domingo, 21 de mayo de 2017

I. El Mayo de 1810 y el de 1969 nos interpelan a recuperarlos.

 Nos convencen de percibir  
qué mundo es el capitalista
y atender propuestas de cambio 
de los pueblos o sus organizaciones.


Analicemos: "el carácter extremo no sólo de los proyectos energéticos sino también de las infraestructuras y finanzas que demanda la reproducción del capitalismo globalizado".

Boletín digital Extremas "Nuevas fronteras del extractivismo energético en Latinoamérica"

Presentamos el boletín digital Extremas. Nuevas fronteras del extractivismo energético en Latinoamérica, que reúne artículos publicados entre setiembre y diciembre de 2016 en la web de Oilwatch Latinoamérica.
A través de este boletín se intenta poner en diálogo diferentes abordajes sobre la energía extrema, aportar elementos para la crítica de la civilización fósil y reafirmar la convicción en la imperiosa necesidad de construir alternativas.
Ojalá estemos a la altura de esos objetivos.
¿Qué entendemos por energía extrema?
Aún están frescas las imágenes del incendio de la plataforma Deepwater Horizon, cuando perforaba el pozo Macondo en el Golfo de México, en abril de 2010. La explosión dejó once trabajadores muertos y, después de más de tres meses de intensas labores, la petrolera BP logró controlar la situación. Para entonces habían sido vertidos al mar Caribe más de 700 millones de litros de crudo y otros varios millones más de litros de agua de formación. La magnitud del desastre expresa los riesgos que conllevará la ampliación de la frontera extractiva y tecnológica, y es lo que analistas como Michael T. Klare han denominado “energía extrema”. Este concepto se refiere no sólo a las características de los hidrocarburos, sino también a un contexto en el que la explotación de gas, crudo y carbón entraña cada vez mayores riesgos geológicos, ambientales, laborales y sociales; además de una alta accidentalidad comparada con las explotaciones tra - dicionales. La era de los hidrocarburos fáciles de extraer está llegando a su fin, si no lo ha hecho ya.
Los objetivos de empresas y gobiernos para sostener la matriz fósil son las formaciones sedimentarias compactas, los crudos pesados y extrapesados, las arenas bituminosas e incluso la recuperación mejorada de hidrocarburos mediante la aplicación de desarrollos biotecnológicos en pozos agotados. En el mismo combo aparecen los yacimientos en el mar, cada vez más alejados de la costa, en aguas más y más profundas, que son extraídos, en algunos casos, luego de atravesar gruesas capas de sal. También estos yacimientos están conociendo las “delicias” de la fracturación hidráulica, para revertir la caída de la “producción”. Y el carbón alojado en las profundidades de la tierra, inaccesible para la minería convencional, despierta el interés de gobiernos y empresas, del mismo modo que el gas allí contenido. Miles y miles de toneladas de carbono que serían lanzadas a la atmósfera si esos hidrocarburos son extraídos e inyectados al mercado energético y la industria petroquímica para extender la decadencia de la civilización fósil.
Otra característica de este modelo de extracción extrema es que en muchos casos se trata de gas, crudo y carbón a los que se accede ampliando la frontera extractiva sobre tierras campesinas y de pequeños productores, aguas de pescadores artesanales y territorios indígenas y afrodescendientes. Una expansión acompañada de conculcación de derechos, que da lugar a desplazamientos de población, desaparición de saberes y culturas, así como también a la muerte de economías locales y regionales. Es decir, constituye una amenaza contra la soberanía alimentaria y territorial de los pueblos. Una violencia simbólica y material que es intrínseca a la energía extrema, y que significa además una profundización de la violencia sobre los cuerpos y la Naturaleza no humana. No sólo por la irrupción en ecosistemas frágiles y por profundizar la degradación de los ya impactados, sino también por el empecinamiento en seguir apostando a la matriz energética responsable de la crisis climática y el calentamiento global.
Esta ampliación de fronteras hacia escenarios extremos implica además condiciones laborales de mayor riesgo. Quienes trabajan en esos proyectos no sólo están expuestos a condiciones meteorológicas rigurosas –como sucede en las operaciones en el Ártico o en alta mar– sino también a la toxicidad de los insumos químicos utilizados, por ejemplo, durante fracturación hidráulica, o en los desarrollos biotecnológicos diseñados para incrementar los niveles de extracción y los procesos de transformación de hidrocarburos; pero también a riesgos más altos de accidentes laborales, por ejemplo por explosiones. Por otra parte, el gas y el crudo alojados en yacimientos profundos y/o compactos, o ubicados en lugares remotos, demandan más infraestructura y despliegue logístico, tanto para llevarlos hasta la boca del pozo como para inyectarlos al mercado. Esto se traduce en la perforación de cientos y miles de pozos, el tendido de ductos, la instalación de compresores, tanques, etc.; en síntesis, una mayor ocupación territorial e industrialización de áreas rurales y del paisaje en general, y la expulsión de las poblaciones que no son funcionales al nuevo uso del espacio. A ello se suma que cada barril obtenido de estas explotaciones ha requerido un mayor consumo de energía, es decir, su rendimiento es menor. Además, demandó mayores recursos financieros que las explotaciones convencionales, que en muchos casos llegan a la compañía en forma de subsidios estatales, ventajas impositivas y precios sostén transferidos desde los bolsillos de la población.

Baja del precio del crudo y continuidad de los proyectos extremos
La caída sostenida del precio del crudo muy por debajo de los 100 dólares no se ha traducido en un automático golpe de timón de los gobiernos de la región en sus políticas petroleras, ni ha significado la inmediata inviabilidad de los proyectos de energía extrema en América Latina. Sin duda hay una desaceleración, pero en la medida en que no exista la decisión política y el nivel de movilización para avanzar en la desfosilización de la matriz energética y del modelo productivo (los hidrocarburos como insumo no energético), estos proyectos representan la nueva frontera ante el agotamiento global de los grandes yacimientos convencionales. Para seguir en carrera las empresas apuestan a reducir la cadena de costos, es decir, despedir o promover el “retiro voluntario”, bajar salarios, eliminar conquistas laborales (beneficios no financieros: descansos, calidad de la alimentación, etc.), eliminar intermediarios, desarrollar y aplicar innovaciones tecnológicas, entre otras variables. También desde el sector corporativo presionan para que los favorezcan con “políticas de incentivo” como subsidios, ventajas impositivas y precios internos superiores a la cotización internacional.

De esta manera se transfieren los costos financieros –además de los sociales y ambientales– a los usuarios, que pagan la energía y combustible más caros, como ocurre en Argentina. Por otra parte hay que tomar en cuenta que países como Ecuador y Venezuela han tomado préstamos de China respaldados con su crudo, lo que también define la marcha sostenida tanto sobre la Amazonía como sobre la Faja del Orinoco. En el caso de la República Bolivariana de Venezuela, son más de USD 46 000 millones en créditos.
 
