jueves, 11 de junio de 2015

¿Qué economía pueden arreglar la Presidenta y Soros a puerta cerrada?


La de acumulación gran capitalista que implica
 
biocombustibles vs. alimentos; fracking vs. agua y pago de 'deuda' vs. derechos humanos.
 
 
(...)El financista George Soros se convirtió en el cuarto mayor tenedor de acciones de YPF al adquirir más de 8 millones de acciones de la petrolera. Invirtió en la operación 450 millones de dólares. La potencialidad de la compañía a partir de sus recursos no convencionales, con Vaca Muerta a la cabeza, despertó el interés de este histórico y polémico administrador de fondos de inversión, quien ponderó las oportunidades de negocios que ofrece la empresa a mediano plazo por encima de los supuestos riesgos que implica el litigio con los fondos buitre. (...)
En 2006, durante una gira del entonces presidente Néstor Kirchner por Nueva York, El magnate le anunció allí que desembolsaría 500 millones de dólares para producir bioteanol en el país. La relación con el Gobierno fue buena desde entonces. (...) Leer
 
Desde México nos aclaran sobre la criminalidad de la acumulación gran capitalista.

La devastación y el despojo que nos traerá el fracking[1]
Por Juan José Morales
Una faceta del fracking —que el gobierno oculta celosamente— y que fue mencionada durante la conferencia que el pasado sábado dictó el físico Tulio Arroyo Marroquín, especialista en cuestiones energéticas, en el planetario Ka’ Yok’ de Cancún, es que los pozos una vida útil brevísima, de apenas tres años. Tras ese lapso, su producción decae hasta volverlos improductivos, y es necesario perforar otros en diferente lugar, y luego otros, y otros más, y así en una cadena interminable que devasta el terreno y lo inutiliza para cualquier otra actividad productiva.
Porque no hay que olvidar que ese procedimiento de fractura hidráulica empleado para extraer gas atrapado en las formaciones geológicas de pizarras, esquisto o lutitas, exige el uso de enormes cantidades de agua a la cual se añaden casi 60 sustancias químicas diversas, muchas de ellas altamente tóxicas y contaminantes.
Como señaló Arroyo, y como muestra la experiencia de la producción mediante fracking en Estados Unidos y Canadá, tras el primer año de operación, el rendimiento de los pozos cae en un 40%, al cabo del segundo año, la disminución es del 65%, y al tercer año ya están agotados, de modo que hay que abandonarlos y pasar a otra zona para perforar más, y luego a otra, y así sin cesar, de modo que el terreno se va llenando con pozos abandonados y desechos peligrosos. En cambio, los pozos petroleros se mantienen en producción durante años e incluso pueden ser revitalizados cuando se reduce mucho el flujo.
Para tener una idea de lo que lo anterior significa en cuanto a devastación ambiental, basta señalar que, según estimaciones de la Secretaría de Energía, para extraer sólo el 12% del gas de los yacimientos de lutitas en México, habría que perforar más de un cuarto de millón de pozos. O un millón si se desea obtener la mitad del gas. Son realmente cantidades exorbitantes, totalmente reñidas con la protección y conservación del medio ambiente.
Pero lo peor de todo, es que esa devastación no la realizarán las compañías petroleras en terrenos de su propiedad, sino en los de otras personas.
En efecto, las leyes secundarias de la llamada reforma energética establecen que el gobierno está facultado para rentar a las petroleras las tierras de cualquier propietario bajo figuras jurídicas conocidas como “servidumbre legal, ocupación y afectación superficial”. O, para decirlo con otras palabras: todo propietario de tierras, quiera o no, podrá ser despojado de sus tierras y obligado a ponerlas en manos de esas empresas extranjeras. Cuando le sean devueltas, arruinadas por la contaminación y por la misma actividad de la maquinaria y los equipos, ya no servirán para nada.
Todavía hay más: en el colmo del cinismo y la desvergüenza, este destructor método de extracción de gas, el fracking o fractura hidráulica, quedó catalogado en las leyes secundarias de la llamada reforma energética como “energía limpia”, junto con la energía hidráulica.
Por supuesto, esa clasificación no fue un simple error o un acto ingenuo de los legisladores, sino algo deliberado, pues al poner al fracking en tal categoría, se le puede brindar tratamiento especial en forma de facilidades para su realización, exenciones fiscales e incluso subsidios.
Y aquí cabe subrayar que esta clasificación del fracking como “energía limpia”, fue impulsada por el llamado Partido Verde Ecologista de México, junto con el PRI, el PAN y el Panal. Con ello, el membrete del tucán demostró una vez más que es sólo un apéndice del PRI, que su ecologismo no es más que simulación y que en realidad la defensa y protección del medio ambiente le importan un bledo.
Si finalmente, la banda de legisladores que aprobó semejante atentado a la naturaleza se sale con la suya, las perspectivas son de una verdadera catástrofe ecológica ahí donde se realice este tipo de explotación.
[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 28 de julio de 2014 Leer
Desde España nos precisan aún más qué significa el predominio de la acumulación gran capitalista por sobre las necesidades e intereses de los pueblos.
 
 
La burbuja del fracking
Septiembre de 2014
 
Algunas explotaciones abren más de 1.000 pozos anuales para sortear el declive.
Por Manuel Peinado Lorca [1], director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Universidad de Alcalá. Revista El Ecologista nº 82.
En el actual debate sobre el "fracking" se está obviando una cuestión esencial: la insostenibilidad económica a corto plazo de un negocio ruinoso sostenido por una burbuja financiera surgida de Wall Street.
En este artículo intentaré resumir los argumentos que he expuesto con mayor extensión en un libro [2] y que sustentan mi hipótesis de que el"fracking" [*], además de los riesgos ambientales y sanitarios que lo rodean, presenta las características de la burbuja financiera creada por las hipotecas subprime y su versión hispana del ladrillo.
Me centraré en el gran protagonista de la independencia energética norteamericana: el shale gas [*], esto es, el gas natural no convencional [*] (GNNC), pero aunque ponga el foco en él, los planteamientos y los factores implicados son también de aplicación al caso del petróleo no convencional, aunque su producción sea infinitamente menor que la del gas.
Barriles de papel
En EE UU el propietario de un terreno posee también los derechos del subsuelo. Esa propiedad genera unos derechos que el tenedor puede ceder, arrendándolos, a una empresa que desee explotarlos. Como ocurre con las hipotecas, las pólizas de arrendamiento tienen un valor como activos financieros [*], lo que quiere decir que las entidades bancarias pueden utilizarlos como garantía fiduciaria a la hora de acudir al mercado interbancario (o al correspondiente banco central) para obtener efectivo. Además, los activos se negocian en los mercados una vez empaquetados y después de que hayan sido calificados por las agencias de rating. Obviamente, lo que interesa a la banca es que los activos conformados con las pólizas tengan el mayor valor fiduciario posible, de la misma forma que durante la pasada década lo que interesaba era que el suelo y las hipotecas tuvieran la máxima valoración, aunque luego se demostrara que los paquetes hipotecarios calificados con la máxima nota por la agencias estaban infestados de hipotecas basura.
La ceremonia de la confusión
Un recurso [*] es la cantidad total de un hidrocarburo que, mediante estimaciones técnicas, se supone que existe en un área determinada. Una reserva [*] es la fracción del recurso que se puede recuperar de manera rentable con las condiciones económicas actuales y utilizando las tecnologías existentes. Lo que sistemáticamente hacen los departamentos publicitarios de la industria y la banca es confundir deliberadamente recursos y reservas para manipular al alza el valor de sus activos.
La diferencia real entre reservas y recursos tiene un componente legal importante y es que aquéllas tienen un valor como activos, por lo que están sujetas a las mismas reglas de auditoría y control de los organismos reguladores que cualquier otro valor que cotice en Bolsa, de manera que inflar las reservas para utilizarlas como activos es un delito. El problema se soslaya cuando las transacciones financieras se realizan en los desregulados mercados OTC [*], un tipo de mercado paralelo, extrabursátil, en el que se negocian instrumentos financieros directamente entre las partes.
Un demoledor –y lamentablemente desconocido– informe elaborado en 2006 por el Senado estadounidense decía que los dos principales mercados internacionales energéticos, NYMEX e ICE Futures, controlados desde Wall Street, operan al margen de la supervisión de la agencia federal independiente CFTC, encargada del control de las bolsas de valores. Liberados del supervisor gracias a la desregulación del mercado energético que se aprobó en tiempos de Bush y Cheney, los mercados OTC se han convertido en un patio de Monipodio global donde toda especulación encuentra cómodo asiento.

Descorchando botellas de cava
La productividad inicial (PI) de un pozo es la tasa de producción más alta de toda su vida operativa y, generalmente, se alcanza el primer mes después de la perforación. La PI de un yacimiento o de los diferentes yacimientos que componen un campo es la media de las PI de los pozos que soportan. Haciendo un símil, se puede decir que el "fracking" produce en un estrato de lutitas [*] –rocas sedimentarias compuestas por partículas del tamaño de la arcilla y del limo–un efecto similar al que se provoca al agitar una botella de cava. Cuando se quita el tapón, el contenido sale a chorros, luego a borbotones y rápidamente cesa, lo que significa que su PI es extraordinaria. Empero, solo un porcentaje muy pequeño de los pozos de un campo presentan PI superiores a la media (figura 1).
Figura 1. Productividad inicial (PI) de los tres principales campos estadounidenses de GNNC.
El eje de abscisas indica el porcentaje acumulado de pozos ordenados de menor a mayor PI. La distribución es la típica de los campos de lutitas, con una PI muy alta en unos pocos pozos (en Haynesville, por ejemplo, solo un 2% de los pozos presentan PI > 20 Mpc/d [3]) y la inmensa mayoría con PI mucho más bajas (media para Haynesville: 8,2 Mpc/d). A, B, C: datos de los campos Haynesville, Barnett y Marcellus, respectivamente.
En contraposición, la eficiencia de recuperación (ER) de los campos de GNNC es muy baja: solamente se pueden recuperar un 6,5% de las reservas, un porcentaje ridículo cuando se compara con la ER de los yacimientos convencionales (75-80%). Ese es un elemento esencial de la trama. Cuando se perfora por primera vez un pozo, la producción es extraordinaria. Después de la explosión inicial, la producción cae en picado hasta que, pasado el tercer año, los pozos producen un 80-90% menos y dejan de ser rentables aunque se mantengan abiertos para alimentar el espejismo de las reservas inacabables. Siete años después serán abandonados.
 
Un tobogán imparable
La tasa de declive es el ritmo al que decrece la producción de un pozo, de un yacimiento o de un campo a medida que avanza su vida productiva. En el caso de las lutitas, unos y otros presentan aceleradas tasas de declive que, representadas en forma de curva, se asemejan a las pendientes extremadamente empinadas de un tobogán (figura 2).
Figura 2. Curvas típicas de declive para los pozos de gas Haynesville (A), Barnett (B) y Marcellus (C).
Aquí no hay franquicias
La industria energética estadounidense se empeña en presentar todos los campos de GNNC como si fueran franquicias con producción homogénea y uniforme en todo el campo. Al sostener que todos los pozos de un campo –y hay campos del tamaño de la mitad de España– tienen una producción uniforme, distorsiona escandalosamente los datos a su favor. Además de ocultar el acelerado declive de los pozos, se encarga de que la publicidad y los medios den una cobertura desproporcionada a los pozos con mayores PI para que se tenga la falsa impresión de que esa es la productividad de todos los pozos del campo y de que así se mantendrá durante muchos años.
Sin embargo, como puede verse en la tabla 1, las tres cuartas partes de la producción proceden de los cuatro primeros campos. Los dos siguientes añaden un 12% más, hasta completar el 88% de la producción. Los restantes 24 campos de gas no convencional actualmente operativos completan la producción total del país. También puede verse cómo la disparidad entre los campos es extraordinaria.
 
La interminable cinta de correr
Convenientemente manipulados, los parámetros que acabo de mencionar se convierten en una herramienta clave para entender que el funcionamiento operativo en los campos de GNNC puede compararse con una cinta de correr. Para sostener el crecimiento y enmascarar el declive en la producción que daría al traste con el valor de los activos, el negocio del "fracking" requiere incesantes programas de perforación. En otras palabras, tal y como sucede con las estafas piramidales, los campos de lutitas dependen en gran medida de la expansión perpetua: conforme crece la producción, se necesitan más pozos y capital simplemente para compensar el escaso rendimiento y los fuertes declives que los caracterizan. Si se detienen las perforaciones, el negocio se derrumba.
 
