viernes, 13 de julio de 2012

Otra comunicación está entre los silenciados, ninguneados e invisibilizados, por ejemplo, las mujeres campesinas e indígenas


Córdoba se Mueve - En la Construcción de un Movimiento Político se refiere, en “Monsanto para todos y todas”, al discurso pronunciado por la Presidenta en el Council de las Américas sobre su orgullo de que Monsanto se expanda en Argentina. “Mientras el gobierno nacional, con la total complicidad de los gobiernos locales, festeja los anuncios por una inversión de 1500 millones de pesos por parte de la empresa líder en agronegocios, en Córdoba, en el marco del primer juicio por fumigaciones con agrotóxicos, las Madres de Barrio Ituzaingó Anexo denuncian cómo se empeña el futuro de nuestros y nuestras hijas con el ejemplo lamentable de 200 casos de cáncer, vecinxs enfermxs, la mayoría con leucemia, lupus, púrpura, infecciones en la piel, alergias y asma. Claro está, enfermedades que poco importan al capital nacional o extranjero si de ganancias se trata. (…)

La lucha contra esta multinacional se extiende a lo largo y ancho del mundo (India, Sudáfrica, Malí, EEUU, Guatemala, Brasil, Perú, Haití, Francia, España, Alemania, etc.). Sin embargo, haciendo oídos sordos, la continuidad y profundización del agronegocio –como el de la megaminería- intenta disfrazarse de progreso desde el discurso oficial. Hablan de la buenaventura del desarrollo tecnológico, de la investigación, del ingreso de dólares y de los puestos de trabajo. Pero en la práctica, no es más que el devenir de un modelo agroexportador que comenzó a consolidarse hace 16 años cuando el gobierno de Menem autorizó la siembra de soja transgénica con uso de agrotóxicos.

El anuncio de las inversiones se presenta en “sintonía fina” con los 7 millones de hectáreas que se extendieron desde la asunción de los Kirchner al gobierno, que hoy representan el 56% de la tierra cultivada en argentina. En nuestra provincia, con la sanción de una Ley de Bosques que permite a los empresarios del agro seguir talando el escaso 5% de bosque nativo que queda. Y, por supuesto, con el PEA 20-20 (Plan Estratégico Agroalimentario) que contempla el aumento de la producción transgénica en volumen (58%) y superficie de cultivo (27%); que lógicamente tendrá un profundo y negativo impacto en el complejo sistema productivo de nuestro país, al consolidar el modelo de país extractivo-exportador basado en la agricultura industrial, pools de siembra, agrotóxicos, monocultivos, despoblamiento rural y enormes ciudades insustentables, avanzando a sangre y fuego en la frontera agrícola hacia territorios donde hoy las comunidades campesinas e indígenas están resistiendo desalojos (...)”.

El PEA persigue intensificar la agricultura industrial y desprecia a los campesinos y a la soberanía alimentaria. Veamos cuán valioso es aprender de:

Mujeres: gestoras de la  soberanía alimentaria
Por Irene León y Lidia Senra
La alimentación, que es indisociable de la supervivencia humana, ha evolucionado mediante un largo proceso de investigación y creación, históricamente encabezado por las mujeres.  Ellas han experimentado; hibridado semillas; seleccionado lo comestible y lo no comestible; preservado alimentos; inventado y refinado la dietética, la culinaria y sus instrumentos.  A través de esto han generado uno de los más importantes referentes de cada una de las culturas y sociedades.  Y no es poco decir: ellas alimentan al mundo. La visión que hombres y mujeres han ido construyendo de la agricultura no es la misma.  La desigual distribución de poder de gestión y de propiedad de la tierra favorable a los hombres respecto a las mujeres, fruto de las desigualdades de género, no naturales, sino sociales, contribuye a esta visión y posición que adoptan. Las mujeres (en general) han venido considerando la actividad agraria fundamentalmente como fuente de alimentación.  Y de hecho, las campesinas abastecen entre el 60 y el 80% de la producción alimenticia de los países más pobres y alrededor del 50% a nivel mundial. 

Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), en el mundo hay más de mil 600 millones de mujeres rurales, la mayoría agricultoras, que representan más de la cuarta parte de la población mundial:  - Las mujeres campesinas son las productoras de los principales cultivos básicos de todo el mundo: arroz, trigo y maíz, que proporcionan hasta el 90% de los alimentos que consume la población empobrecida de las zonas rurales. - En el África Subsahariana, las mujeres producen hasta el 80% de los alimentos básicos para el consumo familiar y la venta, ellas cultivan hasta 120 especies vegetales diferentes en los espacios libres junto a los cultivos comerciales de los hombres. - Las mujeres realizan del 25 al 45% de las faenas agrícolas en Colombia y Perú.  En algunas zonas andinas, las mujeres establecen y mantienen los bancos de semillas de los que depende la producción de alimentos. Los huertos domésticos que las mujeres mantienen  "...son, muchas veces, verdaderos laboratorios experimentales informales, al interior de los cuales ellas transfieren, favorecen y cuidan las especies autóctonas, experimentándolas a fondo y adoptándolas para lograr productos específicos y si es posible variados, que ellas están en capacidad de producir.  Un estudio reciente realizado en Asia ha mostrado que 60 huertos de un mismo pueblo contenían unas 230 especies vegetales diferentes.  La diversidad de cada huerto era de 15 a 60 especies" 1 . Gracias a la acumulación de conocimientos relativos a la práctica agrícola, a la previsión productiva, al procesamiento y distribución, las mujeres, aún en contextos de pobreza extrema, no solo alimentan a la humanidad sino que mantienen patrones de consumo congruentes con el cuidado de la tierra y la colectividad.  Sin embargo, al momento de definir las políticas agrícolas y alimenticias esta es una consideración de último rango, pues en el mundo del rey mercado, ellas apenas mantienen el dominio del 1% de las tierras agrícolas. La FAO registra que menos del 10% de las agricultoras de India, Nepal y Tailandia poseen tierras.  Según este organismo, el análisis de los sistemas de crédito en cinco países africanos reveló que las mujeres recibían menos del 10% del crédito concedido a los pequeños agricultores. 
Es más, desde 1970, el total de mujeres rurales que viven en condiciones de pobreza se ha duplicado, incrementando la "feminización de la pobreza". Las desigualdades de género en el mundo rural se ubican entre las más crudas de las relaciones sociales que afectan a la sociedad y en especial a las mujeres, cuya invisibilidad histórica llevó a que su propia existencia como sujetos tan solo empezara a ser reconocida en el último cuarto del siglo pasado. Hasta ahora, aunque han sido adoptadas significativas políticas en distintas esferas, en la práctica, la discriminación en el mundo campesino y en el de la alimentación se mantiene casi intacta, especialmente porque las mujeres no son consideradas aún ni actoras econó- micas, ni productoras de conocimientos, ni sujetos sociopolíticos integrales. 
Enfoques opuestos 
Para las mujeres campesinas, la propuesta de la soberanía alimentaria es consubstancial a su propia existencia y definición social, pues su universo ha sido históricamente construido, en gran parte, en torno al proceso creativo de la producción alimentaria.  Su reto actual, es hacer que al construir esta propuesta, queden atrás los prejuicios sexistas y que esta nueva visión del mundo incluya a las mujeres, las reivindique, y les permita la opción de ser campesinas en pie de igualdad. No obstante, la ideología patriarcal es la columna vertebral de las tendencias capitalistas que apuntan a la premisa de que hay que producir más, lo que equivale a depredar más, y desarrollar tecnologías, como las resultantes de la biogenética, para maximizar la rentabilidad.  Las lógicas que subyacen en esta visión de la producción para el comercio y la exportación, son diametralmente opuestas a aquellas que nutren las propuestas y prácticas de autosustento, desarrolladas a través de los tiempos por las mujeres; son también la antítesis del concepto de soberanía alimentaria, pues cuando el mercado decide sobre las políticas agrícolas y las prácticas alimentarias que resultan de ellas, los pueblos apenas tienen el papel de consumidores y, en algunos casos, de empleados, no de tomadores de decisiones. Desde hace decenios, las organizaciones campesinas y ecologistas han sustentado y comprobado que la actual producción de alimentos es más que suficiente para alimentar a todas y todos.  Insisten en que hay que cambiar los patrones de producción y consumo de los países ricos y establecer una distribución igualitaria de los bienes alimenticios, destacando, además, la ligazón entre buena alimentación y salud.  Pero las políticas internacionales -basadas en las consecuencias y no en las causas- continúan enfocando problemas y soluciones aisladas. De hecho, todo indica que resolver el problema del hambre y la alimentación a través de los mecanismos mercantiles es imposible.  Al mantener las diferencias estructurales y la mala distribución intactas, nada indica que los ingresos potenciales de las personas consumidoras vayan a mejorar.  Más bien las tendencias apuntan hacia una mayor polarización de las desigualdades. 
Formular una perspectiva de género 
El reto que plantea la Comisión de Mujeres de la Vía Campesina, de formular de una perspectiva de género para la soberanía alimentaria, es muy grande, pues está ineludiblemente asociada a la vindicación de una de las áreas de producción y conocimientos más devaluadas socialmente, e incluso asociada al confinamiento de las mujeres: la producción de alimentos. Desconociendo los siglos de investigación, creación, y producción de conocimientos que ellas han realizado, la división patriarcal del trabajo ha rescindido el valor de estas creaciones, haciendo de ellas un terreno de exclusión.  El reivindicarlas implica una amplia agenda de reparaciones que aluden directa mente a la transformación de las relaciones de desigualdad entre los géneros en todas las esferas.  Por tanto, sus demandas no se restringen a las dinámicas productivas sino que abarcan el conjunto de relaciones sociales inherentes, precisamente, a la soberanía, la autodeterminación y la justicia de género. Las mujeres campesinas consideran que han de estar atentas y muy vigilantes sobre como se implementan las políticas para asegurar la soberanía alimentaria, pues si estas políticas avanzan sin la presencia de las mujeres campesinas en los lugares de toma de decisión, tanto en las organizaciones como en las instituciones, se corre el peligro de que las campesinas sigan estando discriminadas respecto a la soberanía alimentaria.  Ello implica analizar los contenidos y los instrumentos de las políticas que han de desarrollarse, así como profundizar en las alianzas con las organizaciones de mujeres, como por ejemplo con la Marcha Mundial de las Mujeres. Al colocar al centro de sus reivindicaciones el derecho humano a la alimentación, las campesinas abogan por la reorientación de las políticas alimentarias en función de los intereses de los pueblos, lo que apela a la refundación de valores colectivos y la revalorización de cosmovisiones integrales.  Para encaminar este propósito, ellas enfatizan en la reivindicación de la igualdad de género en el conjunto del planeamiento y toma de decisiones relacionadas con el agro y la alimentación.  Ello se expresa, entre otros, en la lucha que llevan por establecer la paridad en todas sus organizaciones, y propiciarla en otras instancias de decisión. 
Irene León, socióloga ecuatoriana, es miembro de ALAI.  Lidia Senra es Secretaria General del Sindicato Campesino Gallego y miembro del Comisión Internacional de la Vía Campesina. Fuente: http://alainet.org/images/alai419w.pdf

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