Las fronteras extremas de América Latina
Si bien desde principios de la década y hasta entrado 2014 la mayoría de los países de la región, con más o menos intensidad y convicción, tenían a los hidrocarburos de lutitas y al fracking en sus agendas, esto no se ha plasmado en grandes avances en territorio. A nivel regional el fenómeno del shale sólo ha tenido impacto masivo, o relativamente masivo, en Argentina con Vaca Muerta, mientras que en México, el otro país estrella, ha sido menor, y en Colombia hay un firme interés de las autoridades en avanzar en esa dirección. Sin embargo, tampoco significa que haya desaparecido el interés por las formaciones compactas, el desarrollo de campos de tight sands ha cobrado impulso tanto en Argentina, como en México y el extremo sur de Chile. Los costos de producción en arenas compactas son considerablemente menores que los del shale, lo que las vuelve particularmente atractivas para las empresas. Por otra parte, una frontera que no cesa de ampliarse en la región es la off shore.
Brasil desde el descubrimiento del presal, hace una década, apuesta fuertemente a su explotación, incluso las autoridades no le han dado mayor importancia a los bloques con potencial en crudo y gas de lutitas. Éstos tampoco despertaron el interés de las empresas en las últimas rondas de concesiones petroleras. La impetuosa convicción de avanzar hacia el mar emerge también en el conflicto que se suscitó en 2015, cuando el gobierno federal intentó flexibilizar los sistemas de licenciamiento ambiental para las explotaciones costa afuera, una reforma que fue resistida por los trabajadores de las agencias de control ambiental. Hay que tener en cuenta que en el caso del presal los hidrocarburos se alojan a una profundidad cercana a los 7.000 metros; allí se concentraría el 90 % de las reservas petrolíferas probadas y el 77 % de las gasíferas. En el mismo sentido, la francesa Total perforó en 2016 un pozo en la plataforma marítima uruguaya, a 200 kilómetros de la costa. Si bien no se conoce la profundidad final, proyectaba atravesar 3400 metros de “columna de agua” y otros 3000 bajo el lecho oceánico en busca de hidrocarburos. Un proyecto extremo que marca un hito en la región, en un país que carece de antecedentes de explotación de hidrocarburos.
También Colombia avanza sobre yacimientos en aguas profundas del Mar Caribe, al igual que Nicaragua y Honduras. Chile, por su parte, a raíz de perforaciones exitosas realizadas por la estatal ENAP, apunta a consolidar sus desarrollos offshore en el Estrecho de Magallanes, al igual que ampliar las explotaciones de bloques de tight gas en la isla de Tierra del Fuego. En tanto los crudos pesados y extra pesados son centrales en países de la región como Venezuela, con la Faja del Orinoco, y Colombia, en la región de los llanos. Por otra parte, más allá de las características de los hidrocarburos y de las formaciones que los contienen, tanto la Amazonía como el Chaco Sudamericano constituyen la nueva frontera por excelencia para Bolivia, Colombia, Ecuador, Paraguay y Perú, avances que se concretan, en muchos casos, sobre territorios de pueblos indígenas, comunidades campesinas y áreas naturales protegidas. Detrás de los discursos de salvación o abundancia con que son promocionados los diferentes proyectos de energía extrema en nuestros países, están las otras realidades arriba mencionadas. Con estas líneas damos apertura a una serie de artículos sobre el carácter extremo no sólo de los proyectos energéticos sino también de las infraestructuras y finanzas que demanda la reproducción del capitalismo globalizado.
Anular el espacio 
a través del tiempo
Infraestructuras extremas y
expansión del capitalismo global
Por Nicholas Hildyard (The Corner House Reino Unido) Traducción a cargo de Nancy Viviana Piñeiro .
No caben dudas de que la industria de los combustibles fósiles emplea métodos cada vez más extremos –tanto en términos tecnológicos como de opresión humana y ambiental– para asegurarse de que contará con el petróleo, el gas y el carbón necesarios para que sigan girando las ruedas de la acumulación de capital: de allí la expresión “energía extrema”.
Sin embargo, ese tipo de “producción extrema” no es exclusiva del sector energético; para extraer los minerales que necesitan, también las compañías mineras se ven forzadas a ampliar las fronteras hacia áreas remotas, en las cuales la naturaleza es intransigente (el medioambiente tiene sus propias formas de rechazo, no cooperación y resistencia). Esto, a su vez, requiere de nuevas formas de “tecnología extrema” y “finanzas extremas” para arrebatarle los minerales al suelo. Los fabricantes no están menos atrapados: para explotar mano de obra barata deben trasladar la producción a zonas cada vez más alejadas de los puntos de consumo, lo que supone una “infraestructura extrema” para acelerar el proceso de intercambio y, junto con él, la obtención de ganancias. Nada de lo anterior sucede sin resistencia, tanto del ser humano como de la Naturaleza. Aunque las formas extremas de producción señalan el rumbo que deben tomar las formas globalizadas del capital para expandirse, la trayectoria final no está escrita en planes maestros elaborados por los ejecutivos de la industria petrolera o minera ni se definirá en deliberaciones intergubernamentales; tampoco se inscribirá en una supuesta lógica aplanadora del capitalismo global, cuya coherencia nunca es tan coherente como proyectan sus teóricos. Esa trayectoria la determinarán los distintos modos de interacción que se den entre los planes mencionados y otros agentes, humanos y no humanos, en el presente y en el futuro. Por lo tanto, puede que una mejor comprensión de las fuerzas sistémicas y las alianzas políticas ad hoc que impulsan la “producción extrema” sea de utilidad para los activistas que luchan contra la “extracción extrema” en sus distintas formas, identificando vinculaciones potenciales con otras luchas y revelando algunas de las indudables vulnerabilidades que suponen para el capital.
 
Corredores de infraestructura
Un área que tal vez valga la pena explorar es cómo en la actualidad el capital presiona por la creación de “corredores de infraestructura”; un motivo no menor para estudiar este aspecto es que allí confluyen para hacer causa común distintas vertientes de la “producción extrema”: desde compañías de petróleo y gas a conglomerados mineros y de agronegocios y fabricantes que deslocalizan su producción. Ningún continente (habitado) queda excluido. Desde África hasta Asia y desde el Ártico hasta América del Sur, se han diseñado planes maestros de infraestructura para reconfigurar masas terrestres enteras (y los mares que las conectan) y convertirlas en “centros de producción y distribución”, “zonas de tránsito”, “corredores de desarrollo”, “zonas de exportación”, “iniciativas de desarrollo espacial”, “interconectores” y “terminales logísticas intermodales”. Algunos de esos planes son de escala nacional, otros son regionales y los hay continentales e incluso de escala casi global. En África se ha iniciado la construcción de más de 30 corredores, principalmente para permitir la extracción de productos agrícolas y minerales. La mayoría están “anclados” en proyectos mineros, pero muchos tienen como ramificaciones secundarias corredores agrícolas auxiliares o desarrollos turísticos.