Cómo se infla la burbuja
El análisis de los datos estadísticos oficiales procedentes de los 65.000 pozos de "fracking" operativos en EE UU en 2012 demuestra que los costes de producción en la mayoría de ellos son muy superiores a los precios actuales del gas y que el mantenimiento de la producción requiere cada vez mayor número de perforaciones y la entrada de capital a raudales para sostenerla (columnas 9, 10 y 11 en latabla 1). En números redondos y probablemente conservadores, por cada dólar que la industria obtiene vendiendo un determinado volumen de GNNC, se gasta al menos dos en producirlo. Pese a ello, lo que a todas luces es un negocio ruinoso continúa expandiéndose por EE UU y comienza a exportarse a otros países. ¿Por qué está ocurriendo esto? ¿Por qué ese empeño en seguir perdiendo dinero a espuertas año tras año?
En la burbuja urdida en la Gran Manzana que está en el origen de la actual recesión subyacía la idea básica e imposible de toda burbuja: había un recurso infinito cuyo valor no dejaría nunca de aumentar. El recurso, llámese suelo o llámese gas, crea a su alrededor todo un universo de activos financieros que pasan de mano en mano generando beneficios hasta que alguien pincha la burbuja. Como acabamos de ver, las estimaciones de la industria derivan de la corta vida productiva de los pozos que se proyecta como si se tratara de una producción a largo plazo. Los operadores, apoyados por potentes agencias publicitarias, enseñan unos resultados de explotación espectaculares obtenidos de las PI de unos cuantos pozos y extrapolan esos resultados a yacimientos enteros todavía no probados.
El procedimiento es siempre el mismo. Cuando se descubre un posible yacimiento, comienza el frenesí de los alquileres de tierras. A este le sigue un auge de perforaciones centrado en las zonas más productivas. Lo que hacen los creativos analistas financieros es aplicar curvas hiperbólicas a los datos iniciales de producción y pronosticar una vida media de los pozos de unos cuarenta años. Con esos datos en mente y los contratos de arrendamiento en la mano, Wall Street está haciendo lo mismo que hizo con las hipotecas basura: desarrollar sofisticados productos de ingeniería financiera.
Las transacciones financieras basadas en los alquileres de terrenos se han convertido en una actividad más rentable que perforar para obtener GNNC con los actuales costes. Las grandes multinacionales energéticas están acaparando derechos de arrendamiento para añadirlos a sus reservas de barriles de papel y compensar así el declive de sus reservas reales con objeto de inflar artificialmente el precio de las acciones y mantener su propia solvencia, algo que la mayoría no hubiese podido hacer sin las fantasiosas reservas adicionales procedentes de las lutitas. El objetivo no es vender gas sino vender alquileres de terrenos y empresas enteras con derechos de explotación convenientemente inflados por las estimaciones hiperbólicas. Empaquetar derechos de alquiler resultó ser un negocio tan rentable como lo fue empaquetar hipotecas.
La avaricia está rompiendo el saco: como la exportación de hidrocarburos está prohibida en EE UU desde el siglo pasado, el exceso de oferta de gas hizo que, a partir de 2008, se desplomaran los precios domésticos. En enero de 2012, los precios del gas natural [*] cayeron por debajo de los tres dólares por cada mil pies cúbicos (kpc). Los costes medios por pozo de explotación eran entonces de unos 4-6 dólares por kpc, por lo que los operadores sufrían pérdidas importantes, pero debían seguir perforando para cumplir con sus obligaciones crediticias con los bancos.
Como se trata de mantener los datos de producción inflados para que las acciones de las petroleras y los derivados de Wall Street se mantengan al alza, hay que perforar nuevos pozos. Eso supuso abrir 7.200 nuevos pozos en 2012; como el coste medio de perforar un pozo ronda los seis millones de dólares, las compañías invirtieron 42.000 millones simplemente para enmascarar la disminución en la producción. Ese mismo año, el GNNC estadounidense generó ventas comerciales por valor de 33.000 millones. Parece un negocio ruinoso, pero no lo es: entre el pistoletazo de salida de 2009 y 2011, el entramado financiero ligado al gas de lutitas movió 135.000 millones de dólares (figura 3).
Figura 3. Relaciones entre las transacciones financieras y los precios del gas en Estados Unidos. La línea anaranjada indica la evolución de los precios del gas natural, que se desplomaron a partir de 2008 debido al exceso de oferta provocado por las expectativas desatadas por la especulación del GNNC.
Así las cosas, los bajos costes del gas están cobrándose su precio con los pequeños y medianos operadores de GNNC, que tienen que vender sus activos, principalmente títulos de arrendamiento, para evitar la bancarrota. Perforar, perforar y perforar, ese es el destino de las operadoras atrapadas por las deudas bancarias. La deuda del sector casi se ha duplicado en los últimos cuatro años, mientras que los ingresos se han incrementado en tan solo un 5,6%, según un análisis realizado con una muestra de 61 pequeños y medianos operadores de "fracking", cuya carga financiera alcanzó 163.600 millones dólares en el primer trimestre de 2014. Los bancos, que están ingresando grandes sumas por las transacciones y fusiones de las compañías de GNNC y por los intereses de los préstamos, siguen calificando a las explotaciones de "fracking" como una buena opción de compra para los inversores.
En resumen, que la banca obtiene de todo ese trasiego estos beneficios: a) gracias los activos obtiene dinero a bajo interés en el interbancario o en el banco central, dinero que luego presta a intereses más altos o utiliza en otras actividades financieras lucrativas; 2) préstamos a los operadores, de los que obtiene intereses siempre superiores a los que tiene que pagar en el interbancario y que tienen arruinado al sector; 3) venta de activos financieros; 4) cobro de comisiones por todas las operaciones generadas. Exactamente lo mismo que en el caso de las hipotecas basura, pero ahora partiendo de barriles de papel, que pasan a ser nuevas fichas en el casino del capitalismo global.
Lo de siempre: la banca siempre gana. Visto el éxito de las subprime, Wall Street quiere expandir urbi et orbi el "fracking", ese nuevo maná. (…) Leer
 
 
De modo que es prioritario que la mayoría de nosotros cuestione al crecimiento económico vigente o a la acumulación gran capitalista de riquezas y poder. Este juicio adquirirá capacidad de transformación emancipatoria si, a la vez,  descubrimos la centralidad del trabajo para el progreso del sistema. Reflexionemos sobre:

Crítica de la tesis de la financiarización
diciembre de 2008
 
 Por Rolando Astarita
 
Desde hace años se ha ido consolidando en círculos de la izquierda una caracterización del capitalismo actual como de hegemonía del capital financiero por sobre el capital productivo. Por eso se habla de la etapa actual como la etapa de la financiarización. Se piensa que la crisis, y los problemas y padecimientos que sufren los pueblos, se deben en lo esencial a este dominio del capital financiero, y al parasitismo asociado al mismo. También se considera que el crecimiento del capitalismo norteamericano en los últimos años fue sólo hinchazón de capital ficticio y especulativo; y que la economía mundial estuvo, en el último cuarto de siglo, en crisis abierta o larvada.
El propósito de este trabajo es demostrar que si bien la tesis de la financiarización se basa en algunos hechos reales, los presenta de forma unilateral y deformada, para sacar conclusiones equivocadas. Comenzamos sintetizando las ideas centrales de la financiarización. Luego presentamos nuestra crítica, y por último sacamos algunas conclusiones.
 
La tesis de la financiarización
 
Aunque lo más representativo de la tesis de la financiarización son los escritos reunidos en Chesnais (1996), aquí vamos a tomarla tal como circula en textos y discursos de la izquierda y del campo progresista en Argentina, en especial de las facultades de Ciencias Sociales. Más que un análisis de textos y matices particulares, nos interesa abordar sus líneas de pensamiento fundamentales.
 
En lo esencial la tesis afirma que la producción gira, a partir del triunfo de la reacción neoliberal, en torno a las necesidades y exigencias del capital financiero. “Lo financiero” comprende a los accionistas, los tenedores de capital dinero, los fondos de inversiones, los bancos, las aseguradoras de riesgo y similares. Las finanzas habrían tomado las riendas de mando a partir del “golpe” de fines de la década de 1970, con la suba de las tasas de interés, y desde entonces el capital financiero se habría convertido en la fracción dominante de la clase capitalista, subordinando al capital industrial y comercial a su imperio. De manera que, según la financiarización, lo financiero controla a la sociedad; las instituciones financieras han reunido los recursos líquidos disponibles, y el poder capitalista se concentra en ellas. Todas las actividades empresariales se rigen según criterios de la rentabilidad inmediata, por encima de criterios productivos. Los accionistas exigen a los gerentes maximizar el valor bursátil de las empresas, y hacen prevalecer el imperativo de la rentabilidad por sobre cualquier otra necesidad social. Debido a que los gerentes son remunerados según la valoración bursátil de las empresas, tienden a alinearse con los intereses de los accionistas. Para maximizar los beneficios en el corto plazo, reestructuran empresas, echan trabajadores, cierran sectores no rentables y eliminan capacidad productiva. La acumulación capitalista ya no se funda en una inversión que maximice la producción, sino que la haga rentable aun a costa de frenarla. Por el mismo motivo las corporaciones implementan el re-engineering, que es concentrar las actividades empresarias en las actividades en donde tienen ventajas. Asimismo se trasladan a países que ofrecen mejores condiciones de explotación; avanzan en la flexibilización y precarización del trabajo, y hostigan a los sindicatos. Por eso la financiarización es la causa de que desaparezcan las responsabilidades sociales, laborales o medioambientales. Además, la dirección y dinámica del desarrollo no dejan lugar a dudas. Por todos lados avanza esta hegemonía financiera. Los fondos líquidos se convierten en propietarios de múltiples empresas; y lo financiero impone su lógica al punto que todo el que invierte en la producción reclama rendimientos iguales a los que se obtienen en los mercados financieros y bursátiles.
 
Lo anterior se combina con la idea de que se entró en una larga etapa de estancamiento capitalista, no sólo porque los criterios financieros van en contra de la producción, sino también porque la mayor parte del excedente va a parar a las finanzas. La mejora de las ganancias de las últimas décadas, en lo sustancial, fue sólo para el sector financiero, parasitario y enemigo de la producción. La suba de las tasas de interés, se afirma, significa una punción permanente de plusvalía, y queda menos para la reinversión productiva. Por otra parte, la mayor parte del excedente la retienen los accionistas, y en consecuencia bajan los beneficios retenidos por las empresas que podrían destinarse a la inversión. Las consecuencias son que se debilita el crecimiento, se desestabiliza la macroeconomía y los Estados pierden el poder de regular. El capital financiero se convierte así en un tapón que reprime y condiciona cualquier solución de la crisis.
 
Además, las ganancias del capital son ficticias, porque provienen de la valorización especulativa –sin base en la acumulación “real”– de acciones y de otros títulos financieros. El capital productivo está dominado por el parasitismo, y el capital ficticio es un puro costo para el capital industrial y comercial. Algunos teóricos también piensan que el crecimiento del capital ficticio ha sostenido una demanda artificial, y que de no haber existido ésta, el capitalismo habría caído en una profunda depresión. Según otros defensores de la tesis del estancamiento del capitalismo, el crecimiento del crédito es una prueba de que el sistema capitalista está estancado a nivel global. En términos generales, y según la tesis de la financiarización, la contradicción dominante –y en muchos casos, la central– de la sociedad actual es la que existe entre las finanzas y los pueblos; o entre las finanzas y el sector productivo. Si bien se reconoce que en el fondo de la pirámide de exacción de plusvalía los que más sufren son los trabajadores, se considera que los males sociales se acabarían en buena medida si los pueblos pusieran límites al capital financiero.
 
Qué es el capital financiero
 
Si bien el término capital financiero es muy utilizado en la izquierda, no existe un acuerdo general sobre qué se entiende precisamente por el mismo. En la tradición marxista, además, la noción ha tenido diversas interpretaciones. La expresión “capital financiero” prácticamente no se encuentra en la obra de Marx, como señala Harvey (1990); Marx se refirió preferentemente al capital dinerario para denotar el capital que se presta a interés. En Lenin y Hilferding el término se utiliza para designar la fusión entre los bancos y la industria, con predominancia del primero. Pero Lenin y Hilferding se basaban en una situación que era común en Alemania, pero no en Estados Unidos y Gran Bretaña. Posteriormente por capital financiero se entendió a los bancos, financieras, fondos de inversión y similares, compañías de seguros, más los prestamistas –tenedores de grandes sumas de capital dinero– y los holdings, que son los capitales que dominan un amplio espectro de empresas de diferentes ramas y actividades, a través del control de paquetes accionarios. Frecuentemente también se incluye dentro del capital financiero a los accionistas. Si bien éste es un buen punto de partida para elaborar la cuestión, pensamos que son necesarias algunas precisiones.
 
En primer lugar hay que distinguir entre el capital dinerario que se presta a interés, del capital dedicado a lo que Marx llamaba “el tráfico del dinero” (1999, t. 3, p. 343). El capital dedicado al tráfico de dinero está compuesto por el capital que se separa del capital global y se autonomiza, y cuya función consiste en llevar adelante operaciones monetarias “para toda la clase de los capitalistas industriales y comerciales” (ídem, p. 403). Se trata de las operaciones técnicas de pago y cobro de dinero; conservación de tesoros monetarios; saldo de balances; manejo de cuentas corrientes, movimientos internacionales de dinero, operaciones cambiarias, y similares. A ello hay que sumar las funciones de recibir y conceder créditos; organizar operaciones como colocación de acciones o bonos; preparar fideicomisos y actuar como fideicomisarios, etc. En todos los casos son empresas que reciben una tasa de ganancia que, en promedio, debe igualar a la tasa de ganancia de cualquier otro capital, obedeciendo al impulso de la igualación de la tasa de ganancia entre las diferentes actividades. Los beneficios de este capital por lo tanto deben distinguirse cuidadosamente del interés. La ganancia de un banco de depósitos, por ejemplo, no proviene del interés, sino de la diferencia entre las tasas activas y pasivas (esto es, de las tasas a las que presta y de las tasas a las que toma depósitos). Su tasa de ganancia está determinada por la ratio entre la suma de los beneficios y el capital invertido, siendo este último lo invertido en instalaciones, máquinas y otros insumos de oficina, y fuerza de trabajo. Si se trata de un banco de inversión, su ganancia provendrá de las comisiones que cobre por colocar títulos de deuda y acciones de primera emisión de empresas; o títulos del Estado, y operaciones del mismo tipo. Lo mismo sucede con un corredor de bolsa; su ganancia principal proviene de las comisiones que cobra por operar en la bolsa.

Los capitalistas dinerarios que prestan dinero, en cambio, reciben un interés por sus préstamos, que por lo general es menor que la tasa de ganancia. Este interés está determinado por la oferta y demanda de fondos en los mercados de capitales y monetarios. El interés significa una punción sobre la tasa de ganancia del capital, y tiende a moverse en sentido inverso al de la tasa de ganancia. Cuando la tasa de ganancia es alta, y los negocios se desarrollan con normalidad, la tasa de interés suele ser baja; cuando la tasa de ganancia se debilita, y se dificulta la realización del capital mercancía, la tasa sube. Es por esto que en momentos de crisis la tasa de interés puede afectar negativamente, y de manera muy fuerte, a la tasa de ganancia. El capital a préstamo aparece entonces como el capital enfrentado al capital productivo. De aquí que surja la impresión de que la suba de la tasa de interés es la responsable de la caída económica.
 
Marx pensaba que había una división sociológica dentro de la clase capitalista, entre los capitalistas dinerarios y los capitalistas productivos, y que los primeros podían enfrentarse, hasta cierto punto, con los segundos. Ésta es una de las razones por las cuales los teóricos de la financiarización sostienen que el capital financiero –identificado ahora con el capital dinerario que se coloca a interés– es responsable de la tendencia al estancamiento del modo de producción capitalista, desde fines de la década de 1970, y comienzos de la década de 1980.
Si bien Marx arrancó su explicación del interés de la división sociológica dentro de la clase capitalista apuntada, pensamos que es necesario matizar la idea de que los prestamistas constituyen una capa “exclusiva” de capitalistas puramente dinerarios. Es que existen muchas empresas productivas que colocan sus excedentes líquidos a tasa de interés. Esto se debe a que permanentemente en el proceso de acumulación del capital se generan excedentes de dinero que deben esperar para volver a invertirse. Entre éstos figuran los fondos de amortización del capital fijo; y los flujos de caja diarios con los que se afrontan los pagos periódicos del capital circulante. Por eso surgen miles de ofertas de capital dinero que provienen de la producción, o del comercio, y buscan valorizarse colocándose a préstamo. De manera que la distinción entre el capitalista dinerario y el capitalista industrial o comercial, pierde nitidez. El propio Marx destacó que el capital dinerario proviene de múltiples fuentes:
 
Por lo demás, es un error considerar que los recursos de los que dispone el moderno sistema bancario (actualmente el sistema financiero de conjunto) son solamente los recursos de los ociosos. En primer lugar está una parte del capital que los industriales y los comerciantes tienen momentáneamente desocupado en la forma de dinero, como reserva monetaria o como capital que aún se ha de invertir; vale decir capital ocioso, pero no capital de los ociosos. En segundo lugar, la parte de los réditos y ahorros de todos, permanentes o transitoriamente destinada a la acumulación. (Marx, 1999, t. 3, p. 781).
 
