeto a la dignidad humana y asegurando la calidad en la vida de todas las personas.
  • Si se habla de desmercantilización de la Naturaleza, esta acción se debe instrumentar también con los bienes comunes, entendidos como aquellos bienes que pertenecen, son de usufructo o son consumidos por un grupo más o menos extenso de individuos o por la sociedad en su conjunto. Estos bienes pueden ser sistemas naturales o sociales, palpables o intangibles (Wikipedia, por ejemplo), distintos entre sí, pero comunes al ser heredados o construidos colectivamente.
  • La descentralización es otro de los aspectos medulares de otra economía. En muchos ámbitos, como en el de la soberanía alimentaria o energética, por ejemplo, se precisan respuestas-acciones más cercanas a la gente. Es decir, desde las propias comunidades, desde sus propios territorios (rurales y urbanos), habrá que encontrar las respuestas más adecuadas; respuestas que muchas veces ya están presentes desde hace mucho tiempo atrás y que no han sucumbido a los mandatos capitalistas. Está acción, como parte de un ejercicio de reterritorialización cultural, está orientada a recuperar el protagonismo y el control de las personas, es decir, de las comunidades, en la toma de decisiones, para fortalecer la participación y los procesos locales.
  • La distribución equitativa del ingreso y la redistribución de la riqueza (inclusive del trabajo, que también deberá ser objeto de un proceso de desmercantilización) es un paso fundamental para la construcción de otra economía, que propenda al buen vivir. Si la economía debe subordinarse a los mandatos de la Tierra, la economía (no solo el capital) tiene que estar sometido a las demandas de la sociedad humana, que no solo es parte de la Naturaleza, sino que es Naturaleza. Esto exige una profunda redistribución de la riqueza y del poder, así como la construcción de sociedades fundamentadas en la igualdad y en equidades en plural. Lo dijimos ya, no solo está en juego la cuestión de la lucha de clases, es decir el enfrentamiento capital-trabajo. Está en juego la superación efectiva de las inequidades étnicas, sociales, económicas, políticas, de género e intergeneracionales
  • La democratización de la economía, de otra economía, completa lo anotado anteriormente. Es indispensable que la toma de decisiones en el ámbito económico, en todos los niveles, sea cada vez más participativa y deliberativa. Esto implica asegurar tanto los derechos de los productores como de los consumidores. Deben regir aquellos principios de organización social comunitaria que vayan más allá de lo económico crematístico y del utilitarismo convencional.
En resumen, como parte de una gran transformación, que tendrá que ser eminentemente cultural, se precisa de una visión que supere el fetiche del crecimiento económico, que propicie la desmercantilización de la Naturaleza y los bienes comunes, la descentralización y el cambio de las estructuras de producción y consumo, la redistribución de la riqueza y del poder, como bases para una estrategia de construcción colectiva y constante de otra economía, indispensable para otra civilización.
Apuntamos, pues, a una economía que propenda a la reproducción de la vida y no a la del capital. Esta tarea implica acciones locales, nacionales como internacionales, que exigen un horizonte utópico de futuro, pero que demandan, por igual, respuestas a corto y mediano plazo.
Un tema medular a tener en cuenta será que la gran mayoría de la población, condenada sistémicamente a la exclusión e incluso a la pobreza, no reflexiona sobre estas cuestiones. Por el contrario, aspira permanentemente a vivir con los niveles de consumo que tienen los grupos más acomodados a nivel mundial y nacional, sin preguntarse si es o no posible e inclusive conveniente. Recordemos que la sociedad, en el Norte y en el Sur, está bombardeada con masivos mensajes que le predisponen al consumismo. Inclusive parecería que a los marginados se les hubiese incorporado en la cabeza un chip consumista de aspiraciones elevadas, pero que no puede cumplir por carecer de los recursos para financiarlas o porque, si esto se produjera, se ahondarían los problemas ambientales globales.
De la mano del consumismo viene el despilfarro de todo tipo. Así, por ejemplo, según la FAO, al año se desperdician más de 1,3 mil millones de toneladas de alimentos perfectamente comestibles: 670 millones en el Norte global y 630 en el Sur global. Estas situaciones, aberrantes desde cualquier punto de vista, se agravan cuando cada vez más superficie agrícola e ingentes recursos de todo tipo se destinan para producir suministros para los automóviles: los agrocombustibles, y no para atender la demanda alimenticia de los seres humanos. Eso explica por qué, a pesar de los indiscutibles avances tecnológicos, ni siquiera el hambre ha sido erradicada del planeta, y no por falta alimentos. Estos existen.
El gran reto de la Humanidad se sintetiza en cómo procesar democráticamente una nueva forma de organizar la economía, reconociendo los límites de la Naturaleza y asegurando una vida digna para todos los habitantes del planeta. En este empeño también tendremos que dejar atrás la “civilización del desperdicio”, como acertadamente define la actual realidad el economista Jürgen Schuldt (2013).
Hay que hacer realidad una gran transformación histórica y dar el paso desde una concepción antropocéntrica a una (socio)biocéntrica, superando una economía inspirada en el crecimiento atado a la acumulación del capital para que esté al servicio de la vida. Ese es el gran reto de la Humanidad, si es que no se quiere poner en riesgo la existencia misma del ser humano sobre la Tierra.
Desde esa perspectiva, hay que consolidar y ampliar la vigencia de los Derechos Humanos y de los Derechos de la Naturaleza, vistos como un punto de partida para la construcción democrática de sociedades democráticas, es decir, para asegurar una mayor y efectiva participación ciudadana y comunitaria.-  
Bibliografía:(...)
Artículo publicado en el libro Pos-crecimiento y Buen Vivir. Propuestas globales para la construcción de sociedades equitativas y sustentables - FES-ILDIS, Quito, 2014  Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196977