En el sur de África ha comenzado una carrera para construir las rutas que conformarán el corredor más corto posible hasta el mar, desde Copperbelt, en Zambia, y Katanga, una provincia de la República Democrática del Congo rica en minerales. Además, se prevén corredores para mineral de hierro, cobre, carbón, níquel y otros recursos en el norte y centro de Mozambique, Botsuana, Ghana, Liberia y Sierra Leona. No son menos ambiciosos los planes que hay en el tablero para América del Sur. En la actualidad, se han identificado unos 579 proyectos, con un costo estimado de USD 163 000 millones, de los cuales el 89 % incluye caminos, aeropuertos, puertos, vías navegables y esquemas de transporte “multimodales”; 9 % son proyectos energéticos y el resto, infraestructura de comunicaciones. De ese total, se han completado 107 proyectos y 169 están en construcción; el resto se halla en etapa de planificación. Todos los países asiáticos tienen planes similares. En Indonesia, se promueven seis corredores en el marco de un plan ambicioso de 15 años, por un monto de 1 billón de dólares: el Plan Maestro para la Aceleración y Expansión del Desarrollo Económico de Indonesia. Se prevén más de 1000 proyectos de infraestructura y logística, que incluyen caminos, vías férreas (sobre todo para transportar carbón), aeropuertos y puertos.
Cada uno de los seis corredores de interconexión se centra en el desarrollo de industrias claves o recursos naturales (en especial, carbón y aceite de palma) mediante aglomerados industriales y Zonas Económicas Especiales (ZEE). También hay planes en marcha para corredores marinos que conectarían las islas del archipiélago indonesio. Se estima la militarización de las rutas marinas propuestas y la exclusión de pescadores locales. Pero la estrella de estos intentos de anular tiempo y espacio (y, según sostienen algunos, de las luchas actuales por la hegemonía regional) es el programa chino “One Belt, One Road” (“Un cinturón, una ruta”, OBOR, por su sigla en inglés), anunciado oficialmente en 2013. El programa abarca 60 países (es decir, podría incluir a la mitad del mundo) y su propósito es crear una red de zonas de libre comercio conectadas por corredores terrestres y marinos que se extienden desde el Pacífico hasta el Mar Báltico. Su “cinturón” (según denominación oficial, “Nuevo Cinturón Económico de la Ruta de la Seda”) está compuesto por cuatro corredores terrestres; entre todos conectarían China con Asia Central, Rusia, Europa, el Golfo Pérsico, el Sudeste Asiático y el Océano Índico. La “ruta” es en realidad un corredor marino (la “Ruta Marítima de la Seda del Siglo XXI”) diseñado para unir la costa de China con Europa por vía del Océano Índico y el Pacífico Sur. El corredor no incluiría solamente el transporte sino, se supone, la explotación minera del lecho marino en el Océano Índico.
Eliminar espacio y tiempo
Existen múltiples dinámicas sociales, ecológicas y políticas que subyacen a este auge de los corredores, pero hay un conjunto de factores que se destaca. Estos se originan en un problema que en el mundo de las finanzas algunos llaman “desconexión producción-consumo”. Surge, en parte, de economías de escala que han posibilitado la extracción de depósitos de materias primas para la producción industrial que se encuentran en lugares remotos; en parte, de las distancias cada vez mayores entre esos depósitos y las industrias donde los recursos extraídos se transforman en bienes de consumo; y, en parte, de las distancias entre esos sitios de producción y los lugares donde habita la “clase consumidora global”. El problema no es nuevo. Hace casi 150 años, Karl Marx reveló que cuanto más se expande el capital, mayor es su necesidad de mejorar la infraestructura para “la anulación del espacio por el tiempo”.1 Esa realidad continúa siendo un desafío central para la planificación de infraestructura en aquellos espacios que aspiran a ser politburós globales, como el Banco Mundial. Aunque en su emblemático informe sobre el Desarrollo Mundial del año 2009, titulado Una nueva geografía económica no se mencione a Marx (el resumen de su política es: “Ningún país ha alcanzado la riqueza sin transformar la distribución geográfica de su población y producción con fines de acceso al mercado”), “la anulación del espacio por el tiempo” es el leitmotiv que recorre sus 380 páginas. La distancia es un tema clave, definido por el Banco no en términos euclidianos, sino como medida de tiempo y dinero y, puntualmente, como “la facilidad o dificultad con que bienes, servicios, mano de obra, capital, información e ideas viajan a través del espacio”. La distancia es importante porque también lo es el tiempo. Y este es importante porque cuanto más rápido puedan producirse los productos básicos, mayores serán las ganancias para los capitalistas individuales y más marcada será su ventaja competitiva sobre los rivales.
Para superar las deseconomías del espacio, es necesario construir barcos, camiones, trenes, barcazas y aviones de carga más potentes y eficaces. A su vez, estos requieren de una “infraestructura extrema” en forma de sistemas ferroviarios y puertos ampliados o mejorados y caminos más anchos, puentes más grandes, canales más profundos, ríos más rectos y pistas de aterrizaje más largas. Las economías de escala en transporte que resultan de tales procesos estimulan más economías de escala en producción (y viceversa), así se reducen los costos de las materias primas y los productos terminados, se estimula la demanda y se desencadena otra serie de presiones para reducir los costos comprimiendo tiempo y distancia. De este modo, una ola de innovación genera presiones para que haya más innovación. A medida que se desarrollan formas de transporte más grandes y veloces y los costos de mover los bienes disminuyen en comparación con otros costos, se reconfiguran las geografías de extracción de materias primas y de producción. Las compañías tienen más opciones a la hora de elegir dónde ubicar sus fábricas, y cada vez son más capaces de trasladarse a cualquier parte del mundo en búsqueda de mano de obra barata, regímenes impositivos favorables o entornos de escasa regulación.

El capital puede fragmentar cada vez más los procesos productivos en un grado nunca antes visto, y trasladar la producción más y más lejos, a áreas que prometen mayores ganancias, aun si estas se encuentran a miles de kilómetros de los principales puntos de consumo. De igual modo, existen fuentes de materias primas remotas que se vuelven comercialmente viables. Hasta la década de 1950, por ejemplo, los altos costos del transporte de mineral de hierro (por lo general, el 60 % de los costos de producción) hacía que las plantas de acero tuvieran que situarse cerca del punto de extracción del mineral. Pero hacia los años 60, los desarrollos en el transporte permitieron que sea competitivo para la industria siderúrgica japonesa transportar enormes volúmenes de mineral de hierro desde Australia, a una distancia de 8000 kilómetros. Hacia los años 80 se fabricaron buques de carga que duplicaban en tamaño a los anteriores; esto permitió que Japón importara hierro desde la nueva mina de Carajas, en el Amazonas brasileño, a una distancia de 19 300 km, “por menos dinero del que necesitaba la US Steel para transportar su mineral de hierro por los Grandes Lagos” (Bunker y Ciccantell, 2005). En la actualidad, las distancias entre puntos de producción y puntos de consumo suelen ser enormes, y suponen múltiples viajes y formas de transporte. Por ejemplo, para producir una computadora de escritorio estándar se ensamblan unos 4000 componentes fabricados por hasta 250 proveedores diferentes, cuyas variadas fábricas se encuentran, probablemente, esparcidas en áreas de mano de obra calificada barata, sobre todo, en Asia.

Al mismo tiempo, esos componentes dependen de minerales extraídos por todo el mundo. Sólo el revestimiento de un monitor común contiene componentes fabricados a partir de azufre, zinc, plata, bauxita, oro y una serie de minerales cuyos nombres los conocen únicamente los mineralogistas: alunita, azurita, boronita, enargita, cerargirita, rejalgar y tetraedrita; todos ellos extraídos o procesados en países que suelen estar a miles de kilómetros del lugar donde se ensamblará la computadora, y mucho más lejos de donde se va a comprar y utilizar. Para exprimir ganancias de lugares de producción tan dispersos geográficamente, las compañías han venido adoptando con mayor frecuencia los sistemas de inventario “justo a tiempo”; un motivo no menor es reducir los costos de almacenamiento tradicionales. Para ello, utilizan con eficacia camiones, trenes y barcos como depósitos móviles. Así, una demora en el transporte de componentes puede ocasionar grandes pérdidas económicas. De modo similar, las economías de escala que hacen que minas como la de Carajas en el Amazonas sean comercialmente viables necesitan “enormes depósitos de mineral de alta calidad para llenar los barcos con regularidad y con una demora mínima en puerto” (Bunker y Ciccantell, 2005). En los cálculos de las cadenas mundiales de fabricación, “cada día en viaje marítimo, en el que un país dista del importador, reduce la probabilidad de traer bienes manufacturados de ese país en un 1%” (Banco Mundial, 2009).
Finanzas extremas
En la actualidad, las presiones combinadas de las economías de escala, la deslocalización de la producción, la extracción de petróleo, gas y minerales de áreas cada vez más remotas, el crecimiento de la “clase consumidora global” y los sistemas de entrega “justo a tiempo” inciden en el auge de los corredores.
Pero la infraestructura extrema es costosa: necesita “finanzas extremas”. Muchos de los proyectos individuales y, ciertamente, los esquemas más amplios en su totalidad necesitan más recursos de los que pueden obtenerse mediante las formas clásicas de infraestructura financiera. Tomemos por caso los proyectos mineros que se planifican como inversiones ancla para gran parte de los corredores en África. En el pasado, las compañías mineras, por lo general, financiaban la infraestructura especial que conectaba “de la mina al puerto” a partir de sus propios balances, si bien solían obtener garantías de bancos de desarrollo multilaterales y exenciones impositivas y otros subsidios de los estados. Pero eso ha dejado de ser una opción para la mayoría de las nuevas minas. Las rutas son demasiado extensas y la escala de la infraestructura, demasiado costosa, sobre todo para las minas pequeñas y medianas, como para que un único operador la financie por sí mismo. Un estudio de la Corporación Financiera Internacional del Banco Mundial detectó solo un proyecto minero “financiable” como proyecto puramente privado (di Borgo, 2012). Los costos también superan las posibilidades de muchos gobiernos nacionales y bancos privados, incluso cuando operan en conjunto. Si bien algunos proyectos podrían financiarse incluyendo fuentes de financiamiento multilaterales, como el Banco Mundial, estas no podrían cubrir todos los proyectos que necesita el capital para su “anulación del espacio por el tiempo”. En el mundo existe una enorme brecha entre el financiamiento disponible para infraestructura nueva y los montos que supuestamente se necesitan. Algunos calculan que deberán recaudarse entre 50 y 70 billones de dólares hasta el año 2030, de los cuales el 37 % sería para obras de infraestructura en paí- ses emergentes. Eso equivale a conseguir entre 0,5 y 1,5 billones por año, por encima de lo que se está gastando en la actualidad, y eso únicamente para caminos, vías férreas, puertos, aeropuertos, vías marítimas y telecomunicaciones. Escuelas, hospitales y otro tipo de infraestructura social se considera por separado. El déficit sólo en el sector de transporte se estima en USD 260  000 millones por año hasta 2030. El déficit en el sector energético es aun mayor: unos USD 530 000 millones por año (OCDE, 2015). Un estudio realizado para la reunión de líderes del G20 en 2015 fue contundente: “Las fuentes tradicionales de financiamiento no serán suficientes para superar estos déficits de financiamiento” (Banco Mundial et al, 2015).