Teniendo en cuenta estas mediaciones, podríamos considerar entonces que las instituciones financieras y el capital de préstamo de conjunto forman parte de lo que comúnmente se conoce como capital financiero. Los fondos que salen del ciclo productivo conformarían, durante el tiempo que están colocados a interés, una parte del capital financiero.
La cuestión se hace más complicada cuando consideramos el capital invertido en acciones, y a los accionistas.[1] En algunos pasajes Marx ha asociado de forma bastante estrecha al capital accionario con una especie de capital dinero a préstamo, y a los dividendos con el interés.[2] Esto porque el poseedor de acciones no necesariamente está involucrado en la función de capitalista, y en este sentido se acerca al capitalista dinerario. Sin embargo esta circunstancia no nos parece suficiente para considerar al capital accionario, tomado como totalidad, como parte del capital financiero. En primer lugar porque las acciones dan derechos a participar en las ganancias de las empresas a través de los dividendos, y éstos no mantienen una relación inversa con la tasa de ganancia, como sucede con el interés. Cuando aumentan las ganancias de las empresas, aumentan los dividendos, y viceversa; por eso durante una crisis los dividendos tienden a desaparecer. La cuestión es importante porque desde este punto de vista no existe el tipo de tensión que se advierte entre la tasa de ganancia neta y el interés. Sí existe una cierta oposición entre las ganancias retenidas por las empresas y los dividendos distribuidos a los accionistas, esto es, entre la plusvalía destinada a la reinversión, y la plusvalía que en principio puede gastarse como rédito. Pero es una oposición de naturaleza distinta de la que existe entre ganancia e interés.
 
Además, y más importante, es que las acciones pueden valorizarse, dando lugar a ganancias de capital. Esta valorización puede ser puramente ficticia. Sin embargo no todo incremento del precio de las acciones es ficticio, porque puede corresponderse con un incremento del capital real que subyace a la acción. Por ejemplo, la suba del precio de las acciones de Microsoft a lo largo de las últimas décadas no se debe sólo –ni tal vez principalmente– a un crecimiento del capital ficticio, sino a una acumulación real de capital. Por eso, cuando una empresa destina una parte de la plusvalía a acrecentar el capital, la acción puede valorizarse porque mejoran las perspectivas de ganancias a futuro. Esto explica también que no siempre la no distribución de dividendos por parte de las empresas es castigada por los accionistas con ventas de títulos y bajas de sus precios. Volveremos sobre estas cuestiones luego, pero lo importante aquí es que ésta es otra característica que distingue al capital accionario del capital a interés. El prestamista, a diferencia del accionista, no obtiene ningún beneficio con la valorización de la empresa cuando ésta acumula capital. 
 
Por otra parte la situación del accionista no siempre es la de mero propietario del capital, ya que pasado cierto umbral de la tenencia del paquete accionario –normalmente el 5%– empieza a tener un papel en el directorio de la empresa, y puede involucrarse en el capital en funciones. Y cuando un grupo de accionistas controla el paquete mayoritario conduce la empresa, y ya no puede decirse que se trata de capital financiero opuesto al capital en funciones. A su vez los directores de empresas normalmente poseen participaciones en los paquetes accionarios y son remunerados regularmente mediante el pago de más acciones. De la misma manera un holding tiene participación en la conducción de muchas empresas a través del control de porciones importantes de paquetes accionarios –supongamos, entre el 15 y 35%– y en cada una de ellas desempaña el rol de capital en funciones. He aquí otro motivo por el cual es equivocado considerar al capital accionario de conjunto como parte integrante del capital financiero.
 
Por lo tanto, y en base a lo discutido hasta aquí, consideraremos como capital financiero a los capitales que operan en el manejo del dinero y del crédito; al capital dinero que se presta a interés; y al capital dinero que se invierte en carteras, pero no alcanza a participar en la gestión de las empresas. Como puede advertirse, la línea divisoria entre capital en funciones y el capital financiero es, en ciertos aspectos, bastante ambigua. La razón última de esta ambigüedad se debe a que la división entre el capital dinero y el capital en funciones se da en el marco de una unidad, que consiste en que ambos se nutren de la plusvalía, esto es, de la explotación del trabajo humano. No hay una muralla entre ambos tipos de capitalistas, porque son diferentes formas que adopta el capital.
 
Economía capitalista, ¿crecimiento ficticio?
 
La idea de que el crecimiento de Estados Unidos, o de la economía mundial, en el último cuarto de siglo, ha sido puramente especulativo y sin sustento en la producción, registra un aspecto de la realidad, a saber, que Estados Unidos está fuertemente endeudado, y que el crédito y las deudas han tendido a crecer en todo el mundo. Sin embargo no es cierto que no haya habido desarrollo de la “economía real”. Presentamos al respecto algunos datos concluyentes.[3]
 
Entre 1982 y 2008 el PNB de Estados Unidos creció, en términos reales, un 125%; entre 1982 y 1991 lo hizo un 35% y entre 1991 y 2008 un 66%. La inversión privada fija no residencial en términos reales subió, entre 1991 y 2008 (tomando la inversión del primer trimestre, anualizada) un 150%. La producción industrial de conjunto –que comprende manufactura, minería, industrias de electricidad, gas y agua– entre 1980 y 2005 creció el 90%. La producción manufacturera creció entre 1990 y 2006 el 68%, siempre en términos reales. La producción de bienes durables lo hizo en un 135%. Entre 1990 y 1999 la producción de maquinaria industrial creció el 132%. La de vehículos de motor y otros equipos el 60%; la de electrónica y equipos eléctricos el 300%. La capacidad de toda la industria creció, entre 1990 y 2006, un 64%; la de la manufactura lo hizo el 73%.[4] La productividad por hora en la manufactura creció el 90%. Entre 1990 y 2000 se advierte un sostenido aumento de la composición del capital, que se refleja en el aumento del consumo de capital fijo de las corporaciones por un 87,5%. Entre 2002 y 2006 se debilitó, aunque creció de todas formas otro 16,7%.
El crecimiento de Estados Unidos debería, a su vez, ponerse en relación con la evolución más general de la economía capitalista mundial. Si bien es cierto que Japón está prácticamente estancado desde 1990, y que los países europeos crecieron a tasas bajas,[5] la economía capitalista global se ha expandido El producto bruto mundial creció entre 1989 y 1998 a una tasa anual del 3,2%; y entre 1999 y 2008 al 4,4%.[6] Los países en desarrollo crecieron al 3,8% en el primer período, y al 6,5% en el segundo. Los industrializados lo hicieron al 2,7% y 2,6%. Si bien la inversión se debilitó en los países adelantados durante el último decenio, globalmente la tasa de inversión se mantuvo relativamente alta. La inversión como porcentaje del producto bruto mundial fue del 22,3% entre 1986 y 1993; y del 22,4% entre 1994 y 2001. En Estados Unidos fue del 18,8 y 19,6% para esos períodos, y en los países asiáticos en desarrollo del 31,4 y 32,4%. La formación de capital fijo creció en los países industrializados a una tasa anual del 3,4% entre 1989 y 1998, y del 2,6% entre 1999 y 2008. En Estados Unidos lo hizo al 4,6 y 2,2% en cada uno de los períodos.
 
En términos más generales hay que destacar que el modo de producción capitalista se extendió en los últimos 25 años a China y el sudeste de Asia, a los territorios que ocupaban los regímenes stalinistas en el centro y este de Europa, a los Balcanes, y a la ex Unión Soviética. En muchas de estas economías hubo una fuerte acumulación capitalista. El volumen del comercio mundial creció a una tasa anual del 6,7% entre 1990 y 1999; y del 7% entre 2000 y 2007. La mundialización del capital implicó también una fuerte expansión de los movimientos de capitales. El promedio anual de los flujos de capitales privados desde y hacia los países subdesarrollados fue, entre 2000 y 2007, de US$ 216.000 millones.
 
Estos datos nos llevan a rechazar la idea de que la economía de Estados Unidos, o la economía mundial, están estancadas desde hace 30 años. Es debido a este crecimiento que se puede decir que la crisis iniciada en 2007 es una crisis de sobreproducción capitalista. Hay crisis porque las fuerzas productivas se han desarrollado y entran en contradicción con las relaciones sociales de producción, esto es, con la propiedad privada del capital y con la lógica que gobierna la acumulación, la tasa de ganancia. Si no hubiera existido expansión de la producción, la dinámica de la crisis sería más parecida a las crisis precapitalistas, o a las crisis en los sistemas de propiedad estatizada; éstas eran crisis de carencias, debidas a la baja producción. Las crisis de sobreproducción son lo opuesto.
 
Crecimiento capitalista, del crédito y las finanzas
 
Algunos defensores de la tesis de la financiarización sostienen que la mejor prueba de que el sistema capitalista ha estado estancado durante los últimos 25 ó 30 años es el crecimiento del crédito a nivel mundial durante ese período. Plantean que el desarrollo del sector financiero y crediticio es contradictorio con la acumulación capitalista; si crece el sistema crediticio, no puede aumentar la acumulación de capital “real”.
El problema con este planteo es que desconoce que al desarrollarse la acumulación capitalista se desarrolla también el crédito, y que éste es una palanca de la acumulación.
...no hay que olvidar... que el propio sistema de crédito es, por una parte, una forma inminente del modo de producción capitalista, y por la otra una fuerza impulsora de su desarrollo hacia su forma última y suprema posible (Marx, 1999, t. 3, p. 781).
En otras palabras, el crecimiento del crédito es consustancial al desarrollo de los mercados y de la producción capitalista. Al extenderse la circulación, se expande el crédito que surge del comercio, y se generan nuevos instrumentos de crédito que permiten ampliar y profundizar los canales comerciales.
 
También al desarrollarse la producción aumenta el giro del capital, con lo cual aumenta la necesidad de financiamiento. Asimismo crece la masa de capitales que deben permanecer por períodos más o menos largos en estado líquido, destinados a la amortización.
Pero además, con la internacionalización de la economía se potencian las necesidades de financiamiento transnacional. Con ello crecen los bancos y otras entidades financieras dedicadas al movimiento global de capitales. Al profundizarse los mercados nacionales, aumentan las transacciones en divisas, y crecen los instrumentos financieros de todo tipo para estas operaciones. Surgen también infinidad de instrumentos para intentar protegerse –y especular– frente a variaciones de los tipos de cambio, de los precios de las materias primas, de las tasas de interés, etc.
 
A su vez, al aumentar el volumen de las inversiones, se demandan mayores sumas para el financiamiento de grandes emprendimientos. Una obra como el túnel por debajo del Canal de la Mancha no puede hacerse sin movilizar y centralizar enormes masas de crédito. Por todo estono existe desarrollo de las fuerzas productivas sin crecimiento del crédito. Tampoco puede haber mundialización del capital sin mundialización del sistema financiero. Por eso es una utopía pensar, como hacía Proudhon, que es posible acabar con el crédito sin acabar con la relación social subyacente, la propiedad privada del capital. Pero esto es lo que pretenden hacer muchos reformistas modernos cuando piensan que los males del capitalismo podrían acabarse suprimiendo el capital de préstamo y las finanzas.
 
Dado que el crédito deriva de la naturaleza del capital, se comprenderá entonces que su crecimiento en los últimos años no es el producto, en lo esencial, de algún “golpe de Estado” del neoliberalismo, sino de la expansión del capital. Esto se puede advertir cuando se analizan las tendencias de largo plazo del sistema. Por ejemplo, desde 1950 a 1982 la participación del sistema financiero en el PNB de Estados Unidos aumentó casi un 40%; pasó de representar el 11,4% del PNB al 15,9%. Esta época se conoce como de dominio del keynesianismo. Luego, en el período de dominio neoliberal, de 1982 a 2007, la participación del sistema financiero en el PNB creció otro 30%, pasando del 15,9 al 20,7%. No se aprecia por lo tanto un cambio de tendencia con la llegada del neoliberalismo, sino una continuidad dentro de la misma línea. Otros datos disponibles parecen apuntalar esta conclusión. A medida que se pasa a países de más altos ingresos, o que el ingreso crece en un país, los bancos centrales pierden importancia relativa, y aumenta el peso de la actividad bancaria y de otras instituciones financieras. Desde la década de 1960 se advierte en los países desarrollados un aumento de las ratios crédito privado bancario /PNB; del crédito privado bancario y de otras instituciones financieras/PNB; y de los pasivos líquidos/PNB. También crece en importancia relativa el mercado accionario y los mercados de bonos; aumentan las ratios capitalización del mercado de capitales/PNB y la de emisión de acciones/PNB.[7] En Estados Unidos la deuda no consolidada de entidades privadas no financieras como ratio del PNB ha crecido a una tasa de casi el 3% anual a lo largo de los últimos 50 años. De 1900 a 1939 había crecido anualmente un 1% más rápido que el PNB; durante la Segunda Guerra mundial esta ratio cayó, pero luego volvió a aumentar rápidamente.
 
Lo mismo sucede cuando se analizan países en los que, en principio, nadie habla de “dominio del neoliberalismo”. El crédito tiende a crecer a la par del desarrollo capitalista. El caso más ilustrativo es China, donde el agregado monetario M2, que comprende billetes en circulación, depósitos a la vista y otros depósitos bancarios como porcentaje del PNB pasó del 32% en 1978 al 186% en 2004. Y la ratio créditos/PNB pasó del 51,5% en 1978 al 130% en 2004 (Liping He, 2005). También creció el mercado accionario, surgieron firmas que operan en títulos, empresas de inversión, mercados de futuros para commodities y mercados de descuento de documentos. Si bien estos mercados e instituciones financieras no terminaron de consolidarse, la tendencia hacia su fortalecimiento de largo plazo parece clara, en tanto siga desarrollándose la acumulación capitalista. Algo similar puede decirse de otros países subdesarrollados. La idea de que el crecimiento relativo del sistema crediticio es un índice del estancamiento del capitalismo no puede explicar estas realidades.
 
Naturalmente, Marx era consciente de esta relación entre el crédito y la expansión de la acumulación del capital, así como de su naturaleza contradictoria: 
… es precisamente el monstruoso desarrollo del sistema crediticio durante la época de prosperidad, vale decir también el enorme incremento en la demanda de capital en préstamo y la facilidad con que la oferta se pone a su disposición en tales períodos, lo que produce la escasez de crédito durante el período de estancamiento (Marx, 1999, t. 3, p. 581).   
El calificativo de “monstruoso” denota una carga negativa, porque el crédito también brinda oportunidades para la especulación desenfrenada, e impulsa la sobreacumulación del capital. Por eso mismo se trata de un fenómeno contradictorio. El capitalismo no se desarrolla sin que se desarrolle el sistema de crédito, y por esto mismo encierra el potencial de contradicciones explosivas, ya que es un mecanismo amplificador y transmisor de las crisis: 
...la banca y el crédito se convierten asimismo en el medio más poderoso para impulsar la producción capitalista más allá de sus propios límites, y en uno de los vehículos más eficaces de las crisis y de las estafas (ídem, p. 782).
Es ésta naturaleza contradictoria la que se pierde de vista en el pensamiento usual sobre la financiarización.
 