Al igual que en el pasado, el capital no tiene muchas otras opciones más que tratar de extender los recursos de financiación de los que puede valerse. La sociedad por acciones, por ejemplo, surgió en parte para recaudar las grandes sumas de dinero necesarias para financiar la infraestructura en la década de 1860 (como señaló Marx, sin la sociedad por acciones “el mundo carecería todavía de ferrocarriles”, le hubiera llevado demasiado tiempo a cualquier capitalista individual acumular el capital necesario para su construcción). Así también surgieron los bancos multilaterales de desarrollo y los préstamos de consorcios bancarios para financiar la infraestructura poscolonial en el Sur Global. Hoy, el capital debe moverse de manera similar para aprovechar nuevas fuentes de financiamiento –en esta instancia, mercados de capitales más amplios– si quiere evitarse su implosión.
 De allí las nuevas alianzas que construyen las compañías de petróleo y gas, las mineras y otras, con nuevos actores financieros, en especial, fondos de capital privado. De allí también que los gobiernos rediseñen la infraestructura financiera para hacerla más atractiva a los ojos de inversores privados garantizando flujos de ingresos, brindando compensaciones por nuevas leyes que pudieran afectar las ganancias, y otras medidas similares. Lo anterior también explica el auge de las alianzas público-privadas para cada uno de los corredores propuestos, y de hecho cada vez más importantes para el financiamiento de proyectos individuales de “energía extrema”), que son al mismo tiempo un incentivo para los inversores privados y la piedra angular sobre la que pueden construirse otras formas extractivas de financiamiento.2 La incapacidad de obtener las sumas necesarias por parte de los inversores genera una gran vulnerabilidad para los corredores que necesita el capital y, como tal, ha convertido al financiamiento de “infraestructura extrema” en un potente escenario de lucha incipiente. Esto podría ofrecer espacio para nuevas alianzas entre quienes cuestionan los corredores, los proyectos de “energía extrema” y otras formas de “extractivismo extremo”. Para las personas cuyos modos de vida no se organizan en torno a sistemas de distribución “justo a tiempo”, sino que se basan en el derecho colectivo de sobrevivir, no caben dudas de que vale la pena explorar más a fondo las vinculaciones mencionadas.
1 En: Marx, Karl (1980). Elementos fundamentales para la crítica de la economía política: (Borrador) 1857-1858, Volumen 2. Siglo XXI (N. del E.).
2 El autor hace referencia a la creación de nuevos productos financieros para extraer ganancias, como los “bonos para proyectos” o los préstamos agrupados (N. de la T.).
La biotecnología al servicio 
del extractivismo
Por Felipe Gutiérrez Ríos (Observatorio Petrolero Sur Argentina)
La manipulación de organismos vivos en laboratorios para contribuir al sostenimiento del modelo de agronegocio es un hecho conocido, las semillas transgénicas son una realidad no deseada. En cambio poco se sabe sobre desarrollos de biología sintética aplicables a la extracción de hidrocarburos. Recientemente el Grupo ETC publicó un informe sobre el tema, cuyas consecuencias aún resultan difíciles de mensurar. Entrevistamos a Verónica Villa, integrante de esa organización, quien nos explica cómo los laboratorios que realizan tales investigaciones pasaron de ser críticos de la civilización petrolera a transformarse en un sostén de esa industria. Poco a poco, desarrollos de la biología sintética orientados a la extracción o procesamiento de hidrocarburos son aplicados de manera experimental fuera de los laboratorios, a pesar de que sus impactos son difíciles de medir. Este tema, que ha logrado pasar desapercibido para la mayoría de los movimientos sociales y órganos regulatorios, fue abordado por el Grupo ETC, que trabaja a nivel global y que en América Latina tiene base en México. Uno de los objetivos de esta organización es investigar las nuevas tecnologías, sobre todo agrícolas, y sus impactos sobre los pueblos. Ejemplo de ello es La biología sintética y las industrias extractivas, informe que explora las nuevas formas de modificación genética y su cruce con las actividades extractivas, en particular con la industria petrolera. Verónica Villa, una de las responsables de la publicación en castellano, se refirió al trabajo realizado.
 –¿Qué es la biotecnología e históricamente para qué se ha empleado? –Quienes están en el negocio argumentan que las comunidades humanas siempre han usado las transformaciones biológicas, que todo es biotecnología, y que por ello no deberíamos ser tan críticos. Entonces una primera distinción, que a mí me gusta mucho hacer, es que hay una biotecnología que corresponde a un desarrollo de las fuerzas productivas en bien de las comunidades; pero también hay un punto de quiebre en el que la biotecnología ha sido secuestrada, ha sido formada a imagen y semejanza del desarrollo capitalista. Ese es además un proceso que podemos encontrar en todo el avance de la ciencia y de la tecnología. Entonces, la biotecnología como la conocemos hoy en día está dominada por empresas privadas y está ocupándose de servir a negocios. Incluso cuando dicen que hay un desarrollo que va a ser muy bueno para la salud, resulta que está privatizado desde antes, y ya es inaccesible para la mayoría.
–Dentro de ese marco, ¿qué es la biología sintética o ingeniería genética extrema? –Lo sintético tiene dos acepciones. Por un lado se está refiriendo a algo que no es natural, como cuando dices esto es sintético, no es de algodón o de otra materia orgánica. Y la otra acepción se refiere a que es una síntesis de procesos. Entonces la biología sintética se llama así porque se está refiriendo a una biología a la que no le importa el curso de los procesos naturales en los metabolismos de los seres vivos, sino que mediante manipulaciones busca que esos metabolismos sigan el camino que se les indica para obtener un producto industrial, como puede ser un ingrediente activo. Ahí viene su relación con la ingeniería genética extrema: la biología sintética resume procesos, los altera, los manipula, los obvia. Un ejemplo puede ser la vainilla sintética. Tú puedes poner una levadura o un microorganismo a que fermente un líquido azucarado, sintetizando los procesos que haría la planta de vainilla para producir esos ingredientes activos y obtener un sustituto de vainillín, que es el ingrediente que brinda el sabor a la vainilla. Por eso también la biología sintética se ubica como una rama de la bioingeniería, porque asume premisas mecanicistas para manipular los seres vivos, todo esto asistido por computadoras.
 –¿Cómo se ha desarrollado la biología sintética, qué usos se le ha dado? –Las industrias involucradas en la biología sintética descubrieron el camino de sustituir compuestos botánicos por ingredientes biosintetizados para el mercado cosmético y farmacéutico. Eso implica, claro, desplazar todo ese primer eslabón de suministros de materias primas que, como sabemos, se encuentra muchísimas veces en comunidades agrarias. A eso nosotros le llamamos la segunda ola de la biología sintética. Y la tercera ola de la biología sintética es la que se refiere a ayudar a las industrias extractivas. Es muy curioso de ver, primero sus impulsores criticaban a la industria petrolera porque, según ellos, trataban de sustituir la suciedad de la economía petrolera. Y ahora resulta que se ponen a servirlos directamente.
Microbios para los hidrocarburos
Los pioneros de la biología sintética en un comienzo se vistieron de verde. El razonamiento era que se podía sustituir el petróleo con agrocombustibles de producción fácil, porque la celulosa de la biomasa sería predigerida por microbios alimentados con azúcar. También quisieron lograr un auge de biocombustibles derivados de algas. Los directivos de las compañías de biología sintética criticaban directamente la alta emisión de gases de efecto invernadero de los combustibles fósiles, según consigna el informe del Grupo ETC. “Alan Shaw, director ejecutivo de la compañía de biocombustibles de biología sintética Codexis, afirmaba que la tecnología de su empresa ‘posibilitaría la transición de una economía basada en el petróleo hacia la economía del azúcar’, y que ‘la biotecnología es la fuerza primordial de la transición de la dependencia del petróleo del siglo XX a lo que será la dependencia del azúcar en los siglos XXI y XXII’”. –¿Cómo se dio ese cambio de enfoque de la biología sintética, de ser crítica al petróleo a transformarse en su aliado? –En un primer momento, se dieron cuenta de que la demanda enorme de combustibles fósiles iba a ser imposible, en términos de masa crítica, de ser remplazada por combustibles de biomasa. En un segundo momento advirtieron que es más fácil imitar los productos de la petroquímica secundaria y patentarlos. Finalmente entraron al negocio de la extracción mejorada de hidrocarburos con microbios, con la novedad de que serían microbios manipulados genéticamente para hacer un trabajo óptimo en la recuperación de reservas de gas y petróleo de más difícil acceso. Entonces, claro, es un viraje muy importante en el negocio porque se dieron cuenta de que hay muchas nuevas formas de hacer retroceder el pico del petróleo pues, por un lado, se puede extraer la mayoría de las reservas, que son no convencionales y, por otro lado, los microorganismos de diseño pueden “refinar” gases para obtener nuevos productos. Entonces fue meramente un movimiento de negocios, en el que se aliaron la vieja guardia petrolera como la Shell, BP, Total, con las empresas nuevas enfocadas en biologías sintéticas como Calysta, Intrexon y Coskata.
–¿Qué técnicas de la biología sintética se usan hoy en la industria petrolera? –La biología sintética se puede entender también como una plataforma biológica para la transformación de un compuesto a base de carbono en otro, utilizando organismos vivos que los “procesan”. Una de estas técnicas es la refinación biológica con fermentación gaseosa que usa el metano y el gas de síntesis como materia prima para refinar combustibles y producir plásticos y otras sustancias industriales.
–Es decir, estos organismos se introducirían para que, digamos, coman el gas y defequen sustancias de refinado, como plástico. –Así es, esa es la utopía de estas empresas. Y el otro uso que se le podría dar es el de minería mediante microbios, lo que mejoraría las técnicas de extracción directa. Si uno revisa las investigaciones se da cuenta de que los microbios que se alimentan de gas metano, los metanótrofos, fueron objeto de atención de estas empresas para manipularlos. Hay que considerar que entre el 40 % y el 60 % del petróleo es muy difícil de extraer y se tienen que utilizar técnicas de recuperación terciaria. Entonces los microbios diseñados con biología sintética ayudan a su recuperación degradando el petróleo y haciéndolo fluir más fácil. Por eso se llama “recuperación mejorada de hidrocarburos vía microbiana”. La técnica ya existía, pero lo nuevo es que ahora son microbios alterados genéticamente con biología sintética. Todo esto está en una fase más experimental, que también incluye la investigación para utilizar microbios mineros que puedan transformar crudos pesados en aceites más ligeros, y microbios metanógenos para convertir el carbón en gas. ¿Burbuja microscópica?
–¿Qué tipos de empresas son las que promueven estas investigaciones? –Entre los grandes inversionistas de la biología sintética hay seis de las diez mayores trasnacionales petroleras, seis de las diez mayores de los agronegocios, seis de las diez mayores químicas y las siete mayores farmacéuticas. Y también hay iniciativas públicas como el programa de Reducción de Emisiones mediante Organismos Metanotróficos para la Energía del Transporte (Remote, por sus siglas en inglés) del Departamento de Energía de Estados Unidos, que tiene como objetivo la captura de gas de reservas no desarrolladas vía fracking y otros métodos de extracción de petróleo y gas por medio del uso de técnicas de biología sintética.
–Considerando la necesidad de financiarización a través de la bolsa que tienen las compañías petroleras, y el riesgo que significa un descenso de reservas, ¿crees que este tipo de investigaciones, más allá de su aplicación real, puede tener como objetivo que las compañías se muestren “vivas” en el mercado a través de nuevas técnicas? –Sí, por supuesto, toda la especulación en la bolsa de valores es muy importante, incluso si la tecnología no es un éxito comercial o si nunca se pone en operación. El documento se ocupa también de enfatizar cómo esto brinda argumentos a toda la ideología de las falsas soluciones al cambio climático, porque dicen, en el caso de los metanótrofos, que van a atrapar el gas y ya no se va a quemar en el aire. Entonces se plantean dentro de las famosas técnicas de captura y almacenamiento de carbono, presentadas en los esquemas de remediación y mitigación del cambio climático que están obteniendo subsidios. Entonces, tienes una industria como la del fracking, súper contaminante, pero que se va a lavar la cara hablándole a sus socios de la biología sintética para que le den los bichitos que van a atrapar el gas, argumentando que con estas técnicas es posible tener un balance negativo o emisiones netas en cero.
–¿Cuál crees que son los mayores riesgos de la utilización de la biología sintética? –Están los riesgos que ya mencionamos para la agricultura o el extractivismo. Por ejemplo, si sustituyen los insumos que las comunidades campesinas producen o se abren nuevas fronteras para plantaciones de caña o maíz para sacar azúcares que alimenten estos microbios, habría una tremenda disrupción de las economías locales. Y también destrucción ambiental, porque además para cultivar en forma de monocultivo tienes que usar más fertilizantes, más plaguicidas, etc. Además de todo eso, tienes que pensar en el modo en que esto va a interactuar con un organismo vivo. Los riesgos que está tomando un puñado de empresas tienen que ver con cosas que pueden ser irreversibles, como que se escapara [en el medio natural] un organismo alterado que nunca ha existido y del cual no se sabe cómo será su interrelación con otros procesos realmente naturales. Una vez que sucede, ya no se puede retroceder. Por eso estamos tratando de dar esta discusión en nuestras organizaciones, en nuestras bases. Desde el Grupo ETC abogan por la precaución y, sobre esa base, declarar una moratoria al intento de sostener a la industria petrolera a través de la manipulación de organismos vivos. “No podemos dejar las cuestiones éticas y morales que entraña la manipulación de la vida sin discutirlo de manera democrática”, subraya Verónica Villa.