La punción del interés sobre la ganancia
 
Partidarios de la tesis de la financiarización sostienen que desde el inicio de la reforma neoliberal la tasa de interés ha ejercido una punción permanente sobre los beneficios de las empresas productivas, y en particular la manufactura. El fenómeno habría sido importante en Estados Unidos, y sería una prueba casi definitiva del dominio del capital financiero sobre el capital productivo.
A pesar de la popularidad de esta idea, los datos no parecen avalarla. El peso de los intereses aumentó ciertamente a partir de los inicios de la década de 1960, después de haber permanecido extremadamente bajo desde 1940. Sin embargo la tendencia “se aplanó” desde hace tiempo, y en la década de 2000 la presión de los intereses sobre las ganancias no fue mayor que en 1970, cuando primaba el keynesianismo.
Para esta discusión hemos calculado la ratio beneficio neto/beneficio bruto de las corporaciones. El beneficio neto es el beneficio sin intereses, y el beneficio bruto es el beneficio incluidos los intereses. Por lo tanto a menor ratio mayor peso de los intereses sobre las ganancias de las empresas, y viceversa. El resultado (en base a las estadísticas del BEA) que obtuvimos fue el siguiente:
 
La idea del monopolio en la financiarización
 
Otra de las ideas de la financiarización dice que el sector financiero tiene un poder inmenso sobre el resto del capital, debido a que las instituciones financieras concentran los fondos destinados al crédito, y subordinan a los capitalistas industriales y comerciales. Por lo tanto las instituciones financieras estarían ubicadas un escalón por encima del resto de los capitales. Se trata de una versión modificada de la tesis que encontramos en los autores clásicos del imperialismo. Hilferding y Lenin pensaban que la centralización del crédito en manos de los bancos permitía que un puñado de monopolistas financieros subordinara y controlara las operaciones industriales y comerciales de toda la sociedad.
 
En la actualidad la concentración del crédito en manos de las instituciones financieras, dicen algunos teóricos de la financiarización, posibilita que los financistas, en combinación con los Bancos Centrales de los países más poderosos, y los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial), impongan tasas de interés elevadas y/o condiciones de crédito que implican una fuerte punción negativa sobre la ganancia del capital industrial o comercial. Se trata de la tesis del predominio del monopolio, aplicada a las tasas de interés. Un puñado de grupos financieros habría anulado la competencia en los mercados de capitales y monetarios, y el fenómeno sería planetario.
 
Pero la realidad es que las tasas de interés, y más en general las condiciones de los préstamos, no pueden ser establecidas a voluntad por ningún grupo de banqueros o financistas. Puede darse ese fenómeno en algún mercado particular, y durante algún lapso de tiempo, pero no es ni puede ser una característica permanente en el capitalismo actual. La razón es la misma que explica por qué no han podido establecerse, con carácter general, precios de monopolio en la industria o el comercio, y tiene que ver con el carácter contradictorio de la dinámica capitalista. Es que si por un lado existe el impulso a la centralización de capitales, por otra parte aumenta de forma constante el número de capitales individuales que entran en competencia:   
El incremento del capital social se lleva a cabo a través del incremento de muchos capitales individuales. Presuponiendo que no varíen todas las demás circunstancias, los capitales individuales –y con ellos la concentración de los medios de producción– crecen en la proporción en que constituyen partes alícuotas del capital global social. Al propio tiempo, de los capitales originarios se desgajan ramificaciones que funcionan como nuevos capitales autónomos. (…) con la acumulación del capital crece en mayor o menos medida el número de los capitalistas (Marx, 1999, t. 1, p. 777).
En las diversas ramas de la economía y países constantemente aparecen nuevos capitales que entran en competencia, a la par que otros, incluso muy grandes, pierden terreno. Algunos consiguen posiciones muy fuertes; pero esto no los salva de tener que enfrentar la competencia. Esto, que se aplica al capital industrial y comercial, también rige para el capital dinerario, y para los bancos y otras instituciones financieras.
Siempre están surgiendo fuentes de capital líquido que se ofrecen en los mercados monetarios y de capitales, que no pueden ser controladas por ningún trust mundial de financistas. Los flujos monetarios se ofertan a través de infinidad de instituciones y canales. De la otra parte miles de demandantes de créditos ejercen su presión. Y a medida que avanzó la globalización capitalista fueron mayores y más variadas estas fuentes de ofertas y demanda. Por eso la idea de que los precios de los préstamos de capital se pueden establecer a voluntad, no tiene fundamento. La tasa de interés se determina por la competencia, por la oferta y demanda de capital, que dependen de la velocidad de rotación de los capitales y de los ciclos de acumulación. Esto explica por qué durante las crisis tiende a aumentar la presión de la tasa de interés; explica también por qué no se verifica la tesis del “golpe de Estado permanente” de las finanzas sobre la ganancia del capital productivo. Cuando el gobierno de Venezuela cobró al gobierno argentino, en 2008, una tasa anual de interés del 15% en dólares por un préstamos, no lo hacía por un “dictado” de algún centro de decisiones financiero internacional, sino simplemente porque respondía a las leyes del mercado.
 
Además, el capital industrial y comercial tiene el poder económico suficiente para hacer “valer sus derechos” frente a las instituciones financieras, y los prestamistas dinerarios. Desde esta perspectiva se explica lo sucedido en los últimos años en los países más industrializados, donde –según la tesis de la financiarización– el capital financiero ejercería de manera más plena su “dictadura” sobre el resto del capital. Pues bien, desde fines de la década de 1980 el sector corporativo no financiero de los países del G-7 pasó de ser tomador neto de préstamos de otros sectores, a ser un prestador neto. Este fenómeno se acentuó en la década del 2000, y se manifestó en lo que se llamó el “exceso de ahorro” de las corporaciones, esto es, de beneficios no distribuidos descontados los gastos de capital. En 2003-2004 este exceso de ahorro alcanzó la cifra de US$ 1,3 billones para el G-7, que representaba el 2,5% del PNB, un máximo histórico para estos países. La acumulación de cash como porcentaje del total de activos era dos veces más alta en 2001-2004 que en 1996-2000 para las empresas no financieras de Canadá, Japón, Gran Bretaña y Estados Unidos. Este exceso de ahorro se debió al aumento de las ganancias y a la debilidad de la inversión, en particular en Estados Unidos y Alemania.[8]. Lo cual a su vez posibilitó el incremento de las ganancias retenidas por las corporaciones, a pesar de los altos dividendos pagados. Es lo que Marx llamaba una coyuntura de “plétora del capital”, como hemos recordado en otros trabajos. Lo importante para lo que nos ocupa es que este exceso de ahorro permitió a las empresas no financieras bajar considerablemente su nivel de endeudamiento. Dado que el sector corporativo no financiero tuvo excedentes financieros desde 1990 –alcanzó su nivel más alto en 2004– se comprende que haya habido una fuerte colocación de estos excedentes en los mercados financieros. Así las corporaciones no financieras pudieron financiarse en base a los flujos de dinero generados internamente. Pero entonces no se comprende cómo es que el sector financiero podría haber impuesto una tasa de interés en base a un control monopólico del mercado. Lógicamente la alta provisión de cash debió de generar una fuerte independencia con respecto al capital financiero. Es un hecho que la toma neta de préstamos por parte del sector no financiero se mantuvo extremadamente débil desde fines de los noventa. Es difícil entonces sostener que la crisis financiera que estalló en 2007 estaría marcando el fin de una era de “dictadura de las finanzas sobre el capital productivo”.
 
¿Ganancias financieras sistemáticamente más altas?
 
Uno de los argumentos centrales de la financiarización es que el sector financiero ha obtenido, a lo largo de los últimos 25 años, y gracias a su poder monopólico, tasas de ganancia sistemáticamente más altas que el sector industrial y comercial. Ya hemos discutido que no puede hablarse de imposición monopólica. Sin embargo, sí parece comprobarse que las instituciones financieras, por lo menos en Estados Unidos y algunos países industrializados, han estado entre los sectores que han gozado de tasas de ganancia más altas. Pero nuevamente este fenómeno parece obedecer a las leyes más generales del capitalismo, y no debería dar lugar a pensar en algún régimen de acumulación particular.
 
Recordemos en primer lugar que en el modo de producción capitalista la tendencia a la igualación de la tasa de ganancia opera a través de constantes desequilibrios. En los sectores que están en expansión, y en los que el cambio tecnológico es intenso, tienden a ser más frecuentes las ganancias extraordinarias. Esto atrae capitales hacia esos sectores; lo cual a su vez muchas veces termina generando sobreproducción, alta especulación y cracks masivos y profundos. Esta “ley” se aplica también a las empresas del sector financiero. Durante períodos más o menos largos esta rama de la economía puede gozar de altas tasas relativas de rentabilidad, como sucede con cualquier otro sector que esté en expansión. Pero si la tasa de rentabilidad es muy alta, otros capitales empiezan a fluir al sector, y en el mediando plazo la tasa de rentabilidad baja. Con frecuencia esta baja se produce por medio de violentas crisis que arrastran a la desvalorización masiva a los capitales, como está ocurriendo en la actualidad. Crisis que siguen, invariablemente, a la sobreexpansión de la rama.
 
El hecho es que el sector financiero en los países industrializados estuvo en expansión en los últimos años por las razones que ya hemos señalado cuando discutimos la relación entre la expansión de la acumulación capitalista (y su mundialización), y la dinámica del crédito y las finanzas. Por este motivo los beneficios del sector financiero han tenido una tendencia alcista en las últimas dos décadas en Estados Unidos, donde el ingreso neto de los bancos (antes de provisiones) pasó del 0,8% del PNB en 1979 al 1,7% en 2003. Sin embargo la suba de los beneficios del sector financiero durante los noventa no fue general ni permanente en los países capitalistas desarrollados. Subieron en Francia, pero cayeron en Italia; y en Alemania y Gran Bretaña parecen haber fluctuado, sin una tendencia definida. Globalmente los beneficios de las corporaciones financieras en Europa estuvieron aplanados o fueron declinantes en la década de 1990. Según el FMI (del que tomamos esta información) la competencia entre instituciones financieras no bancarias parece haber comprimido los márgenes. En cuanto a Japón, constituye un caso especial, porque se registra un aumento de la rentabilidad bancaria debido a la influencia de la banca pública, que intermedió una creciente masa de fondos en la década de 1990, y estuvo fuertemente subsidiada. Los bancos privados sin embargo sufrieron quebrantos por la crisis y los créditos incobrables. Luego, desde inicios de la década del 2000, los beneficios de las corporaciones financieras subieron en Europa y Estados Unidos. Pero esto se explica por la ley económica, ya que la mejora de los beneficios se vinculó al alza del ciclo económico. Y también hubo una menor participación de la distribución de dividendos, en particular en los países europeos, reflejando una presión de los mercados para que los bancos fortalecieran sus ratios de capital.
Si concentramos la atención en Estados Unidos, donde las ganancias del sector financiero habrían sido más altas en términos relativos, podemos comprobar que de todas maneras no fueron sistemáticamente más altas que las de otros sectores que estuvieron en expansión. Para este estudio hemos tomado las estadísticas de ganancias y expansión de las 500 empresas más importantes que registraFortune. Se comprueba que los sectores más dinámicos han variado a lo largo de los últimos 20 años. Por ejemplo, a comienzos de la década de 1990 las ramas de mayor crecimiento eran las de servicios de salud, y alta tecnología (software y hardware). Luego, entre 1995 y 1997 las empresas proveedoras de equipos de perforación, acompañando la suba de los precios de petróleo. Hacia el final de la década la delantera la tenían las tecnológicas. En 2001 y 2003 el liderazgo pasó a empresas constructoras de viviendas, y financieras hipotecarias; pero también tuvieron altos desempeños farmacia, computación (como Dell), y petroleras. Los indicadores sobre beneficios también muestran que el sector financiero estuvo entre los de más alto rendimiento, pero no ocupó una posición exclusiva. Obsérvese los siguientes cuadros, donde seguros, títulos y bancos componen estrictamente el sector financiero.

 

Rédito, pluscapital y financiarización

 
Otra idea muy difundida entre los partidarios de la financiarización es que la acumulación del capital se estanca debido a que una parte cada vez mayor de la plusvalía total se destina a los accionistas, a través del pago de dividendos –que se gastan como réditos–, y no se retiene para aumentar el capital productivo.
Nuevamente tenemos que decir que esta idea refleja un elemento cierto de la realidad, a saber, que el rédito constituye una parte importante de la plusvalía, y ha sido creciente. Sin embargo de aquí no se puede deducir mecánicamente una tendencia al estancamiento. Como vimos, hubo una acumulación de capital relativamente importante. ¿Cómo es posible entonces que haya habido desarrollo de las fuerzas productivas si aumentó la parte del rédito en la plusvalía total? Para responder a esta pregunta debemos volver a los factores que regulan la acumulación, que en absoluto se reducen a la división entre rédito y pluscapital (la parte de la plusvalía que se acumula).
En primer lugar, porque si crece la tasa de plusvalía puede aumentar la parte del rédito en la masa del plusvalor, sin que se vea afectado el pluscapital. Hemos visto, en anteriores trabajos, que en Estados Unidos la tasa de plusvalía aumentó en los últimos años. Por lo cual pudo haberse producido un aumento de la plusvalía distribuida como rédito, sin haberse visto afectada la acumulación.  
En segundo lugar, si aumenta la productividad del trabajo, el mismo capital variable pone en movimiento más trabajo y el mismo capital constante se presenta en más medios de producción, suministrando más elementos formadores de valor.
Por ende si el valor del pluscapital se mantiene incambiado, e incluso si disminuye, se opera una acumulación acelerada. No sólo se amplía materialmente la escala de la reproducción, sino que la producción de plusvalor se acrecienta más rápidamente que el valor del pluscapital (Marx, 1999, t. 1, p. 748).
En todo esto interviene la ciencia como potencia del capital. Por supuesto, a su vez, dada la masa de plusvalía, la magnitud de la acumulación depende de cómo se divida el plusvalor entre el fondo de acumulación y el fondo de consumo para el capitalista, o sea, entre el pluscapital y el rédito. Siempre la masa de plusvalor que es posible transformar en capital es mayor que la parte del plusvalor transformada efectivamente en capital. Pero por las razones que hemos visto, el simple aumento de la parte dedicada a pluscapital no indica necesariamente un mayor desarrollo de las fuerzas productivas, ni una acumulación más intensa. Por ejemplo, en los países asiáticos de rápido crecimiento –típicamente Corea del Sur– la parte del rédito sobre el total de la plusvalía parece haber sido sistemáticamente más pequeña que en Estados Unidos; también la proporción de la inversión sobre el producto bruto ha sido más alta durante las últimas décadas. Sin embargo, y debido a que buena parte de esa inversión se realizaba en un marco tecnológicamente más atrasado, el desarrollo de las fuerzas productivas no fue proporcional a las altas tasas de acumulación. Esto se tradujo en menores avances de productividad, y en menor valor agregado por hora de trabajo en la manufactura, que en los países adelantados.
Por otra parte no entendemos por qué el aumento de la proporción del rédito en la masa de plusvalía debiera dar pie para hablar de un “nuevo” modo de acumulación en Estados Unidos, o en otros países adelantados. Es que con el desarrollo de la producción capitalista hay una tendencia a que aumente la parte de la plusvalía que se reparte como rédito y se dedica al consumo:
Cuanto más desarrollada está la producción capitalista en un país, cuanto más rápida y masiva sea la acumulación, cuanto más rico sea dicho país, y más colosal por consiguiente, el lujo y el derroche, tanto mayor será la diferencia (ídem, p. 730).
Lo que Marx llamaba los “gastos de representación del capital”, el lujo y el despilfarro, son propios de un régimen que se basa en la explotación del trabajo ajeno, y crece cuando crecen las fuerzas productivas. Es algo inherente al capitalismo; comprende a sus fracciones industrial, comercial y dineraria o financiera. No hay que postular la existencia de un régimen de acumulación especial para entender este proceso.
 