Estallando el océano
Por Roberto Ochandio (Geógrafo, ex trabajador petrolero e Ingeniero de Campo, Argentina)
Al igual que en tierra firme, los yacimientos en el mar son cada vez más difíciles de descubrir. Las nuevas reservas de petróleo y gas costa afuera no alcanzan a cubrir el agotamiento de energía debido al consumo creciente de la humanidad. Con esto en mente, los gobiernos no dudan en autorizar el método de fractura hidráulica para maximizar la extracción en pozos offshore. La perforación en el mar comenzó en 1896 en California, EE. UU. Desde entonces la industria desarrolló métodos que le permitieron alcanzar yacimientos en aguas cada vez más profundas y en condiciones más adversas. Por ejemplo, en el Uruguay, a 250 km de la costa, acaban de realizar un pozo en aguas de 3400 metros de profundidad, que alcanzó los 3000 metros bajo el lecho marino (IPS, 9/06/2016). Los equipos y tecnología necesarios para estas perforaciones son extremadamente caros, en algunos casos su utilización demanda la erogación de hasta un millón de dólares por día (National Commission, 2011: 2). Por esta razón es necesaria una altísima productividad de los yacimientos a fin de justificar las inversiones. De la misma manera que para las explotaciones en tierra firme, la industria offshore se autocontrola. El American Petroleum Institute (API), organización creada por las mismas compañías petroleras, es la máxima autoridad que rige los destinos del sector en todo el mundo. Los gobiernos aceptan su potestad para regular y crear las normas de seguridad. Sin embargo, una vez más, las prioridades de la industria marchan a contrapelo de las necesidades de la sociedad y de una realidad marcada por un calentamiento global sin precedentes. En tal sentido, las normas del API no son tan estrictas como para afectar los intereses económicos de las empresas que lo financian (National Commission, 2011: 228-229).
La basura bajo la alfombra
La explotación de hidrocarburos en el mar conlleva una serie de riesgos dado el ambiente hostil donde desarrolla sus actividades. A la plataforma móvil de perforación le siguen plataformas fijas de producción, que reciben la extracción de los pozos, hacen una limpieza primaria del petróleo extraído –separando el agua de formación salobre– y el dióxido de carbono (CO2 ) del gas natural, y la bombean a tierra a través de miles de kilómetros de cañerías. El agua salobre se vuelca al mar y el CO2 se inyecta en formaciones permeables profundas a través de un pozo paralelo, siguiendo procedimientos conocidos como Captura y Almacenamiento de Carbono. Sin embargo, este confinamiento no está garantizado a través del tiempo, dado que no hay certeza de que el sello impermeable que encapsula el CO2 no se vea afectado en el futuro y permita pérdidas de este gas. Es decir, el mé- todo es un ensayo experimental a gran escala pero sin garantías de suceso (van der Tuuk Opedal, Nils et al., 2013). En otras palabras, es equivalente a “esconder la basura bajo la alfombra”. Los pozos en el mar comparten los problemas de los pozos en tierra: fallas en la cementación de cañerías, pérdidas a través de cementaciones defectuosas o a través de roturas en cañerías y roscas, y corrosión generalizada Sitios de fractura hidráulica en alta mar en el Canal de Santa Bárbara - FracTracker Alianza) hidrocarburos hacia el interior del pozo. Para solucionar este inconveniente se usa una técnica llamada frac packing, que consiste en inyectar un bajo volumen de fluidos a baja presión para fracturar las rocas a poca distancia del pozo. Durante esta operación se inyecta una arena gruesa para impedir que la arena fina de las rocas tapone los orificios y herramientas del pozo. El volumen de agua y productos químicos requerido es inferior al usado en la fractura de rocas no convencionales; sin embargo el informe de la compañía Schlumberger afirma que más de 65 % de las operaciones de control de arena en el Golfo de México se hace usando esta técnica, por lo que su aplicación generalizada implica un riesgo creciente de contaminación ambiental (Schlumberger, 2002: 40).
A los problemas comunes a todos los pozos de petróleo offshore ahora se le suman los ya conocidos de la fractura hidráulica: uso de compuestos químicos tóxicos, contaminación del aire, generación de desperdicios, uso de cantidades masivas de agua potable. Estas operaciones implican el uso de productos químicos no identificados más ácido clorhídrico y ácido fluorhídrico utilizados para mejorar la permeabilidad de las rocas e inyectados en el pozo a altísimas presiones en ambientes hostiles. (Vengosh, Avner et al., 2011). Todas las estructuras marinas están expuestas a la corrosión de manera permanente desde el momento que son instaladas, por lo que requieren una inspección constante y métodos de protección catódica para demorar lo más posible el efecto de deterioro. Aun así la vida útil de las instalaciones es muy limitada (Technical Report, 2006).
Fractura hidráulica en pozos offshore
Al igual que en tierra firme, los yacimientos en el mar son cada vez más difíciles de descubrir. Las nuevas reservas de petróleo y gas costa afuera no alcanzan a cubrir el agotamiento de energía debido al consumo creciente de la humanidad. Con esto en mente, los gobiernos no dudan en autorizar el método de fractura hidráulica para maximizar la extracción en pozos offshore. Por su parte, la industria se enfrenta a requerimientos de distinta naturaleza. Como en todo proyecto extractivista, se impone la necesidad de maximizar la producción para aumentar su rentabilidad. Al mismo tiempo, las características geológicas de algunas zonas fuerzan el uso de distintas técnicas para mejorar la productividad de los pozos. En el Golfo de México las formaciones de hidrocarburos consisten mayormente en rocas areniscas no consolidadas. En estas condiciones la arena se desprende de las rocas disminuyendo la permeabilidad efectiva de las formaciones y bloqueando el flujo de los hidrocarburos hacia el interior del pozo. Para solucionar este inconveniente se usa una técnica llamada frac packing, que consiste en inyectar un bajo volumen de fluidos a baja presión para fracturar las rocas a poca distancia del pozo. Durante esta operación se inyecta una arena gruesa para impedir que la arena fina de las rocas tapone los orificios y herramientas del pozo.
El volumen de agua y productos químicos requerido es inferior al usado en la fractura de rocas no convencionales; sin embargo el informe de la compañía Schlumberger afirma que más de 65 % de las operaciones de control de arena en el Golfo de México se hace usando esta técnica, por lo que su aplicación generalizada implica un riesgo creciente de contaminación ambiental (Schlumberger, 2002: 40). A los problemas comunes a todos los pozos de petróleo offshore ahora se le suman los ya conocidos de la fractura hidráulica: uso de compuestos químicos tóxicos, contaminación del aire, generación de desperdicios, uso de cantidades masivas de agua potable. Estas operaciones implican el uso de productos químicos no identificados más ácido clorhídrico y ácido fluorhídrico utilizados para mejorar la permeabilidad de las rocas e inyectados en el pozo a altísimas presiones en ambientes hostiles. (…)

Comprobamos que es criminal conciliar con el sistema en vigencia como han hecho los gobiernos progresistas profundizando el desarrollo neoliberal al expandir el extractivismo sin importarles desertificar los países o volverlos inhabitables. 

También porqué nos urge erradicar la impunidad de los capitales y estados imperialistas en alianza con los locales. La última nos plantea el desafío de poner fin al ciclo de los gobiernos progresistas si persisten en hacer posible la acumulación oligopólica por sobre necesidades e intereses populares como lo han hecho durante más de una década. Pensemos en cómo se completa la tendencia al exterminio de la vida en el planeta:

La globalización de la miseria
Con Mosul en mi mente

20 de mayo de 2017

 
Por Tom Engelhardt (TomDispatch)
Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García
Lo más cerca que estuve de Mosul –por su tamaño, la segunda ciudad de Iraq– fue a 2.753 km; al menos, eso es lo que me asegura Internet. A pesar de que siempre me ha interesado la historia, no sé prácticamente nada de Mosul y tengo una idea muy somera de cuál puede su aspecto; o, para ser más exacto, cuál sería su aspecto cuando todos sus edificios, entre ellos los de la “Ciudad Vieja” estaban todavía en pie. La ciudad tiene –o al menos tenía en sus mejores tiempos– por lo menos 1.800.000 habitantes, a ninguno de los cuales he conocido nunca; en este momento, un número importante de ellos está muerto, herido, desarraigado o en situación desesperada.
Consideremos un indicio de mi ignorancia el hecho de que nunca haya sabido nada de Mosul. Aun así, en los últimos meses, pese a lo poco que sé de ese sitio, Mosul ha estado presente en mi pensamiento, en parte debido a que lo hoy está pasando en la ciudad será una pérdida, tanto mundial como mía.
A mediados de octubre de 2016, con el respaldo de Estados Unidos, el ejército iraquí lanzó su primera ofensiva para retomar Mosul, que estaba en manos de combatientes del Daesh. Un contingente relativamente reducido de esta organización había capturado la ciudad a principios de junio de 2014 cuando la versión anterior del ejército iraquí (en la que EEUU había volcado más de 25.000 millones de dólares) se derrumbó ignominiosamente y huyó abandonando sus armas e incluso sus uniformes. Fue en la Gran Mezquita de Mosul donde se proclamó triunfalmente la existencia del Daesh por boca de su “califa” Abu Bakr al-Bagdadi.
El primer día de la ofensiva para recapturar la ciudad, el Pentágono ya estaba felicitando a las fuerzas armadas iraquíes por haberse “adelantado a lo programado” en una campaña que se suponía que “duraría semanas o incluso meses”. Los planificadores –que habían estado anunciando el comienzo de la operación durante casi un año– sabían bien poco. Una semana más tarde, todo continuaba “avanzando según nuestro plan”, según el por entonces secretario de Defensa de Estados Unidos Ashton Carter. Al final de enero de 2017, después de 100 días de intensos combates el sector oriental de la ciudad, dividida por el río Tigris, estaba más o menos otra vez en manos del gobierno [de Bagdad] y se había, según periodistas del New York Times destacados en lugar, “evitado la destrucción total sufrida por otras ciudades iraquíes” como Ramadi y Fallujah, a pesar de que se decía que aquellos residentes que no habían escapado estaban “viviendo en condiciones deplorables, sin electricidad, agua corriente ni otros servicios urbanos esenciales”.
Y esas eran las buenas noticias. Más de 100 días después, las tropas iraquíes continuaban tratando de llegar a la parte occidental de Mosul, algunos de cuyos barrios –entre ellos el peligroso laberinto de calles de la Ciudad Vieja–, continuaban en manos del Daesh, en medio de una continua y feroz lucha casa por casa. Sin embargo, el gobierno iraquí y sus generales insistían todavía que todo se resolvería en cuestión de semanas. Una fuerza del Daesh estimada en unos 1.000 hombres (de los entre 4.000 y 8.000 que según se informaba habían estado atrincherados inicialmente en la ciudad) continúan defendiendo sus posiciones y se supone que lucharán hasta la muerte. La fuerza aérea de Estados Unidos fue llamada repetidamente como en otros tiempos, mientras crecía la muerte de civiles y cientos de miles de desesperados y hambrientos habitantes de la ciudad continuaban viviendo en una Mosul herida por al empleo de incontables vehículos-bomba conducidos por suicidas del Daesh e incluso de algunos pequeños drones.
Después de siete meses de continuas batallas en la ciudad, es posible que no debiera sorprender a nadie que Mosul desapareciera de los titulares de la prensa, a pesar del aumento de las bajas civiles, del desplazamiento de medio millón de iraquíes y de las graves pérdidas del ejército iraquí.
Aunque de que no se ha escrito casi nada de esto, he aquí algo que parece obvio en este momento: cuando por fin la lucha ha acabado y el Daesh ha sido derrotado, las pérdidas serán mucho más generalizadas que las ya mencionadas. A pesar de que las primeras declaraciones decían que el ejército iraquí (y la fuerza aérea de Estados Unidos) tenían mucho cuidado para evitar tanta destrucción como fuera posible en un entorno urbano poblado por civiles, las reglas de combate han cambiado desde entonces y está claro que, finalmente, importantes zonas de la segunda ciudad iraquí habrán quedado en ruinas. Así, la situación de Mosul se parecerá a la de tantas otras ciudades y pueblos de Iraq y Siria, como Fallujah, Ramadi, Homs o Aleppo.
La desaparición de Mosul
En un momento en que cada día casi cualquier cosa que diga Donald Trump se convierte en un titular, la suerte de Mosul ni siquiera califica como historia mediática importante. Sin embargo, lo que sucede en esa ciudad no será un acontecimiento menor. Importará en este planeta cada vez más pequeño en el que vivimos.
Desgraciadamente, lo que está por venir también es razonablemente predecible. Ocho, nueve meses o más después de que se lanzara esta ofensiva, sin lugar a dudas el nefasto Daesh en Mosul estará destruido, pero también gran parte de la ciudad de una zona que continúa siendo borrada del mapa.
Cuando Mosul esté oficialmente retomada, aunque no sea “antes de lo programado” pero al menos “de acuerdo con lo programado”, el orgulloso anuncio de la “victoria” en la guerra contra el Daesh será un titular de primera plana. No obstante, muy pronto después volverá a desparecer de nuestro mundo y nuestras preocupaciones estadounidenses. Aun así, sin duda sólo será el comienzo de la historia de un mundo en crisis. Catorce años han pasado desde que Estados Unidos invadiera Iraq e hiciera un agujero en el interior petrolífero de Oriente Medio. En la estela de la invasión, varios países se han hecho pedazos o simplemente colapsado, y crecido y extendido las organizaciones terroristas, mientras las guerras, los asesinatos étnicos y todo tipo de atrocidades han sumido en el caos a una región que no ha parado de crecer. Millones de iraquíes, sirios, afganos, yemeníes, libios y otros han sido arrancados de su tierra, desplazados en su propio país, o han huido cruzando fronteras para convertirse en refugiados. Sólo en Mosul, un incalculable número de personas cuyos progenitores, abuelos, hijos, amigos y familiares fueron asesinados durante la ofensiva del ejército iraquí o por el Daesh son ahora personas sin techo ni recursos, ni trabajo, ni comunidad, en medio de unos lugares reconocibles hasta hace unos días, ahora convertidos en escombros.
La Mosul actual no tiene aeropuerto, ni estación de ferrocarril, ni universidad: todo ha sido destruido en las recientes batallas. Las primeras estimaciones sugieren que su reconstrucción costará miles de millones de dólares durante muchos años. Y Mosul no es más que una ciudad entre muchas que están en el mismo estado. La pregunta es: ¿de dónde exactamente saldrá el dinero para la reconstrucción? Después de todo, hoy en día el precio del petróleo está por debajo de los 50 dólares el barril, los gobiernos de Iraq y Siria carecen de cualquier recurso, ¿alguien puede imaginar una especie de Plan Marshall para la región proveniente del Estados Unidos de Donald Trump o, para el caso, de cualquier otro lugar?
En otras palabras, es probable que finalmente los iraquíes, los sirios, los yemeníes, los libios, los afganos y otros se encuentren solos entre las ruinas de unos países con muy pocos recursos. Con esa situación en la mente y conocida la historia de los últimos 14 años, ¿cómo serán las cosas para los habitantes de Mosul, o Ramadi, o Fallujah u otras ciudades que todavía han de destruirse? ¿Qué nuevos movimientos, luchas étnicas y organizaciones terroristas surgirán en semejante entorno de pesadilla?
Planteado de otro modo, si el lector piensa que ese desastre seguirá siendo el hábitat de los iraquíes (o de sirios, yemeníes, libios y afganos) es que no ha prestado demasiada atención a la historia del siglo XXI. Evidentemente, no se ha percatado de que Donald J. Trump ganó las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos en parte por la amenaza de los refugiados de Oriente Medio y el terrorismo islámico, de que los británicos votaron por el abandono de la Unión Europea en parte debido a los mismos miedos y de que las presiones que sufre toda Europa en relación con los refugiados y los ataques terroristas han hecho lo suyo para alterar el paisaje político general.