Accionistas y ejecutivos de empresas, carácter de clase
 
La relación entre los accionistas y los directorios de las empresas constituye otro de los pilares de la tesis de la financiarización. Los accionistas favorecerían políticas de corto plazo, y al actuar así se enfrentarían a los directorios de las empresas, representantes del capital productivo, interesados en inversiones de largo plazo y con mayor conciencia de los problemas sociales. Por eso los directorios conformarían una “tecnoestructura”, sin carácter de clase definido.[9]
Esta visión es alentada por directores de empresas, y altos funcionarios del capital. Por ejemplo Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial –cuya asamblea anual se realiza en Davos y reúne a parte de lo más encumbrado de la burguesía mundial– sostiene que los directivos de las empresas no sólo deben servir a los accionistas, sino garantizar la prosperidad de las empresas a largo plazo, y cuidar de los intereses de los trabajadores y la sociedad. La gestión empresarial debería centrarse en lo que llama “valores profesionales” y principios éticos, y no en la maximización de la ganancia. En el mismo sentido se han incorporado en algunos países legislaciones acerca de estas responsabilidades. Por ejemplo en Gran Bretaña se aprobó la Companies Act 2006 que habla de la “responsabilidad social” de los directorios, y los insta a tener en cuenta el impacto de sus resoluciones en la comunidad y el medio ambiente, y a tomar en consideración el interés de los trabajadores.
Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones proclamadas, los problemas del capitalismo no provienen de la falta de convicciones morales de los ejecutivos, ni de la ausencia de leyes adecuadas, sino de las relaciones sociales objetivas en las que están inmersos los actores sociales, y que constituyen el sustento material de las normas morales y de las estructuras políticas y jurídicas. Como explicó alguna vez Marx, aunque los capitalistas a nivel individual puedan tener las mejores intenciones, la lucha competitiva los obliga a valorizar incesantemente el capital. El que no logra cumplir con este cometido desaparece a mediano o largo plazo. Y a medida que se extienden los mercados y entran más y más capitales en competencia, se exacerba esta exigencia. Las crisis, y las tendencias bajistas de los precios, actúan como otros factores que empujan en la misma dirección. Tal vez los directorios de las empresas puedan tener más conciencia que los accionistas de las tensiones sociales que derivan del hambre de plusvalía, pero esto no impide que en definitiva las necesidades del capital se impongan por sobre los imperativos éticos de la “responsabilidad social”. Por otra parte el comportamiento de los millones de patrones medios y pequeños en todo el mundo, que precarizan el trabajo, pagan salarios miserables e imponen condiciones laborales espantosas, está regido por la misma lógica que anima a los accionistas y, como veremos en seguida, también a los directores de empresas. Por eso lo que hacen los accionistas no constituye un rasgo distintivo del accionista en cuanto tal, sino de todo capitalista. La búsqueda de la ganancia no es el resultado de que haya accionistas, ni de que éstos encarnen al capital financiero, sino del hecho de que prima la relación capitalista.
Yendo ahora específicamente al caso de los ejecutivos de empresas, éstos son, ante todo, funcionarios del capital. Éste se valoriza por medio de la explotación del trabajo asalariado, y el capitalista que encarna al capital en funciones “debe” actuar en consonancia. Los directores de empresas no son filántropos interesados en la producción de valores de uso, sino capitalistas abocados a la explotación del trabajo asalariado. Su función no es “técnica”, sino social.
Frente al capitalista financiero, el capitalista industrial es un trabajador, pero trabajador como capitalista, es decir, como explotador del trabajo ajeno. El salario que reclama y obtiene por ese trabajo es exactamente igual a la cantidad de trabajo ajeno apropiada, y depende directamente –en la medida en que se somete al esfuerzo necesario de la explotación– del grado de explotación de dicho trabajo, pero no del grado del esfuerzo que le cuesta esa explotación, y que puede derivan, a cambio de un módico pago, hacia un director (Marx, 1999, t. 3, p. 495).  
En consecuencia su carácter de clase no está en el limbo, es determinado y es capitalista. Entre directores y accionistas hay una hermandad esencial, y sólo dentro de esta hermandad se producen tensiones, como dentro de cualquier clase social. La teoría neoclásica ha hecho de estas tensiones y conflictos el eje de extensas disquisiciones, que se resumen en la problemática –estrictamente burguesa– de la relación entre principal y agente. Esto porque los neoclásicos procuran que los directorios respondan a los intereses de los accionistas, y no a los suyos propios. Inversamente, muchos críticos reformistas del capitalismo están preocupados porque consideran que los directores son trabajadores de buenas intenciones, sometidos a los perversos fines de los parásitos accionistas. Aunque por distintas vías, y con objetivos opuestos, ambas corrientes confluyen para colocar una problemática que debería ser secundaria –cómo se dividen tareas y se reparten el botín dos tipos de explotadores– en el centro de la escena.
Pero por otra parte se incurre en una visión ingenua si se piensa que los integrantes de los directorios de las empresas surgen de la nada, por generación espontánea. Los directorios de las empresas son seleccionados por los accionistas, que esperan que actúen como capitalistas. Y aun cuando se trate de ejecutivos de origen humilde, son condicionados para que se comporten encarnando al valor en valorización. Marx señalaba esta circunstancia con respecto al capital que devenga interés. Éste, cuando concede crédito a un hombre sin fortuna en su carácter de industrial o comerciante, lo hace confiando en que actuará como capitalista. “Se le concede crédito en cuanto capitalista potencial” (ídem, p. 774). Lo mismo sucede cuando un grupo de accionistas elige a un buen “cuadro de conducción” para que se siente en el directorio de la empresa. De esta manera el sistema recluta gente capaz, provenientes de otros estratos de la sociedad, y se fortalece.[10] Naturalmente, además, la mayoría de los directores se reclutan entre las altas esferas de la clase dominante; y en muchos casos son los propios grandes accionistas quienes asumen ese papel (véase ejemplos concretos más abajo). Por lo demás, la función esencial de las altas escuelas de negocios y de los postgrados en administración de empresas, es garantizar la formación y provisión de cuadros ideológica y políticamente preparados para responder a las necesidades del capital. El carácter de clase de los integrantes de los directorios de empresas está determinado entonces no sólo por la posición objetiva que ocupan, explotadores del trabajo ajeno y apropiadores de plusvalía, sino también por su trayectoria de clase. Se incorporan a la clase capitalista, comparten sus objetivos, se educan según sus criterios básicos, viven de la plusvalía y casi invariablemente pasan a compartir la propiedad, como accionistas.
 
Ganancias de CEOs y accionistas en los directorios
 
Los accionistas poseen el capital, y reciben dividendos, o sea una parte de la plusvalía; y participan de los beneficios que derivan de la valorización de ese capital. Los directorios de las empresas reciben otra parte de la plusvalía, generalmente identificada con la ganancia empresaria, acorde con el grado de explotación de los trabajadores.[11] En la actualidad las remuneraciones de los directorios de las empresas comprenden normalmente salarios, más bonificaciones en dinero por aumento de la rentabilidad o ingresos de las empresas, más opciones de compra de acciones condicionadas a las futuras subas de su valor, más otro tipo de beneficios, como atención médica, uso de aviones privados, etc. De conjunto conforman fabulosos ingresos. Por ejemplo, según la revista Fortune, en 2007 los CEOs de las 500 empresas más importantes de Estados Unidos promediaron un ingreso cada uno de US$ 10,5 millones, lo que equivalía a 344 veces el salario de un trabajador americano promedio. Forbes hace un cálculo un poco distinto (las discrepancias pueden deberse a las valoraciones de las ganancias provenientes de la suba de las acciones) y concluye que los CEOs de las 500 empresas principales se llevaron US$ 12,8 millones cada uno. A la vista de estas cifras no podemos sino recordar a Marx cuando decía que en el fondo hay una intención apologética al presentar a la ganancia del empresario no como plusvalor, sino como salario del capitalista por el trabajo realizado (véase Marx, 1999, t. 3, p. 497).
A esos salarios habría que agregar las sumas que reciben cuando “son retirados” de sus cargos, lo que se llama “el paracaídas de oro”. Al retirarse de Exxon el señor Lee Raymond se llevó la bonita suma de US$ 357 millones; y Robert Nardelli US$ 210 millones al dejar Nabisco. Todo lo cual ha generado la discusión sobre qué poder habría que darle a los accionistas para impedir estos “excesos”. En Estados Unidos los accionistas se quejan porque sus ejecutivos ganan dos veces más que en Gran Bretaña o Alemania, y cuatro veces más que en Corea del Sur o Japón. Tienen todo el derecho a sentirse esquilmados e indignados. Una situación que ya Marx contemplaba:
Sobre la base de la producción capitalista se desarrolla en las empresas por acciones una nueva estafa con el salario administrativo, al aparecer, junto al verdadero director (manager) y por encima de él, una serie de consejeros de administración y supervisión para quienes, en realidad, la supervisión y la administración son un mero pretexto para esquilmar a los accionistas y enriquecerse (Marx, 1999, t. 3, p. 498).  
Beneficios fabulosos, estafas a los accionistas, enriquecimiento sin límites. Es la historia de los grandes fraudes que terminaron en las bancarrotas de Enron, Parmalat, WorldCom, y otras grandes corporaciones. Estamos en el polo opuesto de la tesis de la financiarización. Pero no se trata de defender ahora al accionista “explotado” por los directorios, sino de poner en evidencia la común naturaleza de clase de ambos sectores.
Por otra parte la idea de que los accionistas no se involucran en la gestión, y que directorios independientes de los accionistas garantizarían un capitalismo “sano”, no se sostiene cuando se analiza la articulación concreta entre accionistas y directorios.
Para verlo, tomemos el caso de Carl Icahn, quien se ha convertido hoy en el epítome del capital financiero depredador, enemigo del capital “productivo”. Nuestro propósito aquí no es, por supuesto, pintar con color de rosa a este filibustero de Wall Street, sino mostrar cómo lo que hace Icahn es, con alguna exageración, lo mismo que hace cualquier otro capitalista.
Carl Icahn es actualmente propietario del 90% del paquete accionario del grupo inversor American Real Estate Partners. Su patrimonio personal rondaría los US$ 10.000 millones, una fortuna que amasó casi desde la nada especulando en Wall Street y lanzando ofertas hostiles sobre empresas, con el fin de hacerlas rentables. Es que Icahn se dedica a comprar acciones hasta tener el poder suficiente para cambiar ejecutivos, e imponer sus planes de baja de costos y valorización de las corporaciones en las que entra. A lo largo de su vertiginosa carrera ha tomado el control, o posiciones de control, en empresas como Nabisco, Texaco, TWA, Phillips Petroleum, Blocbuster, Western Union, ImClone Systems, Revlon, Time Warner, Motorola.
Analicemos algunos casos en los que actuó Icahn para sacar luego conclusiones.
Tomemos primero el caso de Time Warner, la empresa de medios más grande del mundo. En agosto de 2005 Icahn poseía el 3% del paquete accionario, y lanzó una oferta de compra de las acciones de Time Warner, con el objetivo de controlar la empresa, dividirla y hacerla más rentable. Pero la propuesta no logró el apoyo de otros accionistas, o de grandes inversores institucionales. Finalmente Icahn y el directorio llegaron a un acuerdo, por el cual se retiraba la oferta de compra, y Warner hacía algunas de las cosas que recomendaba Icahn para bajar costos y elevar la rentabilidad.  Aquí lo interesante es que la posición de los accionistas no fue única, y que el propio directorio –y así lo explicaron analistas de Wall Street– consideró que las medidas de Icahn en absoluto eran descabelladas. Es que la empresa estaba sufriendo la fuerte competencia de Yahoo y Google, y de todas maneras debía encarar reformas racionalizadoras. La presión de Icahn sólo expresaba, tal vez de manera exagerada y un poco más brutal que de costumbre, una demanda que surgía de la misma relación capitalista. Algo similar ocurrió en Motorola, una empresa en la que representantes de Icahn integran el directorio. Las exigencias del accionista de bajar costos y mejorar el control de gestión estuvieron muy relacionadas a que la empresa enfrentaba una fuerte competencia; por ejemplo de Apple en telefonía celular.  
Otro caso ilustrativo es lo sucedido con Yahoo, en la que Icahn también disponía una parte del paquete accionario. A comienzos de 2008 Icahn atacó al directorio porque éste se negaba a vender la empresa a Microsoft, que ofrecía comprarla. Pero aquí no actuaba como un mero accionista en abstracto, sino como agente de una empresa “productiva”. Se trataba de una puja en esencia entre capitalistas “productivos”, y no específicamente de un enfrentamiento entre el sector financiero y productivo.
Tomemos ahora el caso de Blockbuster, donde Icahn desde 2005 tiene el control sobre tres miembros del directorio. Aquí está desempeñando un rol activo de capitalista “en funciones”, no simplemente de “capitalista financiero”. Lo mismo sucede en otras empresas en las que Icahn ha sentado ejecutivos en los directorios, como ImClone Systems, de biotecnología, o en el caso ya citado de Motorola. Apuntemos que, por otra parte, las acciones de muchas de estas empresas no han tenido grandes desempeños con la gestión de Icahn. Lo que normalmente hace Icahn es lo que al día de hoy –fines de 2008– están haciendo miles de empresas en todo el mundo, acosadas por la crisis: racionalizar, bajar costos, echar empleados, cerrar las secciones menos rentables.
 