Ahora que la necesitamos ¿dónde está la globalización?
Para cambiar ligeramente el contexto, permítame que haga otra pregunta: en estos últimos años, ¿se ha preguntado usted qué ha pasado con la “globalización” y la siempre presenta atención mediática que una vez se le prestaba? No hace mucho tiempo se nos aseguraba que este planeta se estaba “anudando” en una notablemente espesa red de interconexiones que nos asombraría a todos. Según escribió Thomas Friedman en 1996 en elNew York Times, estábamos viendo “la integración de mercados libres, naciones-estados y tecnologías de la información en un grado nunca visto antes, en una forma que permite que las personas, las corporaciones y los países se relacionen en todo el mundo con más intensidad, velocidad y profundidad y al menor costo de la historia”. Todo esto sería alimentado y conducido por Estados Unidos, la única superpotencia que quedaba en pie; como resultado de ello, el “campo de juego” global sería milagrosamente “nivelado” en un mundo convertido en un mosaico de Pizza Huts de venta a domicilio, ordenadores iMac y coches Lexus.
Entre aquellos que tienen la edad adecuada, ¿quién no recuerda los años después del derrumbe de la Unión Soviética cuando de repente nos encontramos en un mundo con una sola superpotencia? Fue un momento en el que, gracias a los muy cacareados avances tecnológicos, los entendidos tenían clarísimo que este planeta iba a ser único en todos los sentidos. Todos estábamos a punto de ser absorbidos por un “mercado único de bienes, capitales y servicios comerciales” en el que –pese a las preocupaciones de los negativistas– “casi todos” saldríamos “ganando”. En un mundo sin múltiples superpotencias pero lleno de “supermercados”, era posible que en un año nos convirtiéramos en más democráticos y a la vez en más capitalistas en la medida que triunfara un entrelazado agrupamiento de corporaciones transnacionales, naciones y personas unidas por un particularmente intrincado conjunto de sistemas de comunicación (representando nada menos que una revolución informática), mientras los empobrecidos, esa eterna plaga de la humanidad, estaban destinados a perderse la fiesta. Por primera vez en la historia, todo estaría conectado en lo que sería un planeta único, “aplanado”.
No le sorprenderá, estoy seguro de ello, que alguien le diga que no es ese exactamente el planeta en el que estamos hoy. En lugar de eso, sean cuales sean los procesos en marcha, el resultado ha sido unos cuantos milmillonarios, un nivel récord de desigualdad y grandes cantidades de refugiados como no se veían desde que buena parte del mundo quedó colapsado después de la Segunda Guerra Mundial.
Aun así –conceptualmente hablando–, ¿no se pregunta usted si acaso no será la globalización lo que necesitamos en este momento? Quiero decir, ¿era verdad o no que estábamos viviendo en un único y cada vez más pequeño planeta? Los globalizadores de otros tiempos, ¿están acaso viviendo en otro planeta de un sistema solar completamente distinto? O ¿podría ser que la globalización aún sigue siendo aquí el paradigma rector, pero lo que está globalizado no son (o no solamente) los Pizza Huts de venta a domicilio, los ordenadores iMac y los coches Lexus sino los puntos de tensión donde se agrieta nuestro mundo?
La globalización de la miseria no tiene la elegancia que tiene la globalización de la abundancia. No contribuye a una lectura alentadora, tampoco lo hace la creciente desigualdad económica mundial que parece tan inquietante como el aplanamiento de un campo de juego (a menos, por supuesto, que usted sea un milmillonario). Y gracias principalmente a las acciones de las fuerzas armadas de la última superpotencia en pie, la desintegración de importantes regiones del planeta Tierra no suma bastante a lo que los globalizadores tenían previsto para el siglo XXI. Países fracasados, proliferación de organizaciones terroristas, demasiadas ciudades como Mosul y tanto más de lo mismo no era lo que la globalización se suponía que iba a ser.
Sin embargo, tal vez sea tiempo de empezar a recordarnos a nosotros mismos que todavía estamos en un planeta globalizado, aunque sea uno que experimenta tensiones no previstas, entre ellas las desastrosas e interminables guerras estadounidenses contra el terror. Por supuesto, es mucho más cómodo tirar por la borda la noción de globalización e imaginar que Mosul esta a miles de kilómetros en un universo que prácticamente no tiene nada que ver con el nuestro.
Qué significa realmente estar en planeta “aplanado”
Es cierto que la semana pasada* la candidata de la extrema derecha Marine Le Pen fue derrotada por un joven y poco conocido ex banquero de inversiones y ex ministro, Emmanuel Macron, y que la Unión Europea se mantiene. Tal como pasó en unas elecciones celebradas meses antes en Holanda, en las que perdió otro candidato de la derecha; esto se presenta como la potencial pleamar de lo que ahora ha dado en llamarse “populismo” en Europa (o el estilo Brexit de fragmentación en ese continente). Pero, dadas las presiones que probablemente se producirán, yo tomaría esas tranquilizantes palabras con una pizca de sal. Después de todo, tanto en la Países Bajos como en Francia, los partidos nacionalistas de extrema derecha tuvieron una cosecha récord de votos a partir de un sentimiento anti-islámico y anti-refugiados, y –después de las venideras elecciones parlamentarias en Francia– ambos estarán representados –una vez más, con números récords– en sus respectivas asambleas legislativas.
El crecimiento de esos “populismos” –pensemos en ellos como una muestra de la descomposición autoritaria del planeta– ya es una tendencia mundial. Por lo tanto, sólo imaginemos la situación dentro de cuatro o posiblemente incluso ocho años después de que los generales de Trump, ya al mando, hayan hecho todo lo que esté en su mano en el Gran Oriente Medio y África. No existen razones para creer que, bajo su orientación, el destrozo de regiones claves del planeta no vaya a continuar. No hay razones para pensar que en un mundo con cada vez más Mosules –es evidente que la “capital” siria del Daesh, Raqqa, es la próxima ciudad que sufrirá similar tratamiento– esas “victorias” no producirán un mundo con más salvajismo étnico, más extremismo religioso, más destrucción bélica y más caos. Esto, a su vez, garantiza una mayor proliferación de grupos terroristas e incluso más desarraigo de pueblos enteros (por ejemplo, vale la pena hacer notar que desde la muerte de Osama bin Laden a manos de las fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos, en lugar de reducirse, al-Qaeda ha crecido y ganado en atracción en todo el Gran Oriente Medio). Hasta ahora, la permanente “guerra contra el terror de Estados Unidos ha contribuido a la creación de un mundo de pavor, de refugiados en una escala inimaginable y de aún más terrorismo. ¿Que otra cosa podría uno imaginar que surgiría de los escombros de tantas Mosules?
Si el lector no cree que éste es un planeta cada vez más interconectado y que continua siendo “aplanado” (si bien de una forma bastante distinta de lo esperado), que más pronto que tarde la destrucción de Mosul repercutirá también en nuestro universo es que no entiende este universo nuestro. Por ejemplo, es obvio que las próximas Mosules no harán otra cosa que producir más refugiados, y el lector ya sabe adónde conduce eso, desde el Brexit hasta Donald Trump. Destruyamos suficientes Mosules y, hasta en el centro mismo del Estados Unidos profundo, surgirán los miedos de quienes ya sienten que han sido dejados en la cuneta (unos miedos alimentados más todavía por demagogos preparados para utilizar en provecho propio el flujo mundial de refugiados).
Conociendo las transformaciones de los últimos años, sólo pensemos qué significará desarraigar a poblaciones cada día más vastas, poner en movimiento a los sin techo, los desesperados, los enfadados, los lastimados, los vengativos –millones de adultos y niños cuya vida ha sido devastada o destruida–. Imaginemos, por ejemplo, qué significarán esas presiones en el marco de Europa y sus futuros políticos.
Pensemos en lo que vendrá en este nuestro enpequeñecido planeta; eso sin siquiera mencionar la fuerza que aún ha de revelarse completamente con todo su poder de fragmentación y globalización y arrasamiento. Hoy lo llamamos, con bastante ligereza, “cambio climático” o “calentamiento global”. Sólo habrá que esperar hasta que, en las décadas por venir, el aumento del nivel del mar y los fenómenos climáticos extremos pongan en movimiento a los seres humanos en formas que hoy no imaginamos (sobre todo cuando la única superpotencia de la Tierra está gobernada por hombres que niegan con furia la existencia misma de esa fuerza o su origen humano.
¿Quiere usted un planeta cada día más pequeño? ¿Quiere usted el terror? ¿Quiere usted la globalización? Piense acerca de esto. ¿Y se pregunta usted por qué, en estos días, Mosul estaba en mi mente?
* El original en inglés de esta nota fue publicado el 14 de mayo de 2017. (N. del T.)
Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la misma.
Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226848

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