La lógica de la ganancia y la sobreacumulación

 
De la idea de que los directores están interesados esencialmente en la expansión de las empresas, se desprende que si los accionistas fueran neutralizados se abriría el terreno para un desarrollo capitalista mucho más vigoroso y sano que el actual. De ahí también que se sostenga que la concentración de las tenencias de acciones en un grupo, o en una familia, favorezca la instalación de un capitalismo más humano y productivo, y con menos crisis.
Empecemos reconociendo que, por supuesto, es una realidad que para valorizar el capital las empresas deben desarrollar las fuerzas productivas, esto es, la capacidad de producir valores de uso. Sin embargo el problema que enfrenta el modo de producción capitalista es que la producción acrecentada de valores de uso termina entrando en contradicción con las condiciones de la valorización; lo que desemboca en la sobreacumulación de capital y la crisis. Por este motivo la historia del capitalismo está llena de ejemplos de sobreacumulación y crisis, con empresas “sanamente dirigidas por grupos familiares” y financiadas con intereses bajos. Por caso, en algunos países asiáticos de crecimiento rápido, como Corea del Sur, los bancos estatales de desarrollo otorgaron durante años créditos subsidiados a los grandes conglomerados y empresas. De esta forma aumentaban el flujo de inversión por encima de las ganancias retenidas por las empresas. La renovación de los créditos se condicionaba a que las empresas cumplieran con parámetros de competitividad exportadora; las empresas, a su vez, buscaban mantener el aflujo de ese financiamiento preferencial debido a las ganancias diferenciales que embolsaban a medida que acumulaban capital. Pero esta política llevó a dificultades para enfrentar la lucha competitiva en los mercados mundiales, a la sobreexpansión y el endeudamiento, y a la crisis de sobreproducción de fines de la década de 1990.  Finalmente las empresas tuvieron que subordinar sus estrategias a la ley de hierro de la valorización. Un caso ejemplar es la historia de Doosan, que llegó a ser un gigante en el mercado coreano de bebidas –cerveza, wisky– en la década de 1980. Para hacer frente a un boom de la demanda, en esa época la empresa, a igual que otras compañías coreanas, se endeudó fuertemente a fin de aumentar la capacidad instalada. Todo el énfasis estuvo en la capacidad. Pero en los años siguientes padeció un duro ataque de la competencia, y tuvo necesidad de reducir los costos de manera urgente. En 1996, esto es, antes del estallido de la crisis en Corea, Doosan estaba virtualmente en bancarrota. Hubo que vender secciones y empresas del grupo para hacerse de cash, y se produjo un giro hacia la producción de bienes industriales e ingeniería. A partir de 1998 la dirección de la compañía comenzó a instrumentar programas de innovación de procesos, mejoras de perfomance y control de gastos, y a prestar mucha atención a los balances. Aumentaron las ganancias y la capitalización bursátil, la empresa participó en privatizaciones coreanas y devino global. Esto giro no lo impuso alguna ofensiva de accionistas, sino las presiones del mercado, la lógica implacable de la competencia. Muchas otras corporaciones pasaron por experiencias similares.
También en Japón las bajas tasas de interés de los últimos años impulsaron a las empresas, en especial las exportadoras, hacia la sobrecapacidad y excesiva acumulación; la historia terminó en la recesión de 2008. El modelo japonés de financiamiento bancario tampoco había impedido que la economía se metiera en un largo estancamiento durante casi toda la década de los noventa.
Como puede verse, las tendencias a la sobreacumulación y las crisis, y los ajustes que les siguen, no son causadas por algún espíritu maligno que anime a los accionistas, sino derivan de las contradicciones propias de la economía capitalista. Naturalmente, tampoco los accionistas impiden que se produzca la sobreacumulación de capital, como lo demuestra la actual crisis de Estados Unidos y otros países adelantados. Los accionistas que han perdido fortunas con las caídas de las bolsas y el quiebre de empresas, se quejan de que los directivos, en muchos casos, llevaron a las compañías a la sobreexpansión. Sin embargo, en pleno auge, el que no apostaba a seguir creciendo corría el riesgo de perder la carrera competitiva frente a las empresas rivales. Ésta es una contradicción que recorre a todos los capitales, que nadie en el mediano o largo plazo pueda evitar.
Por otra parte, la “plétora del capital” que hubo en los últimos años en Estados Unidos y otros países del G-7 no se explica por una dictadura del capital financiero sobre el capital industrial y comercial –como si este último quisiera invertir y el capital financiero se lo impidiera absorbiendo el excedente– sino por las contradicciones de la acumulación; específicamente por la alta relación capital / trabajo a que se había llegado. El razonamiento común dice que la inversión era débil porque el capital financiero se imponía, pero la realidad es que el capital financiero crecía porque la inversión era débil. Sucede lo que apuntaba Marx, que “en el sistema crediticio moderno el capital que devenga interés se adecua a las condiciones de la producción capitalista” (Marx, 1999, t. 3 p. 773). En la sociedad precapitalista sucedía al revés, ya que la usura se adhería al modo de producción como un parásito, succionándolo y dejándolo en la miseria, sin generar otra cosa que “la decadencia económica y la corrupción política” (véase ídem, pp. 769 y 770). Los teóricos de la financiarización, transportan esta imagen desde los tiempos antiguos o medievales a la sociedad moderna, pasando por alto las distintas condiciones históricas y sociales en que se articula la relación entre el sistema de crédito y financiero, y el capital industrial y comercial. 
 

El rol del mercado accionario   

 
Por otra parte también es un hecho que miles de empresas familiares continúan saliendo a la bolsa para expandirse, en especial cuando desean devenir globales. Un comportamiento que no se puede explicar desde la óptica de la financiarización. ¿Por qué empresas controladas por familias buscarán someterse a la dictadura de los accionistas, y renuncian a sus altruistas objetivos de ampliar su capacidad productiva en base al cash propio, o al empréstito bancario? La respuesta a esta pregunta está en lo que vimos antes. Cuando recaudan capital colocando acciones las empresas no se someten a ninguna dictadura extraña a su naturaleza capitalista. Y el mercado accionario constituye una magnífica fuente de recursos dinerarios para que el capital acreciente su poder.
La anterior afirmación da pie para aclarar algunas confusiones que reinan en torno a los mercados accionarios. Comúnmente se piensa que los mercados bursátiles son una especie de casino, cuya única función es que un grupo de especuladores traten de ganar con operaciones de corto plazo, a costa de otros especuladores; o desplumando a los advenedizos que se aventuran en terreno desconocido.
Pero si esto fuera así, no se podría entender la persistencia de los mercados bursátiles a lo largo de la historia del capitalismo. Ni la trascendencia que se da a las alzas y bajas de los precios de las acciones. ¿Por qué preocuparse por una simple “timba”? ¿Para qué gastar dinero en mantener todo ese andamiaje de gasto improductivo?
 
La respuesta pasar por comprender que el mercado accionario cumple un rol muy importante en el capitalismo, ya que permite conciliar las perspectivas de largo plazo de las inversiones, con la necesidad de los inversores de poder volver rápidamente a la liquidez. Es que si no existiera el mercado bursátil, el inversor que coloca su dinero para la construcción de, por ejemplo, una planta que amortizará en 50 o más años, debería renunciar a la liquidez por todo ese tiempo. Si esto fuera así, sería muy difícil conseguir inversores. La división entre el mercado bursátil primario y secundario permite solucionar ese problema. En el mercado primario se realiza la oferta inicial, y el dinero que se recauda va a la empresa para financiar sus inversiones de capital real. En el mercado secundario, que empieza a funcionar inmediatamente después de la colocación inicial, el inversor puede vender y volver a la liquidez, sin que se afecte la inversión realizada por la empresa. De ahí que cuanto más líquido sea un mercado bursátil, mayores posibilidades habrá para el financiamiento de las empresas, y más seguridades tienen los inversores de poder volver a la liquidez en caso de necesidad.
 
Por este motivo si bien los mercados bursátiles constituyen un campo privilegiado para la especulación y las estafas, dada la posibilidad de valoraciones ficticias de los títulos, cumplen un rol central para canalizar flujos dinerarios hacia la acumulación de capital. Por otra parte permiten un más rápido traslado de capitales hacia las ramas que están en expansión, y por eso contribuyen a que opere la tendencia a la igualación de la tasa de ganancia. También la existencia de mercados bursátiles desarrollados facilita procesos de centralización de capitales –adquisiciones y fusiones de empresas– y el rápido financiamiento de empresas que están en expansión y necesitan invertir sumas mayores que las que provienen del flujo de ingresos propio.    
   

El capital ficticio

 
Como hemos explicado en otros trabajos, el capital ficticio se compone básicamente de los títulos públicos, y de la porción de valorización de acciones y otros activos financieros que no se corresponde con el crecimiento del capital real. Los títulos públicos no representan capital, sino un derecho a percibir una parte de los impuestos que recaude el Estado. Las valoraciones del capital accionario pueden ser puramente especulativas, sin que cambie el capital subyacente.[12] Algunos defensores de la tesis de la financiarización otorgan una gran trascendencia al crecimiento del capital ficticio que se registra en las últimas décadas. Sin embargo, siendo una realidad del capitalismo contemporáneo, opinamos que le dan una importancia desmedida al asunto.
Empecemos con una de las ideas más difundidas, la que sostiene que el crecimiento del capital ficticio ha generado un poder de compra adicional que ha sostenido la demanda agregada. La tesis parece atractiva a primera vista, pero cuando se examina con algún detenimiento, se comprueba que no se sostiene. Por empezar porque la masa de títulos públicos –un componente clave y en crecimiento del capital ficticio total– no puede generar ningún poder de compra nuevo. El pago de intereses significa simplemente el traslado de un poder de compra desde el que paga impuestos al tenedor del título que cobra el cupón. De manera que lo que gasta luego el prestamista del Estado es equivalente a lo que no gasta el que paga impuestos. Por esta vía no se genera poder de compra nuevo. En cuanto a la valorización ficticia de las acciones, tampoco puede generar un mayor poder de compra global. Si alguien tiene una acción que vale US$ 50, y dos meses después la vende a US$ 60, habrá lógicamente aumentado su poder de compra en US$ 10, y podrá consumir o invertir un 20% más. Pero eso sucede a nivel individual, porque en términos de totalidad no se ha generado un mayor nivel de compra; quien ha adquirido la acción a US$ 60 ahora ha renunciado a ejercer un poder de compra en el mercado de bienes por un valor equivalente. Sí se puede afirmar que la suba del precio de las acciones genera el llamado “efecto riqueza”, esto es, que los tenedores de acciones se sienten más ricos, y pueden estar inclinados a atesorar menos. Pero esto es muy distinto a afirmar que la demanda se incremente debido al aumento del precio de las acciones.
 
Esta última idea sólo se puede sostener al precio de acabar con la teoría del valor trabajo. Según esta teoría el valor sólo es generado por el trabajo humano, y a un valor generado en la producción le debe corresponder, en promedio, un valor equivalente por el lado de la demanda. El valor no puede incrementarse con maniobras especulativas, ni con compras o ventas de papeles. Por supuesto la teoría burguesa pretende que el valor se crea gracias a las extremadas habilidades de los ejecutivos y financistas; pero lo que hace esta gente es apropiarse de trabajo ajeno no pagado, y pasarse mutuamente plusvalías. En este último sentido las operaciones de trading en los mercados financieros –comprar y vender en el corto plazo, buscando hacer diferencias– simplemente pueden significar transferencias de fortunas de unas manos a las otras. Por este motivo tenía razón Marx cuando relativizaba la importancia de las alzas o bajas puramente especulativas de los títulos. Señalaba que cuando se producen de manera independiente del movimiento de valor del capital real que representan, la riqueza global del país es exactamente de la misma magnitud, tanto antes como después de la desvalorización o del aumento del valor (véase Marx, 1999, t. 3, p. 603).
 
Por otra parte es correcto decir que existen ganancias ficticias, esto es, que figuran sólo en los libros contables. Pero precisamente por eso en la sociedad burguesa hay conciencia de que se trata de ganancias que no se han “concretado”. Por ejemplo, muchas veces se permite que los bancos contabilicen en sus activos títulos a valores nominales que son mucho más altos que sus valores de mercado. Se trata de artilugios que pueden posponer durante algún tiempo la admisión de la “amarga verdad”, que el valor del activo no existe. Generalmente se hace esto con la esperanza de que el precio del título se recomponga; pero si esto no sucede el banco deberá asumir las pérdidas, realizar las rebajas contables correspondientes y aprovisionar capital de sus ganancias no distribuidas. No hay manera de eludir esta ley de gravedad de los mercados, como lo demuestra la actual crisis financiera. Lo mismo sucede con respecto a las ganancias ficticias que contabiliza en su haber la clase capitalista cuando suben especulativamente los títulos.
En cuanto a la idea de que el capital ficticio es “puro costo” para el capital industrial y comercial, y que la valorización especulativa de las acciones es una muestra del dominio del capital financiero sobre el capital productivo, tampoco parece tener mucho sustento en la práctica. Por lo general sucede lo contrario, ya que el aumento del precio de las acciones mejora las condiciones de financiamiento de las empresas. Por un lado porque les permite hacer nuevas emisiones para ampliar su capital; éste es el aspecto que registra Keynes, y que luego formalizó en perspectiva neoclásica Tobin con su famosa relación q. Y por otra parte se reducen los costos de financiamiento del capital industrial y comercial, en la medida en que los títulos son entregados como colaterales de préstamos. Por estas razones cuando ocurren derrumbes bursátiles empeoran las condiciones de financiamiento. Pero según la financiarización la reacción de los capitalistas industriales y comerciantes debería ser la inversa, de mejora de las perspectivas, ya que la caída de los títulos estaría indicando un debilitamiento de la “dictadura” que las finanzas ejercen sobre ellos. Esto no es lo que sucede en la realidad; nadie puede demostrar que la inversión productiva mejora cuando se hunden las bolsas de valores.

 

A modo de conclusión: neoliberalismo, interpretaciones alternativas

 
Lo desarrollado en este trabajo permite comprender por qué tampoco podemos coincidir con la caracterización del ascenso del neoliberalismo como un asalto del sector financiero a los puestos de mando del capital. Pensamos que lo que se llamó la política neoliberal fue mucho más que eso. Fue el ascenso de la reacción de toda la clase capitalista, apoyada en amplios sectores de las clases medias, contra los trabajadores y las capas populares más empobrecidas de los pueblos –por ejemplo los campesinos pobres– para restablecer la rentabilidad y fortalecer las posiciones del capital frente a los explotados. Los ataques a los derechos sindicales; las políticas “de ajustes” que implicaban bajas de salarios; las legislaciones para la flexibilización laboral; la caída de derechos laborales de larga data; la caída o supresión de subvenciones a desocupados; el empobrecimiento de los pensionados y jubilados; las ofensivas contra los inmigrantes, entre otras medidas que se tomaron en prácticamente todo el mundo, beneficiaron a la burguesía de conjunto.
 
También otras medidas que apuntaron a mejorar las ganancias fueron apoyadas por toda la burguesía. Por ejemplo las privatizaciones de empresas estatales, incluidas las de los regímenes stalinistas, significaron someter de manera más plena a la ley del valor a fuerzas productivas más amplias. En ellas participaron capitales industriales y comerciales de todo tipo; no encontramos elementos para decir que favorecieron sólo, ni principalmente, al sector financiero. De la misma manera la ofensiva por reducir impuestos y desfinanciar al “Estado keynesiano de bienestar” fue apoyada por toda la burguesía, y fue llevada adelante en beneficio del capital de conjunto.
 
Como es sabido, la ofensiva económica fue acompañada de la reacción política, cultural e ideológica, con el liderazgo y apoyo del capital global. Las dictaduras militares que asolaron a los países latinoamericanos en la década de los setenta y ochenta fueron apoyadas por las burguesías de estos países, y no sólo por el capital financiero. Lo mismo podemos decir del sustento que tuvieron Reagan en Estados Unidos y Tatcher en Gran Bretaña. La reacción contra medidas progresistas, que se habían logrado en las fases de ascenso de los movimientos populares y reivindicativos, tuvo amplio consenso en las clases acomodadas y medias. Por ejemplo, la reacción contra la discriminación positiva, que favorecía a las minorías raciales o sexuales. De la misma manera tuvo amplia aceptación la consigna “que gane el mejor y el más fuerte”, los que tienen más oportunidades; que lógicamente beneficia a los más ricos. Tampoco el rechazo a los movimientos críticos, a las culturas contestatarias, y el resurgimiento de movimientos xenófobos y racistas, así como la exaltación de los valores conservadores burgueses. No pretendemos hacer aquí un recuento exhaustivo de todo lo que significó la reacción neoliberal, sino señalar simplemente algunos de sus rasgos salientes, con el objetivo de mostrar que se trató de algo mucho más profundo que el mero asalto de las finanzas y la imposición de tipos de interés altos durante algunos años, a principios de los ochenta.
 
El capital industrial o comercial no fue “sojuzgado” por el capital financiero desde fines de la década de los setenta. El trabajo, de conjunto, sí fue subsumido de forma más completa al capital, sin distinciones de fracciones dentro de éste. Éste ha sido el sentido más profundo del ascenso del neoliberalismo en los últimos 30 años. El neoliberalismo ha sido la expresión política e ideológica de la orientación de fondo que ha tomado la clase capitalista a nivel mundial. Orientación que responde a la división central de la sociedad actual, la que se da entre el capital y el trabajo.  
 
 Bibliografía:(...)

miércoles, 10 de junio de 2015

Estados Unidos y China son fundamentales en la crisis climática.

 ¿Qué mundo construyen? El de acumulación 

gran capitalista e imperialista

a costa de la vida planetaria y la humanidad.



¿Cuál es el significado del Acuerdo Climático entre Estados Unidos y China?
15 de enero de 2015

Por Carolina Miranda
 
El 11 de noviembre, 2014, Estados Unidos y China anunciaron un acuerdo conjunto para atender el cambio climático. Bajo este acuerdo, el presidente Obama ha prometido que, para 2025, Estados Unidos reducirá sus emisiones entre 25 y 28% por debajo de los niveles de las emisiones de 2005. En cuanto a China, el presidente Xi Jinping anunció que el total de las emisiones de China llegará a un máximo alrededor del año 2030. Él también se comprometió con que un mínimo del 20% de la energía china vendrá de fuentes renovables o nucleares para 2030.
Las partes que más resaltan del acuerdo incluyen que el presidente Obama casi duplicó el compromiso previo de Estados Unidos con reducir emisiones para 2025, de una reducción de un 17% a una de entre 26 y 28% por debajo de los niveles de 2005. Con este anuncio, China se convirtió en la primera nación en desarrollo en consentir a limitar sus emisiones. Un acuerdo entre Estados Unidos y China para reducir emisiones también ayuda a eliminar un obstáculo principal para garantizar un acuerdo global – que Estados Unidos no quería comprometerse con reducir sus emisiones si China no se comprometía con reducir las suyas, y viceversa. Otras naciones también estaban reacias a comprometerse con recortes de emisiones si las dos naciones con las mayores emisiones de gases causantes del efecto de invernadero a nivel mundial – Estados Unidos y China – no se comprometían con reducir sus emisiones. Es también importante el compromiso reciente de Europa con reducir sus emisiones en un 40% por debajo de sus niveles de 1990 para 2030.
Considerando la urgencia y la escala de la crisis climática, sin embargo, este acuerdo debe considerarse como una acción mínima por parte de Estados Unidos y China en cuanto al cambio climático, no una acción de máximo impacto. Los compromisos con la emisión de emisiones que Estados Unidos que ha hecho en este acuerdo están muy por debajo de lo que la ciencia dice que necesitan ser. Obama ha basado los compromisos con la reducción de emisiones en los niveles de 2005 en lugar de los niveles de 1990, que fueron los recomendados por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Esto es importante, ya que las emisiones de Estados Unidos aumentaron un 16% entre 1990 y 2005. Según el cuerpo científico a la vanguardia del cambio climático, el IPCC, Estados Unidos necesita reducir sus emisiones entre 25 y 40% por debajo de los niveles de 1990 para 2020 y, como mínimo, en un 80% para 2050. El objetivo de Obama bajo el acuerdo entre Estados Unidos y China suma una reducción total de alrededor de un 5% por debajo de los niveles de 1990.

El segundo asunto se relaciona con la implementación de estos compromisos – ¿Estados Unidos realmente cumplirá con los recortes en emisiones con los que se ha comprometido en este acuerdo? ¿Cómo lo hará? Este acuerdo entre Estados Unidos y China no es un acuerdo jurídicamente vinculante sino que representa solo unos compromisos voluntarios hechos por estos dos países. Esto significa que no existe ningún mecanismo para hacer responsables a Estados Unidos y a China por sus compromisos.
El año pasado, el presidente Obama usó su autoridad ejecutiva para implementar reglas con el fin de reducir las emisiones de dióxido de carbono por parte de centrales eléctricas en un 30% para 2030. Pero para cumplir con sus modestos compromisos en el nuevo acuerdo climático entre Estados Unidos y China, Estados Unidos necesitará reducir sus emisiones de centrales eléctricas por un mínimo de 40 o 50% para 2030. Muchas centrales eléctricas en Estados Unidos han cambiado el carbón por el gas natural en los últimos años, y límites más estrictos en las emisiones de CO2 por parte de centrales eléctricas podría intensificar este cambio del carbón al gas. Esto es preocupante desde el punto de vista de las emisiones – estudios recientes sobre el impacto climático del gas de esquisto y la fracturación hidráulica demuestran que las fugas de metano a causa de la fractura hidráulica aumentan el ciclo de vida de las emisiones del gas de esquisto por encima del correspondiente a las del carbón.
El compromiso de China en cuanto a sus emisiones es más significativo que el de Estados Unidos, en gran parte porque establece un máximo en las emisiones de China para 2030. Antes de hacer este compromiso, China sólo había acordado reducir la intensidad del carbono de su suministro de energía, lo cual podría lograr con un mayor uso de energía solar o eólica para la internet a la vez que se suman cantidades similares o mayores de energía fósil. Esto significa que según el consumo de energía de China aumentó rápidamente, el combustible fósil fue creciendo a la par de la energía renovable y, en general, las emisiones de China continuaron aumentando rápidamente.
El compromiso de China con obtener un 20% de su energía de fuentes de combustibles no fósiles podría depender en gran parte de la energía nuclear, no sólo de la renovable como la solar y la eólica. Este acuerdo climático entre Estados Unidos y China también incluye el compromiso con un proyecto significativo de captura, uso y almacenamiento de carbono en China. Los detalles de este proyecto son escasos pero el plan menciona que Estados Unidos y China contribuirán igualmente, junto con inversionistas privados, para el proyecto en China.
El acuerdo climático entre Estados Unidos y China es claramente falto de ambición en cuanto a los recortes de emisiones pero sí señala a una disposición por parte de Obama y Xi Jinpingpara atender el cambio climático y crea una apertura potencial a la elevación de sus acciones en la lucha contra el cambio climático. Es importante señalar que este anuncio se hizo en los talones de la Marcha Climática del Pueblo (People’s Climate March) que se llevó a cabo en la Ciudad de Nueva York el 21 de septiembre de 2014 y que contó con la contundente presencia de 350.000 personas así como también después de años de un movimiento social de resistencia de alto perfil en contra de los oleoductos de arenas de alquitrán como KeystoneXL y terminales de exportación de carbón. La inquietud social también persiste en China en torno a los peligrosamente altos niveles de contaminación en sus ciudades. Está claro que la acción vendrá de los líderes mundiales y los gobiernos cuando movimientos fuertes así lo exijan. El Acuerdo Climático entre Estados Unidos y China es una base para que los sindicatos y otros movimientos sociales presionen por recortes de emisiones más profundos y dramáticos a nivel mundial; por inversiones públicas masivas en sectores clave de bajo carbono, como la transportación pública, la energía solar y eólica, la modernización de edificios y más; y por compromisos jurídicamente vinculantes con un acuerdo climático internacional que concuerde con la ciencia climática.(...)
Fuente: http://ingamltda.cl/2015/01/cual-es-el-significado-del-acuerdo-climatico-entre-estados-unidos-y-china
Sin embargo, ambos países compiten en la  acumulación gran capitalista de riquezas y poder o en desarrollar capitalismo a la vez que imperialismo. Veamos al que progresistas e izquierdistas reformistas valoran esperanzador:
En la década pasada, los intercambios comerciales entre China y Latinoamérica se multiplicaron por 21
La Ruta de la Seda en América Latina
6 de junio de 2015
Por Luís Nieto Pereira (OMAL/ La Marea)
A lo largo de estos últimos años se ha ido produciendo un contacto creciente entre China y América Latina, en todos los ámbitos. En la década pasada, por ejemplo, los intercambios comerciales entre ambas regiones se han multiplicado por 21. El desembarco de China en territorio latinoamericano se ha caracterizado por el desplazamiento y la absorción de firmas privadas occidentales por gigantescas inversiones de compañías o consorcios estatales chinos. Todo ello impulsado por un sistema de flujos financieros de la banca pública china, que le permite a sus empresas desembolsar grandes sumas y a los gobiernos de la región, financiar inversiones sociales e infraestructuras. Entre 2005 y 2013, según el Instituto de Gobernanza Económica Global de la Universidad de Boston, China otorgó 102.000 millones de dólares en préstamos a América Latina.
A pesar de que China está comprometida con el desarrollo de un nuevo orden asiático a través de iniciativas como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras, no parece que esté descuidando la cooperación Sur-Sur. Y es que China se ha consolidado como el segundo socio comercial de América Latina, sólo por detrás de Estados Unidos, amenazando con restar al país norteamericano su clásico protagonismo en la región.
China, la segunda mayor economía del mundo, ha encontrado en América Latina un excelente proveedor de las materias primas y los recursos energéticos que necesita para alimentar su voraz desarrollo. Así, a las importaciones del petróleo de Venezuela se le suman las del cobre de Perú y Chile y la soja de Brasil y Argentina. Además, tanto Chile como Perú han firmado tratados comerciales con China, mientras Colombia avanza en las negociaciones y Brasil ha mostrado interés en sumarse a estos acuerdos de “libre comercio”.
En el período 1990-2013, la inversión total de China en los diferentes países de América Latina ascendió a 51.000 millones de dólares. Estas inversiones se han concentrado especialmente en sectores como la minería, los hidrocarburos y la agricultura: entre 2010 y 2013 el 90% de la Inversión Extranjera Directa (IED) china tuvo que ver con los recursos naturales, cuando en términos totales de IED mundial en la región tan solo se dedicó el 25% a este sector. Hay que destacar, además, que las inversiones en petróleo y gas se realizan a través de cuatro empresas estatales, que han canalizado un flujo de inversión de 30.000 millones de dólares. También están en alza las industrias minera —con unas inversiones de cerca de 10.000 millones— y manufacturera —rondando los 2.000 millones—, un sector que va en aumento y produce la destrucción de la pequeña industria local.
El comercio entre ambas regiones se produce de la siguiente manera: América Latina exporta materias primas a China —por un valor de 112.000 millones de dólares en 2013— e importa del país asiático manufacturas de baja, media y alta tecnología. En 2014, el volumen comercial chino-latinoamericano llegó a ser de 263.600 millones de dólares; el valor del comercio bilateral se multiplicó 22 veces entre 2000 y 2014. Con todo ello, China ha desplazado a la Unión Europea como el origen de buena parte de las importaciones y el destino de las exportaciones, quedando solo por detrás de Estados Unidos. Hasta la fecha, los líderes latinoamericanos han apostado por esta relación económica porque estaban cosechando superávits comerciales con el aumento de los precios de las commodities; está por ver cómo va a evolucionar dicha relación ahora que el escenario ha cambiado y países como Perú, Argentina y Colombia registran déficit.
Introducción del yuan
Cuatro meses después de que Pekín reuniera a los presidentes de América Latina en el primer Foro de Cooperación China-CELAC, y prometiera 250.000 millones de dólares en inversiones durante los próximos diez años, el viaje del primer ministro chino a la región intentó concretar importantes proyectos en diferentes sectores. Durante su visita a Brasil, Colombia, Perú y Chile —estos cuatro países representaron el año pasado el 57% del volumen de comercio bilateral entre China y América Latina—, Li Keqiang abonó la influencia china en la región a través del cumplimiento de dos metas fundamentales: la transformación del mapa económico latinoamericano para apuntalar el protagonismo de la región Asia-Pacífico y el impulso del yuan en territorio sudamericano a través de Santiago de Chile como plataforma.
El primer objetivo se alcanzó con los gobiernos de Brasil y Perú: se pondrá en marcha la construcción de una red ferroviaria de más de 5.000 kilómetros para conectar los océanos Atlántico y Pacífico, con el fin de aumentar los montos y la velocidad de los intercambios comerciales con China. El segundo, por su parte, se impulsará con el lanzamiento de la primera plaza financiera del yuan en América Latina. De este modo, en medio de las urgencias que imponen unos precios de las materias primas a la baja, el gigante asiático se presta a aumentar su influencia en la región gracias a su demanda de commodities, su oferta de infraestructuras y su músculo financiero.
El proceso de desaceleración de la economía china, la crisis financiera global y las discusiones sobre el modelo de desarrollo en varios países de América Latina han llevado a la exploración de otras formas de relación y a plantear nuevos campos de cooperación entre ambas partes, que tienen que ver con su aplicación en el desarrollo productivo y la creación de nuevos proyectos conjuntos (joint-ventures) para producir en terceros países y para los mercados globales. Además, fuentes diplomáticas chinas sugieren que “China y América Latina deben incrementar su diálogo político sobre el devenir del mundo y el reordenamiento internacional, especialmente sobre los llamados bienes públicos globales, como el cambio climático, las transferencias de conocimiento, la preservación de la riqueza marina, entre otros”.

¿Nueva potencia colonial?
En los últimos años ha arreciado el debate sobre el papel de la presencia de China en América Latina. Los análisis tienden a polarizarse entre la mayoría de los gobiernos y los grandes grupos económicos, que lo ven como una oportunidad, y muchos movimientos sociales, colectivos ambientalistas, pueblos indígenas y pequeños empresarios, que ven en todo ello la repetición de la actuación de EE.UU. y la Unión Europea en el continente.
Los primeros se fijan, sobre todo, en el crecimiento económico registrado gracias a las materias primas, la llegada de capitales para infraestructuras y la reducción de su dependencia con respecto al mercado norteamericano, así como en que China no parece tener interés en subvertir el orden político de los países de la región. A su vez, las organizaciones que mantienen una postura crítica fijan su atención en el deterioro de la pequeña industria local debido a la competencia de la mano de obra china y la invasión de sus productos a bajo precio, que acelera procesos de desindustrialización; la excesiva especialización de la región en productos exportadores; el gran coste ambiental en deforestación, gases de efecto invernadero y uso de grandes cantidades de agua que representan muchos de estos proyectos; la conversión de sus países en altamente endeudados del crédito chino y el aumento del cultivo de productos transgénicos, entre otros.
No debemos olvidar, por otra parte, que la presencia de China en América Latina va acompañada de un aumento considerable de la represión que ejercen los gobiernos sobre aquellos que osan cuestionar y movilizarse en contra de esta situación, llegando a ser acusados de “enemigos de la patria” y de estar en contra del bienestar general del país. Los casos de represión contra las poblaciones peruanas que se levantaron contra proyectos mineros y en Nicaragua contra la pretensión de un nuevo canal interoceánico así lo ejemplifican.
Para estas organizaciones, América Latina corre el riesgo, además, de quedarse anclada en una especialización tradicional en bienes primarios, con pocas posibilidades de adquirir nueva tecnología y diversificar su producción exportadora, y con un alto coste en impactos sociales y ambientales que repercuten intensamente en la cultura propia de los países latinoamericanos. Así, una vez más, se plantea la necesidad de cuestionar el modelo de desarrollo que se quiere implementar, y cómo hacer compatibles los niveles de consumo e infraestructuras con la lucha contra la pobreza y la protección social y ambiental. Porque, vale la pena preguntarse, ¿es la relación de América Latina con China un nuevo modelo a seguir o es más de lo mismo?
Luis Nieto Pereira (@NietoLua) es coordinador de Paz con Dignidad.
Pese a esta realidad Hedelberto López Blanch relata: "El recorrido que recién concluyó el primer ministro chino, Li keqiang por Brasil, Colombia, Perú y Chile, consolidó al gigante asiático como principal socio económico-comercial y en inversiones de Latinoamérica.
Ya los nuevos tiempos que recorren el hemisferio sur americano no son iguales al de décadas anteriores cuando Estados Unidos era quien se autoproclamaba como único dueño y señor de toda la región: los años del traspatio latinoamericano de Estados Unidos, han quedado atrás.
De 2000 a 2014, la República Popular China entregó 119 000 millones de dólares a Latinoamérica, superior a los préstamos concedidos por cualquier otro gobierno u organismo financiero internacional.
En ese período, el primer beneficiado fue Venezuela que recibió 56 300 millones de dólares, le siguió Brasil con 22 000 millones y Argentina con 19 000 millones, pero también resultaron importantes los convenios con Perú, Chile, Colombia, Cuba, Nicaragua, Ecuador, entre otros.
En abierta contradicción con las posiciones que asumen los organismos financieros controlados por Estados Unidos y la Unión Europea para otorgar préstamos, entre los cuales exigen aplicar programas neoliberales y de privatizaciones, China ofrece inversiones para el desarrollo que sirvan de beneficio común. (...)". Leer
Expliquemos porqué es una lectura falaz a través de la siguiente nota en donde al principio prima la relación inmediata pero contextualizándola se revela el fondo de la 'cooperación':
China: ¿Las garras del dragón asiático sobre la Orinoquia?
10 de junio de 2015
Por María José González (Prensa Rural)
A finales del mes de Mayo de 2015, los llaneros quedamos sorprendidos con la información que publicaron en sus cuentas de twitter la Ministra de Transporte Natalia Abello: “Hoy firmamos acuerdo de cooperación con China para desarrollo vial y agropecuario en la Orinoquia. Vía Puerto Arimena – Puerto Carreño” y el Presidente de la República Juan Manuel Santos: “Invitamos a China a invertir en proyectos de infraestructura como vía Puerto Arimena-Puerto Carreño en los Llanos…” *
(*Nótese que donde debería decir “Puente” ambos escribieron “Puerto”, curioso).
La Financiera de Desarrollo Nacional, entidad creada por el gobierno de Juan Manuel Santos para la estructuración y financiación de proyectos de infraestructura en el país, firmó ese día un Memorando de Entendimiento para la Cooperación con el Banco Chino de Desarrollo, Institución financiera del sector público de la República Popular China, principal proveedor de financiamiento para el desarrollo de megaobras en su país y en los últimos años en Latinoamérica; en países como Brasil, Ecuador, Venezuela y Argentina.
Uno de los principales objetivos de ese acuerdo de cooperación es el de la “inversión de recursos en los fondos que dispone la Financiera de Desarrollo Nacional para la realización de estudios de prefactibilidad, financiación y estructuración financiera de proyectos de infraestructura.” Entre otros, el corredor vial Puente Arimena – Puerto Carreño.
¿Cómo no sorprenderse ante la posibilidad cercana de ver realizado el sueño de media Colombia de poder transitar esos 650 km que separan esos dos puntos de nuestra geografía por una vía pavimentada y con todas las condiciones técnicas, con el correlativo desarrollo de la región, cuando estamos acostumbrados a hacerlo por una trocha que escasamente se puede denominar así y cuya travesía se convierte, especialmente en las épocas de invierno, en toda una aventura extrema para conductores y pasajeros?
La emoción inicial pasa a transformarse en un sentimiento inquietante ante la noticia de que el inversionista principal podría ser la China, ese dragón asiático, para muchos lejano y desconocido, que relacionamos más con las etiquetas de miles de productos que inundan nuestros mercados (en su mayoría gracias al contrabando) como ropa, juguetes, radios, celulares y hasta carros, que con la construcción de grandes obras de infraestructura.
China es la primera potencia industrial y agrícola del mundo, segundo socio comercial de Colombia (el destino de casi el 10% de nuestras exportaciones), con una población de más de 1.300 millones de habitantes y por lo tanto, una gran necesidad de alimentos. De acuerdo con la FAO, Colombia es uno de los siete (7) países del mundo con mayor potencial agrícola, la cuenca de la Orinoquía, en especial la Altillanura, concentra más de 2,8 millones de hectáreas aptas para la ganadería y cultivos de alimentos, grandes reservas de hidrocarburos, fuentes de agua, biodiversidad, entre otros.
¿Por qué la inquietud? Varias cosas en qué pensar:
1. ¿Esta cooperación va de la mano de la firma de un nuevo tratado de libre comercio con la China? Si es así, según los analistas, esto podría llegar a ser nefasto para la industria nacional, especialmente para la agroindustria, dada la dificultad de competir con los subsidios que reciben los productores chinos y los bajos costos de mano de obra, que les permiten exportar sus productos incluso por debajo del valor del mercado.
2. De llegar a concretarse el desarrollo del corredor vial ¿Cómo se financiaría esta mega-obra? ¿Peajes, ventas de futuros de hidrocarburos, tierras productivas? ¿Cuántos años empeñados?
3. ¿Cuál sería el manejo ambiental? China no se destaca precisamente por sus políticas de protección al medio ambiente. Es el primer emisor de gases de efecto invernadero y exportador de lluvia ácida en el mundo, y tiene el 70% de sus ríos contaminados.
4. ¿Se generaría empleo en la región? En los lugares donde China hace presencia con sus proyectos de infraestructura la mano de obra calificada y no calificada es suplida casi en su totalidad por personal de origen chino, dada la estricta reserva que mantienen sobre sus secretos tecnológicos y las dificultades con el idioma.
Nota al pie: La noticia llega justo en el momento en el que está cursando en el Congreso de la Republica el Proyecto de Ley 223 de 2015, de iniciativa gubernamental, por medio del cual se crean las Zonas de Interés de Desarrollo Rural, Económico y Social, ZIDRES, que si bien no define el problema de la propiedad de la tierra, se enfoca en la productividad y abre la posibilidad de hacer proyectos de carácter asociativo entre grandes, medianos y pequeños propietarios y poseedores de tierras con otras personas naturales o jurídicas. Dejando así abierta la posibilidad a que las grandes multinacionales sean las que vengan y hagan la explotación bajo el sofisma de que los llaneros solos no podemos. Si es así: ¿Estaría en riesgo la seguridad alimentaria de Colombia?
Fuente original: http://prensarural.org/spip/spip.php?article17043  Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=199794


 


NUESTRA POSICION  FRENTE AL CAMBIO CLIMATICO Y ANTE LA COP20,
¡ Cambiemos el sistema para cambiar el clima  !
A los Señores Presidentes, Mandatarios, y Representantes de los países del mundo; Señores Representantes de las grandes Corporaciones Transnacionales; así como a las Organizaciones Financieras y ONGs Nacionales e Internacionales y a las Delegaciones de las Organizaciones Sociales presentes en la COP20, a la vez que expresamos nuestro saludo de Bienvenida, señalamos lo siguiente:
La tierra que hoy visitan, es la tierra del Perú, síntesis biogeográfica del mundo, cuna de Culturas Ancestrales y de miles y miles de productos alimenticios que hoy abastecen al planeta, principal laboratorio genético natural de la Pachamama. Los hombres y mujeres que hoy la habitamos empezamos a tomar conciencia de lo que esto significa, y es por eso que nos estamos Organizando  y nosotros como ASAMBLEA NACIONAL DE LOS PUEBLOS DEL PERÚ Y EL TAWANTINSUYU (ANPP-T), asumiendo la responsabilidad que hoy nos compete como ciudadanos del Planeta e hijos de la Madre Tierra, redactamos la siguiente DECLARACIÓN sabiendo que todavía hay una oportunidad para revertir el denominado cambio climático, decimos:
·       Que está demostrado que los principales causantes de todos los males que afectan A NUESTRA MADRE TIERRA, son la presencia de grandes Empresas Transnacionales, principalmente extractivas, la Instalación de Industrias contaminantes a nivel mundial, así como la promoción de estilos de vida de una sociedad consumista cuya voracidad y ansias de lo superfluo e innecesario, terminan dejando inmensas ganancias y promoviendo poderosos intereses económicos, sin importar el daño que causan a nuestra MADRE TIERRA; esta forma de desarrollo a nivel Global es el SISTEMA CAPITALISTA, inhumano, depredador, mezquino e individualista, que tenemos que cambiar, con nuevos patrones de desarrollo, ética y solidaridad, para así frenar el cambio climático, que cada día nos afecta más y pone en peligro a la humanidad entera y a la Madre Tierra.

 
·      Que en este marco de desarrollo mundial, No podemos admitir más gases contaminantes de vuestros complejos industriales y parque automotor, por eso planteamos inequívocamente la reducción de por lo menos el 95% de la emanación de los gases que agudizan cada día más el efecto invernadero. No podemos tolerar más actividad o explotación minera, gasífera o petrolera ni en cabecera de cuenca, ni en las  cuencas de los ríos, lagunas, bofedales, humedales y lagos, ni en los alrededores de los sistemas de agua, valles, bosques, selva, tierras agrícolas u otras que dan vida a hombres, plantas y animales y que mantienen el  natural equilibrio ecológico.
Necesitamos proteger el agua para las futuras generaciones, pero sobre todo para hoy, encontrándose en manos privadas en muchas partes del planeta, y en el Perú donde se pretende privatizarla, LO QUE ES UN BIEN UNIVERSAL DE TODA LA HUMANIDAD, por lo que debe declarársele un RECURSO Y DERECHO HUMANO Y QUE LOS PAÍSES LO CONSIDEREN ASÍ EN SUS CONSTITUCIONES POLÍTICAS.
 
Estamos convencidos por ello que nuestra actividad principal es la Agricultura, el mundo hoy a pesar de tanta producción industrial todavía clama a causa del hambre, y necesita alimentos, por lo que proponemos que se dé más apoyo a la actividad agrícola con mayor infraestructura de riego principalmente en nuestros países andino amazónicos, y las zonas de nuestros continentes hermanos de África, Asia y Oceanía y se usen diversas técnicas de “acopio y cosecha de agua”, que aumente la producción agropecuaria y agro-industrial, en base a la promoción de alimentos sanos, orgánicos y diversos, como solamente nuestra tierra puede brindar; el comer sano no tiene que ser tan costoso.
Planteamos erradicar toda práctica de manipulación genética con productos alimenticios y animales, que sirve a todo ser vivo, ya que mediante técnicas de Ingeniería genética se privilegia la productividad y la ganancia de las Transnacionales, sin medir las consecuencias y el peligro que causan a la Salud humana, así como las secuelas en el corto y mediano plazo para la vida de todas las especies, puesto que los llamados “alimentos transgénicos” representan un grave peligro para el mundo de la alimentación, sobre todo para el Perú que posee  algunos  germoplasmas o almacén genético del planeta, esto último no puede ni debe ser patentado, controlado y manipulado por las Corporaciones Multinacionales y hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.
Proponemos un cambio de la matriz energética para el uso Industrial y humano en general, que hoy se basa en los combustibles fósiles como la petrolera, la gasífera o los Biocombustibles, reemplazándola por una industria en base a energías alternativas limpias, como la energía hidráulica, solar, la energía eólica y  otras. Así mismo promover é impulsar la medicina alternativa, natural y  de productos que nos prodiga la rica biodiversidad andina-amazónica y universal.
Proponemos que los bienes y recursos naturales sean administrados por las propias comunidades y pueblos originarios, garantes ancestrales de preservarlas también para las futuras generaciones ya que muchos de ellos NO SON RENOVABLES Y LA VORACIDAD DE LAS TRANSNACIONALES A LA VEZ QUE LOS AGOTAN RÁPIDAMENTE DEJAN UNA CADENA DE CONTAMINACIÓN Y POBREZA EN NUESTROS PUEBLOS, de esta manera la toma de decisiones en materia económica será decisión soberana de millones y millones de seres humanos del planeta tierra y no tan solo de unos cuantos cientos como en esta COP20.
Proponemos que los representantes de los países emisores en alto grado de gases de efecto invernadero no solo reduzcan sus emanaciones en un 95%, sino también deben comprometerse a desmantelar y/o eliminar sus armas de destrucción masiva, nucleares, químicas, biológicas, así como sus tecnologías que afectan el equilibrio ecológico y ambiental, como las diversas contaminaciones: electromagnéticas, sonoras, visuales, de residuos sólidos, líquidos y químicos, etc. causantes de la destrucción de la vida humana, animal y la Madre tierra.

EL CAMBIO CLIMÁTICO SE PUEDE REVERTIR, aún estamos a tiempo; podemos lograr que el planeta vuelva a su equilibrio natural; la lucha contra el cambio climático no debe ser utilizada para vivir de él con jugosos presupuestos económicos, o con llamados  miserables bonos de carbón; no se trata de adaptarnos o acostumbrarnos al cambio climático, ni tampoco al capitalismo, que lo ha provocado, porque de continuar así, TERMINARÁ CON TODO SIGNO DE VIDA  SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA Y CON LA EXISTENCIA DE NUESTRA MADRE TIERRA.
¡Por el agua, la vida, los derechos del pueblo trabajador 
y la Madre Tierra !
ASAMBLEA NACIONAL DE LOS PUEBLOS DEL PERÚ Y EL TAWANTINSUYU ANPP-T
Lima, diciembre del 2014.